OJALÁ

31 de mayo de 2017
Una gata ha aparecido muerta en el arcén de una carretera secundaria de Madrid.

Construimos lenguaje mentiroso. Ese lenguaje que estructura pensamiento hipócrita, insolidario, indiferente. Porque esa gata no ha sido hallada muerta, no ha aparecido muerta, a esa gata la han matado. Atropellada y abandonada a su suerte. ¿Que fue un accidente? No sabemos. ¿Que fue el matagatas? (sí, en todas partes están los matagatas. Lo mismo estás almorzando ahora al lado de uno). Nunca lo sabremos porque “así es la vida”. Ella “se lo buscó”.

Quiero consolarme pensando que murió en el acto. Que apenas sufrió. Y que, desde luego, vivió lo más libre que pudo. Ese es el sueño de muchas. Entre las que yo me incluyo. Lo que sí sabemos es que ahí se quedó. Se quedó por las mentiras mentales en las que nos gusta ahogarnos. Y es que “la vida es una jungla”, y estas cosas pasan porque “somos trogloditas”, “seguimos en Atapuerca”. Con un parche tras otro tapamos las ventanas cerebrales a la verdad y a lo que realmente nos incomoda. No queremos implicarnos.

Pero ¿qué Jungla?

Pero ¿quién se ha inventado esta historia?
¿Qué tipo de engendros prepotentes y zafios nos ha contado esta película?

Ojalá viviésemos como en Atapuerca, en la jungla, como salvajes. Porque lo que yo he cogido entre mis brazos y que “pesaba como un muerto”, no era esa gata libre que murió por nuestra indiferencia y por nuestras arquitecturas dialécticas embusteras, era la losa del Patriarcado que nos ha convertido en zombies, que no buscan carne fresca, buscan un sofá, el mando de la tele y una conciencia lo más muerta posible. Que no matada. Como la gata.

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El mapa oscuro de mis oscuras grutas subconscientes

Este fragmento que hoy os traigo es real. Todo lo real que pueden llegar a ser mis pesadillas. Cada vez tengo menos, antes las vivía como en los cines, sesión doble casi cada noche… pero cuando las tengo… al despertar tardo unos segundos infinitos en darme cuenta de que superé el trago y estoy de nuevo en el plano real. Ésta en concreto, la incluí en el devenir de Helena, la prota de una novela que nunca he publicado. Allá va. Espero que hayáis hecho ya la digestión:

-Espera, espera,…quiero contarte una pesadilla que he tenido, no puedo quitarme la sensación… Así no se cumplirá, ya sabes…

-¿Una pesadilla? Adelante, te escucho, pero no te canses demasiado.

Helena, muy despacio, va desgranando la espeluznante experiencia onírica que ha padecido. Tiene que parar a menudo porque le falla el aliento, pero poco a poco la historia es narrada:

-Estoy sentada en el exterior de una terraza o patio bastante sucio de hojas secas y polvo, apoyada en un rincón de pared mohosa, ennegrecida, parece que estoy ocupada en algo, escribiendo tal vez. …De vez en cuando, a pesar de lo absorbida que me encuentro en mi labor, me rasco compulsivamente, como si alguna alergia me molestase… Así, pasan interminables horas, aunque lo mismo sólo transcurren segundos, ya sabes cómo son los sueños. …Repentinamente, me encuentro en casa, desnuda y mirándome ante un espejo, buscando la causa de ese picor insoportable… Horrorizada, compruebo que ¡tengo adheridos a la piel una especie de insectos de caparazón cóncavo, liso, duro, de color negro brillante! Unos son pequeños como bolitas, pero otros ya han crecido hasta el tamaño de granos de café. Donde más se han acumulado es bajo las axilas y en la zona de los pezones. Quiero gritar hasta enloquecer porque siento que están vivos, internándose bajo la carne, moviéndose, hurgando mi interior, seguro que sorbiéndome jugos y vida. A pesar de lo espeluznante de la escena, solidificada por el pavor, únicamente persisto en una obsesión: arrancarme los parásitos.

Los pequeños salen con facilidad, de los poros se deslizan hacia afuera por la presión de sus dedos, una especie de hilos, de pequeños tentáculos o patas y los noto cosquillear las capas de mi piel hasta el exterior. Cuando, enfebrecida, reúno el valor suficiente para acometer la extracción de los bichos más grandes, siento oleadas de asco, intensas arcadas que preceden a las sensaciones horrorosas de notar cómo unas culebras duras y viscosas intentan sujetarse con fuerza para impedir que las saquen. Al tirar de esos cascos negros, el dolor amenaza con la rendición, aún así, a pesar de desgarrarme en el intento, no puedo dejar de estirar. Parece como si debajo de ese caparazón liso de tortuga diminuta hubiera todo un organismo dedicado a la penetración y la succión. Sus tentáculos, patas o bocas como trompas, tienen la forma de escarpias, que una vez que entran, se abren en capas para impedir que algún intruso las arranque sin dejar fragmentos que puedan seguir cavando hasta lo más profundo del cuerpo.

A pesar de la repugnancia, los cuerpos salen muy lentamente, estría tras estría, los poros se ven liberados de los primeros engendros parasitarios. Veo mis ojos borbotear lágrimas de horror y asco, los dientes muerden unos labios apretados y el sudor empapa mi cuerpo como si me hubiera dado una ducha, pero helada. Los veo, asombrada, retorcerse y culebrear, una vez van saliendo. Absurdamente, me parece como si la piel estuviera dando a luz, con un esfuerzo denodado, lombrices, colas de cocodrilo, cabezas de garrapata. Sin querer, miro mis brazos y mi pecho, comprobando, enloquecida, que aún permanecen aferrándose, impasibles, cientos de acorazados negros.

De un salto, me siento en la cama, las sábanas empapadas se pegan a mi piel, en torno a los brazos y el pecho. Me cuesta comprender que he estado soñando, que los delirios aracnicidas no me atacan de verdad, la pesadilla acabó y aún así, no entiendo por qué mis axilas, suaves y blancas, me pican irritantemente, igual que mis pezones, libres, no obstante de parásitos. Lloro en silencio aliviada por percibir el dolor de siempre, ese que me está matando lentamente, pero que no me obliga a ver cómo y, mucho menos, personificándose en horripilantes parásitos hambrientos.

(…)

Un poquito de Chiles (para Marisa)

Resulta que, si imagino, la fantasía no hechiza, si juego se pincha la pelota, si sueño irrumpen los íncubos y si me fundo, el mundo gira sin inmutarse.

Hay personas que parece que no cuentan, como mucho pululan por ahí.

Resulta que, si se van, te parten el corazón, la boca se queda sin matices. Como un guiso sin chiles. Te encojes por dentro y no sabes cómo responder a las preguntas que tu conciencia te grita: ¿Por qué? ¿Y ahora qué? ¿De qué sirve ahora?

Resulta que no solo contaban, sino que teñían la vida de colores intensos, rociaban la brisa de un encanto sin medida. A veces mal avenidos, siempre presentes, cuando les da por marcharse, agujerean tus paisajes y ya no hay quien los termine, como un puzzle sin piezas.

Cuando las personas no dejamos la rutina, sumergidas en el día a día y a nuestro alrededor la voracidad y la ira caminan juntas, la soledad nos envuelve y arrasa. Conseguimos no mirar y sin embargo nadie nota los tropiezos, aunque a cada paso, dos son de través y la empinada cuesta nos reclama. Es igual, seguimos impávidas, sin orejas, sin manos, sin destino aparente, sólo caminando a trompicones, avanzando hasta el infinito. Somos tan egoístas… A veces los t e q u i e r os se quedan colgados de los cables de la luz y se pierden como globos en el cielo de una feria. Deberíamos sujetarlos bien a los labios, y dejarlos posados en los labios de quienes también viven en su isla de olas que no rompen hacia dentro, sino hacia fuera, alejando de sí todo intento de abrazo, de apoyo. A veces gentes se comen nuestros marrones, o se chupan nuestra desgana y resulta que nunca debió ser así.

Resulta que sus ojos chispeantes, su sonrisa abierta, su deambular ligero, sus bienvenidas inolvidables, sus juegos fatuos con pólvoras candentes, sus bailes y sus ausencias marcaban el paso del ritmo. Nunca sabrá que, sin su ritmo, tantas vidas se paralizaron de golpe. Si lo hubiera sabido…

A veces resulta que la soledad aplasta y tantas sumas de soledades totalizan un abismo sin fondo, sin medida. Ayer cayó un alma grande y aún no dejamos de oír su eco.

Resulta que, cuando alguien aparentemente pequeño nos deja, se torna más presente que nunca, sus difusos contornos se consolidan y lo que fue visión aparece como una imagen nítida y eterna. Su tamaño aumenta en justicia, por lo que en realidad fue, amado por todos, necesitado aún en sus peores momentos, temido y buscado, vigilado y custodiado sin remedio.

Rebelde, sumiso, alegre, emboscado, eufórico, abatido, aquí y más allá, resulta que nunca supimos retenerte ni contener tu impaciencia. Lo que sí sabemos es que nos has dejado sin acabar, con la herida abierta.

Es absurdo que un Dios de barrio no exista para acompañarte en el banco de la plaza, compartiendo una litrona y un cigarrito, esperando a que la pólvora

coloree el techo negro del cielo de un gotelé perdido en la noche castellana. Si no existe, dime que tu energía incombustible te ha convertido en estrella fugaz, faltaría más, siempre fugaz. Dime lo que sea, esa canción de verano que tanto bailabas, ese chiste fácil que me hacía reír, dime lo que sea pero haz que sepa que estás por aquí.

Te quise y no supe demostrártelo, sin ti la historia no tendrá salsa.

Formaremos eternamente parte de tu peña, J a v i.

1 de septiembre de 2.005

(Editado el 28 de noviembre de 2016)

No lo vais a conseguir

Tengo un rato y me siento a leer noticias y sucesos en las redes sociales. Y comparto añadiendo comentarios encendidos. Me doy cuenta. ¡Qué cabreada estoy! ¿Qué pasa? ¿Qué altera mi apolínea intención? (Yo de apolíneo no tengo ni el blanco de los ojos) Me quedo quieta. Observo a la cachorra loca que mordisquea inconsciente y confiada los cables de mi ordenador y lo sé, de repente, lo sé: Estoy cabreada con los machunitos. Porque desde por la mañana, cuando una se levanta siempre sonriente, agradecida y rodeada de gente feliz que disfruta del momento, si algún machirulo impotente asoma su jeta y despliega su impotencia hormonal contra lo que le teme, y pretende con ese gesto hacer añicos mi paz interior, lo que consigue es cabrearme. Y, no sabe lo que hace, porque yo, cabreada, gano mucho. Pero mucho mucho. Mi piel macilenta sube al rojo grana en los pómulos, mis ojitos chinescos lanzan llamaradas y mi pelo se encrespa cual crin de caballo desbocado. Molo muuuuucho más así. He debido estar unas horas así, encrespada. Concentrando cual ciclón mi potencia cabreosa. Hasta que reconcentrada y maldita, un concierto de gritos y lamentos, de alaridos más cabreados, infinitamente más cabreados y asustados que los míos, me saca de ese estado esencialmente explosivo. Y observo a mi amigo que también ha salido de su otro ensimismamiento, el de ser olfateante, entregado y curioso a eso que se llama vivir la vida, y se detiene a escuchar a sus hermanos en la distancia no lejana. Es una perrera. Lo llaman residencia, lo llamo guantánamo, el caso es que está lleno de gente de otra especie que grita desesperada. Más cabreada que yo. Y escuchamos con un respeto del todo inútil. Y veo cómo mi querido amigo, hermano de esa gente que sufre, continúa su camino, tal vez un poco más avejentado, un poco más dolido, pero sabio. Sabio en su saber no poder ayudar, salvo salvándome a mi como hizo. Para que esa irritante pulsión se concentre en que sus hermanos consigan dejar de gritar. Vuelve a su trote, vuelve a sus rastros y búsquedas, vuelve a su vivir la vida. Tan digno, tan importante. Y yo, dejo de cabrearme. Porque lo que tiene aprehender lecciones así, es que te quita el cabreo y te sientes más fuerte que cualquier machunito idiota que rompe esa burbuja de paz en la que te crees que vives.

Sí, machunitos del mundo,  ya podéis soltar vuestras impotencias hormonales, que NO LO VAIS A CONSEGUIR. Seguiremos bailando y riendo sobre vuestras tumbas vitales, seguiremos defendiendo a las mujeres a las que jodéis la vida y a lxs animales a los que mancháis con vuestra insuficiencia. Estáis extinguidos. Sólo falta que lo anuncie una de esas revistas absurdas que van con años de retraso sorprendiéndose porque los animales tienen sentimientos o porque tal vez, hasta sean más inteligentes y buenas personas que nosotrxs.

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Aquí abajo

De cada agujero sale una sustancia negruzca, viscosa, humeante. La fetidez embriaga y me hace toser. Los ojos se entornan para dar paso a un lagrimeo consolador. Agito la mano delante de mi cara lo que empeora la sensación de asfixia. Trato de volverme pero la estrechez me lo impide. Con esfuerzo mi mano ayuda a la cara a cubrirse con el cuello del abrigo. Lo sujeto con los dientes y encojo el cuello igual que una tortuga. Lo que sea, para que me alcance lo menos posible ese aliento nauseabundo que me aplasta. No quiero abrir los ojos. Me escocerá pero sobre todo, me dolerá. Me aterrará y querré gritar.

Pero si grito sabrán que estoy aquí y que sigo viva. Porque sigo viva, creo.

He abierto los ojos y ahí siguen. Están ahí. Sus ojos, ¡dios, no puedo mirar esos ojos! También están encharcados de acuosidad pero tan fijos, tan huecos, que me paralizan. Sangre seca, mandíbulas descolgadas, expresiones ridículas que dan mucho miedo. Cuerpos, cuerpos, cuerpos amontonados. Debo estar muerta. Lo prefiero. Que acabe esto ya porque el infierno del que hablamos tanto no puede ser peor.

Suenan motores, esa montaña de cuerpos se mueve, se desliza fantasmal. Me abrazan, me besan, me envuelven, me aplastan y lo último que veo son esos ojos acuosos y saboreo sustancias negruzcas, viscosas, humeantes. Estoy aquí abajo, estoy viva, creo.

Sorprendentemente fácil.

Me sorprende la blandura de la carne. Aprieto y estoy tan absorta en el filo que no siento. Veo cómo una fina linea roja se marca. Me asusto. Aflojo la mano. Qué fácil va a ser, más de lo que ni remotamente me imaginaba. En las historias, en las tragedias literarias, siempre hablan de angustia y terror. De locura. A mi me ha resultado sorprendentemente fácil.

Está bien. Tomo nota.