Ella

(De 2005 a ¿2025? ¿ahora, ayer?, con amor)

La piel brillante de sudor. El pelo corto, casi rapado: los pies ágiles, silenciosos, acostumbrados a escabullirse. Ojos inmensos, alertas, inteligentes, siempre al acecho. Está escondida, siempre. Huye de ellos. Come raíces, frutos y hasta las sobras de lo que tiran domingueros y cazadores. Ya ha pasado algún invierno sola, conoce dónde cobijarse, y comparte lecho y calor con una poderosa compañera canina, que le entrega su afecto incondicional y su protección. Ella, le compensa con limpieza de parásitos y le enseña a esquivar parachoques, trampas y venenos, cartuchos y rifles traicioneros. De las piedras y patadas, ya se libra sola.

El verano también es duro: las víboras, garrapatas y mosquitos, disfrutan ahuyentando el sueño del bosque. Se oyen los trinos pero se echa en falta el agua limpia. La basura hiede, los cristales brillan y la herrumbre de latas y chatarras domina entre el pasto. Pide el fuego un rayo insistente al sol para arrasarlo todo con sus mil lenguas crepitantes. De entre los arbustos sale esta mujer pequeña, de músculos firmes y enjutas carnes. Parece un corzo. Parece un zorro, parece una perdiz, parece una encina. Huele a hinojo, a pino y a romero. Erguida, inhala el viento del norte, tampoco hoy lloverá.

No recuerda ni su nombre, porque no quiere, lo rechaza. Le duele el pecho cuando siente el aislamiento de lo primario, el frío de la guarida. A lo lejos, cree escuchar cómo su madre le llama con aquellos motes cariñosos, para que no remolonee más y ponga la mesa. Se quejan los dedos que no tocarán otros rostros, otras manos. Su corazón late fuerte, su espíritu vuela libre. Sólo tiene la soledad y la vida. Sólo le rodea el miedo y la vida. La certeza de morir y la intensidad de salir ilesa. Cuando piensa, los nombres y palabras se convierten en imágenes, olores y emociones. Cuando siente, se abre su alma y se funde con el entorno. Cada paso que da supone una elección con sentido. El sendero tomado lo decide ese fruto maduro o el murmullo chismoso del agua que fluye. Otras veces, un silbido lejano, un crujir de hojas secas, le obligan a elegir la espesura de sueltas garras y, con rasguños, marca la huida en su tez.

No hay mejor perfume que el que desprende la jara al calor de la siesta, ni sonido más alegre que la partitura de pájaros, ramas y brisa cuando juegan juntos.

No quiere recordar, no. Porque los libros desgarran memoria. Gritos, denuncias, sentencias y condenas avanzan devolviéndole, como postales odiosas, las épocas que ella trata de inhumar. No puede controlar la dictadura emocional si se dispara y rompe los diques que la contienen. Tantos ideales, tantos argumentos, tantas filosofías envejecieron, como un soplo de muerte aniquila un poblado. Resuenan, aunque no quiera, sus teclas pulsadas, cada letra, cada mensaje, cada idea. Recuerda la música, recuerda la cultura y la risa. La libertad y la lucha. Reconoce que siempre fueron escasas pero nunca tanto como antes de la huida.

¿Por qué pensar? ¡Duele! Vivir, esconderse, aceptar lo sobrevenido y seguir caminando. Alejarse siempre. Rodear, internarse, escapar. Nada hay más noble que dejarse matar a manos de la vida. Pero una conjura, no. Así no. Ella vio cómo la iban a destrozar, a amordazar, a reducir. Lo avisó, lo gritó al mundo. Sabía que sólo era un largo y siniestro comienzo, que lo peor estaba por llegar. Algunos la creyeron, pero el esfuerzo por acometer era ingente para tan poca energía, tan poca implicación.

Primero se agotó la cultura, aunque el respeto caía a la par y con igual displicencia; detrás fue la libertad, afónica y desarrapada. Sucumbieron todos, no soporta enumerar
tanto cadáver. La inocencia se perdió y la dignidad vendió su alma al mejor postor. El poder lo domina todo. Por eso, Ella, se despojó de sus ropas y antes de que otro galgo más
fuese ahorcado, huyó. Huyó. Huyó. La luna guió sus tropiezos, la arena cicatrizó sus heridas, el sol evaporó sus lágrimas. Ya sólo es ser. Ya sólo es vida y tensión. Ya solo es hembra. Ojos para vigilar, oídos para reaccionar, boca para comer, manos para sobrevivir, corazón para latir, aferrarse al ahora.

Cae la noche. Otoño alfombra la casa de todos. La humedad toca las pieles y obliga a esconderse. Ella, dormita acurrucada entre los arbustos. Su amiga no volverá. Hace tiempo que la traición le sacudió por la espalda. No sabe qué cuneta le arrulla pero intuye que otro ser humano duerme culpable el sueño de los “sinconciencia”. Aquel pelaje espeso, su aliento rotundo, su cabeza serena, su sonrisa abierta, su ladrido encendido, su murmullo encantado, su devenir honesto. Todo se lo ha llevado, qué perra vida, qué muerte negra.

Entre la maleza crujen los árboles, se quejan. Aves, conejos y zorros se escabullen o aplastan contra el terreno. El terror se extiende como la peste, arrastrándose. Un gas fatídico que te envuelve, te abraza, te sujeta falaz a la vida, te presenta a la muerte. Es el ser humano, dejando tras de sí su rastro de inmundicia, paseando el disfraz de guerrero y la boca borracha como chivato de prestos, qué pocos ignoran estas señales. Uno, tres, cinco, aparecen por todas partes. El bosque es un revuelo. El bosque es un susurro.
Todos quieren escapar, desintegrarse.

Menos ella.

Se queda. Enrollada sobre sus brazos, encogida sobre sus piernas. Los ojos inmensos abiertos, la piel brillante, sudorosa, el pelo encrespado como tomillo entre arañas. La luna canta a la aurora que no llegue. Pasos, ramas partidas, botellas restallando contra piedras, el alcohol empapa la ausencia de sonidos. Un tropiezo, un bulto se mueve, un salto de corzo, una piel de ave, un disparo que rompe la angustia. Alas, zarpas, roces, vuelos, carreras, y la pólvora extendiendo su denso manto. Silencio de nuevo. La noche
se lanza al suelo quebrantando pájaros, rapaces, conejos y muertos.

La pieza cobrada no pesa sesenta kilos, sus pechos aún calientes están bañados en grana. El valor y el alcohol, la pólvora y los cojones se evaporan a un tiempo, cuando el arma ya ha sonado.

Ella, Ella muere. Sabe que es así. Vida y muerte. Necesarias. Un día más, un regalo. Su cara impasible, su mirada serena, su boca una sonrisa, su rostro frío y su corazón, sosegados, ya.

Cinco mugrientos disfrazados de soldados, son ogros que quieren parecer corderos. No dan abasto a arrancar tierra de la tierra para dar sepultura como no hacen con aves, zorros, conejos, venados. Nada de cuerdas, nada de tumbas, nada de requiems, nada de esquelas. Lamuertelavidalafuerzalarabialaangustialaavaricia, la muerte. La Muerte.

El poder lo acalla todo.

En el bosque yace la pureza, la inocencia, la curiosidad, la libertad y la vida. La Vida. En el negro círculo vicioso, poder, ambición y muerte siguen jugando a la ruleta rusa.

La Parca se ríe. Siempre.

recorte para Ella

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O sube el volumen

Si no sientes pasión por tu vida, pírate de la mía.

Así de claro.

Yo no quiero estar aquí.                                                  Yo no pedí estar aquí.

Pero estoy. Llegué hasta aquí. Y no ha sido nada fácil. Porque no me centré en mí, sino en acumular días. Reír, aferrarme, llorar, pensar, amar, DISFRUTAR.

No sabía que se podía elegir no estar. Pero ahora estoy. Y tengo cuatro hijxs. Y me tengo que quedar. Si hubiera sabido que podía elegir, hace casi veinte años que ya me habría ido, pero ahora, no puedo irme. Tengo que estar. Tengo que ver, oír, tragar. Y me quiero ir cada día, a veces, muchas veces cada día. Pero me quedo. Y al sentir que me quedo, lo hago con toda la pasión de la que soy capaz, y, creedme, en mi pecera, mi pasión es mucha.

Me quedo, apostando, por esas otras tantas (veces) que observo cómo una tela de araña se deshilacha tras el remolino que, uno de mis hijos, provoca a su paso despreocupado. Por esas estridentes conversaciones de comunidad de vecinxs, que tienen los gorriones que aún habitan los viejos olivos tristes. Porque hoy ha llovido. Porque mis hijxs me hacen reír y, a veces, yo les hago reír a ellxs. Porque amo a mi familia, porque YO SÍ TENGO AMIGXS, sí, lxs tengo, yo. Porque amo las nubes de verdad. Al amanecer, al anochecer, cuando arropan a la luna, cuando la luna las desintegra con su luz de plata chillona. Porque me explota el corazón cuando se abre una flor, cuando una niña pasa y me sonríe, cuando la radio de otro coche canta lo mismo que la mía, cuando se me cruzan unos ojos fugaces y me hablan en un idioma que toda la gente de bien entiende. Cuando nos cruzamos cientos de ojos y brazos y bocas y al unísono le cantamos a la injusticia y a la violencia. Me quedo porque hay gente que puebla este planeta destrozado que me expande para luego encogerme.

En definitiva, me quedo por mis hijxs.

Sin mis hijxs, ya me habría ido hace tiempo, porque ni telas de araña, ni gorriones, ni olivos, nilluvianifamilianiamistadesnilunasninubes, ni sonrisas, ni flores, ni ojos fugaces, ni la gente que puebla este planeta me van a convencer de que esto no se va a la mierda. De que lo estamos mandando al carajo cada día, a veces, muchas veces cada día. Y no quiero verlo. Y lo veo, cada día. Y no hay un maldito agujero donde meterse para no verlo.

Así que, pongo música. No suelo. Porque la música tiene tal efecto en mí, que si soy excesiva… con la música ya… no encuentro palabra para definir qué sucede cuando escucho música. Subo el volumen y me pierdo, ya no soy. Sólo estoy. Porque por eso me quedé. Por eso si no sientes esa pasión que me conecta y me destruye a la vez, aléjate, huye, antes de que te queme mi combustión.

O sube el volumen. Que también.

What a feeling Irene, Cara Jennifer Beals: FLASHDANCE

 

La Muerte se está tomando un carajillo

La Noche oscura con matices de estrellas se abre tímidamente a los violetas. Farolas que parpadean, todo-terrenos rugen suavemente acechando en las calles desiertas. La plaza alberga siluetas siniestras. Aúllan decenas de perros desde parcelas, desde jaulas con ruedas, desde la noche lejana.

Hoy comprendí por qué, él, sabe de sobra cuándo la Muerte se está tomando un carajillo. Mi hijo mayor, me lleva para que lo vea. Para que sepa por qué su hermano a veces ni intenta salir de casa.

Poco antes sonaba el despertador. Es horrible. Por más que busco la melodía de mis sueños, escucharlo tan temprano la convierte, invariablemente, en los famosos compases de Tiburón cuando acecha o en los de La Niña del exorcista. Odio madrugar. Lo hago sin rechistar, y con la sonrisa puesta, desde hace 3 perrxs y dos gatas. Pero lo odio.

Los domingos madrugo más que ningún otro día. Y no. No me preparo para ir a misa. Me levanto antes de que mi hijo -el mentalista- sepa que empieza el Terror, y se esconda durante horas. Anticipo la oportunidad de regalarle el derecho a hacer sus necesidades en paz. Qué límites tan miserables tiene la esclavitud.

En la plaza se reúnen los que van a matar. Con voces en sordina, guturales, como orcos, celebrando en las puertas de los bares, su inminente ataque. Motores al ralentí, rehalas ensardinadas aullando su estresado pavor. La Muerte se prepara.

Y es que, últimamente, todo va encajando en un rompecabezas aciago. Esta España escopetera no quiere (ni le dejan) salir de su agujero. ¿Cuánta gente armada en cada casa? Esa gente, ¿cambia disparos por diálogos? ¿cambiaría olés por holas? ¿cambiaría cadenas por puentes? ¿cruces por abrazos? Vamos como abducidxs en una danza macabra hasta el precipicio.

Paseo con la cabeza baja, volviéndome invisible, susurrando “malditos”, “malditos todos” porque me es imposible meterme en los zapatos de quien se levanta tan sediento de Muerte como de anís.

Y sí, necesitamos la fuerza de la Verdad, de la Bondad, del Optimismo, sin perder los pies del suelo pero rozando con los dedos la Utopía porque si no, no hará falta que nos asesinen la Libertad o la Esperanza, la estaremos amordazando y asfixiando nosotrxs mismxs.

Hay que caminar e ir cantando y levantando a quien se caiga, sin pensar quién es ni de dónde viene, sólo saber que vamos al mismo sitio.

Mis hijxs de otras especies viven en constante estado de esclavitud, jamás tuvieron ni tendrán más que un ficticio soplo de libertad, otros millones hay que no verán un nuevo día o lo verán desde ganchos de matadero o bajo manos despóticas. Aún en esas circunstancias, no hay una criatura esclava que no sonría y se abra a la esperanza si le dan la oportunidad.

RESILIENCIA, RESPETO, y por qué no, RISAS. Si no bailamos, si no reímos, no es mi revolución.

OJALÁ

31 de mayo de 2017
Una gata ha aparecido muerta en el arcén de una carretera secundaria de Madrid.

Construimos lenguaje mentiroso. Ese lenguaje que estructura pensamiento hipócrita, insolidario, indiferente. Porque esa gata no ha sido hallada muerta, no ha aparecido muerta, a esa gata la han matado. Atropellada y abandonada a su suerte. ¿Que fue un accidente? No sabemos. ¿Que fue el matagatas? (sí, en todas partes están los matagatas. Lo mismo estás almorzando ahora al lado de uno). Nunca lo sabremos porque “así es la vida”. Ella “se lo buscó”.

Quiero consolarme pensando que murió en el acto. Que apenas sufrió. Y que, desde luego, vivió lo más libre que pudo. Ese es el sueño de muchas. Entre las que yo me incluyo. Lo que sí sabemos es que ahí se quedó. Se quedó por las mentiras mentales en las que nos gusta ahogarnos. Y es que “la vida es una jungla”, y estas cosas pasan porque “somos trogloditas”, “seguimos en Atapuerca”. Con un parche tras otro tapamos las ventanas cerebrales a la verdad y a lo que realmente nos incomoda. No queremos implicarnos.

Pero ¿qué Jungla?

Pero ¿quién se ha inventado esta historia?
¿Qué tipo de engendros prepotentes y zafios nos ha contado esta película?

Ojalá viviésemos como en Atapuerca, en la jungla, como salvajes. Porque lo que yo he cogido entre mis brazos y que “pesaba como un muerto”, no era esa gata libre que murió por nuestra indiferencia y por nuestras arquitecturas dialécticas embusteras, era la losa del Patriarcado que nos ha convertido en zombies, que no buscan carne fresca, buscan un sofá, el mando de la tele y una conciencia lo más muerta posible. Que no matada. Como la gata.

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El mapa oscuro de mis oscuras grutas subconscientes

Este fragmento que hoy os traigo es real. Todo lo real que pueden llegar a ser mis pesadillas. Cada vez tengo menos, antes las vivía como en los cines, sesión doble casi cada noche… pero cuando las tengo… al despertar tardo unos segundos infinitos en darme cuenta de que superé el trago y estoy de nuevo en el plano real. Ésta en concreto, la incluí en el devenir de Helena, la prota de una novela que nunca he publicado. Allá va. Espero que hayáis hecho ya la digestión:

-Espera, espera,…quiero contarte una pesadilla que he tenido, no puedo quitarme la sensación… Así no se cumplirá, ya sabes…

-¿Una pesadilla? Adelante, te escucho, pero no te canses demasiado.

Helena, muy despacio, va desgranando la espeluznante experiencia onírica que ha padecido. Tiene que parar a menudo porque le falla el aliento, pero poco a poco la historia es narrada:

-Estoy sentada en el exterior de una terraza o patio bastante sucio de hojas secas y polvo, apoyada en un rincón de pared mohosa, ennegrecida, parece que estoy ocupada en algo, escribiendo tal vez. …De vez en cuando, a pesar de lo absorbida que me encuentro en mi labor, me rasco compulsivamente, como si alguna alergia me molestase… Así, pasan interminables horas, aunque lo mismo sólo transcurren segundos, ya sabes cómo son los sueños. …Repentinamente, me encuentro en casa, desnuda y mirándome ante un espejo, buscando la causa de ese picor insoportable… Horrorizada, compruebo que ¡tengo adheridos a la piel una especie de insectos de caparazón cóncavo, liso, duro, de color negro brillante! Unos son pequeños como bolitas, pero otros ya han crecido hasta el tamaño de granos de café. Donde más se han acumulado es bajo las axilas y en la zona de los pezones. Quiero gritar hasta enloquecer porque siento que están vivos, internándose bajo la carne, moviéndose, hurgando mi interior, seguro que sorbiéndome jugos y vida. A pesar de lo espeluznante de la escena, solidificada por el pavor, únicamente persisto en una obsesión: arrancarme los parásitos.

Los pequeños salen con facilidad, de los poros se deslizan hacia afuera por la presión de sus dedos, una especie de hilos, de pequeños tentáculos o patas y los noto cosquillear las capas de mi piel hasta el exterior. Cuando, enfebrecida, reúno el valor suficiente para acometer la extracción de los bichos más grandes, siento oleadas de asco, intensas arcadas que preceden a las sensaciones horrorosas de notar cómo unas culebras duras y viscosas intentan sujetarse con fuerza para impedir que las saquen. Al tirar de esos cascos negros, el dolor amenaza con la rendición, aún así, a pesar de desgarrarme en el intento, no puedo dejar de estirar. Parece como si debajo de ese caparazón liso de tortuga diminuta hubiera todo un organismo dedicado a la penetración y la succión. Sus tentáculos, patas o bocas como trompas, tienen la forma de escarpias, que una vez que entran, se abren en capas para impedir que algún intruso las arranque sin dejar fragmentos que puedan seguir cavando hasta lo más profundo del cuerpo.

A pesar de la repugnancia, los cuerpos salen muy lentamente, estría tras estría, los poros se ven liberados de los primeros engendros parasitarios. Veo mis ojos borbotear lágrimas de horror y asco, los dientes muerden unos labios apretados y el sudor empapa mi cuerpo como si me hubiera dado una ducha, pero helada. Los veo, asombrada, retorcerse y culebrear, una vez van saliendo. Absurdamente, me parece como si la piel estuviera dando a luz, con un esfuerzo denodado, lombrices, colas de cocodrilo, cabezas de garrapata. Sin querer, miro mis brazos y mi pecho, comprobando, enloquecida, que aún permanecen aferrándose, impasibles, cientos de acorazados negros.

De un salto, me siento en la cama, las sábanas empapadas se pegan a mi piel, en torno a los brazos y el pecho. Me cuesta comprender que he estado soñando, que los delirios aracnicidas no me atacan de verdad, la pesadilla acabó y aún así, no entiendo por qué mis axilas, suaves y blancas, me pican irritantemente, igual que mis pezones, libres, no obstante de parásitos. Lloro en silencio aliviada por percibir el dolor de siempre, ese que me está matando lentamente, pero que no me obliga a ver cómo y, mucho menos, personificándose en horripilantes parásitos hambrientos.

(…)

Un poquito de Chiles (para Marisa)

Resulta que, si imagino, la fantasía no hechiza, si juego se pincha la pelota, si sueño irrumpen los íncubos y si me fundo, el mundo gira sin inmutarse.

Hay personas que parece que no cuentan, como mucho pululan por ahí.

Resulta que, si se van, te parten el corazón, la boca se queda sin matices. Como un guiso sin chiles. Te encojes por dentro y no sabes cómo responder a las preguntas que tu conciencia te grita: ¿Por qué? ¿Y ahora qué? ¿De qué sirve ahora?

Resulta que no solo contaban, sino que teñían la vida de colores intensos, rociaban la brisa de un encanto sin medida. A veces mal avenidos, siempre presentes, cuando les da por marcharse, agujerean tus paisajes y ya no hay quien los termine, como un puzzle sin piezas.

Cuando las personas no dejamos la rutina, sumergidas en el día a día y a nuestro alrededor la voracidad y la ira caminan juntas, la soledad nos envuelve y arrasa. Conseguimos no mirar y sin embargo nadie nota los tropiezos, aunque a cada paso, dos son de través y la empinada cuesta nos reclama. Es igual, seguimos impávidas, sin orejas, sin manos, sin destino aparente, sólo caminando a trompicones, avanzando hasta el infinito. Somos tan egoístas… A veces los t e q u i e r os se quedan colgados de los cables de la luz y se pierden como globos en el cielo de una feria. Deberíamos sujetarlos bien a los labios, y dejarlos posados en los labios de quienes también viven en su isla de olas que no rompen hacia dentro, sino hacia fuera, alejando de sí todo intento de abrazo, de apoyo. A veces gentes se comen nuestros marrones, o se chupan nuestra desgana y resulta que nunca debió ser así.

Resulta que sus ojos chispeantes, su sonrisa abierta, su deambular ligero, sus bienvenidas inolvidables, sus juegos fatuos con pólvoras candentes, sus bailes y sus ausencias marcaban el paso del ritmo. Nunca sabrá que, sin su ritmo, tantas vidas se paralizaron de golpe. Si lo hubiera sabido…

A veces resulta que la soledad aplasta y tantas sumas de soledades totalizan un abismo sin fondo, sin medida. Ayer cayó un alma grande y aún no dejamos de oír su eco.

Resulta que, cuando alguien aparentemente pequeño nos deja, se torna más presente que nunca, sus difusos contornos se consolidan y lo que fue visión aparece como una imagen nítida y eterna. Su tamaño aumenta en justicia, por lo que en realidad fue, amado por todos, necesitado aún en sus peores momentos, temido y buscado, vigilado y custodiado sin remedio.

Rebelde, sumiso, alegre, emboscado, eufórico, abatido, aquí y más allá, resulta que nunca supimos retenerte ni contener tu impaciencia. Lo que sí sabemos es que nos has dejado sin acabar, con la herida abierta.

Es absurdo que un Dios de barrio no exista para acompañarte en el banco de la plaza, compartiendo una litrona y un cigarrito, esperando a que la pólvora

coloree el techo negro del cielo de un gotelé perdido en la noche castellana. Si no existe, dime que tu energía incombustible te ha convertido en estrella fugaz, faltaría más, siempre fugaz. Dime lo que sea, esa canción de verano que tanto bailabas, ese chiste fácil que me hacía reír, dime lo que sea pero haz que sepa que estás por aquí.

Te quise y no supe demostrártelo, sin ti la historia no tendrá salsa.

Formaremos eternamente parte de tu peña, J a v i.

1 de septiembre de 2.005

(Editado el 28 de noviembre de 2016)

No lo vais a conseguir

Tengo un rato y me siento a leer noticias y sucesos en las redes sociales. Y comparto añadiendo comentarios encendidos. Me doy cuenta. ¡Qué cabreada estoy! ¿Qué pasa? ¿Qué altera mi apolínea intención? (Yo de apolíneo no tengo ni el blanco de los ojos) Me quedo quieta. Observo a la cachorra loca que mordisquea inconsciente y confiada los cables de mi ordenador y lo sé, de repente, lo sé: Estoy cabreada con los machunitos. Porque desde por la mañana, cuando una se levanta siempre sonriente, agradecida y rodeada de gente feliz que disfruta del momento, si algún machirulo impotente asoma su jeta y despliega su impotencia hormonal contra lo que le teme, y pretende con ese gesto hacer añicos mi paz interior, lo que consigue es cabrearme. Y, no sabe lo que hace, porque yo, cabreada, gano mucho. Pero mucho mucho. Mi piel macilenta sube al rojo grana en los pómulos, mis ojitos chinescos lanzan llamaradas y mi pelo se encrespa cual crin de caballo desbocado. Molo muuuuucho más así. He debido estar unas horas así, encrespada. Concentrando cual ciclón mi potencia cabreosa. Hasta que reconcentrada y maldita, un concierto de gritos y lamentos, de alaridos más cabreados, infinitamente más cabreados y asustados que los míos, me saca de ese estado esencialmente explosivo. Y observo a mi amigo que también ha salido de su otro ensimismamiento, el de ser olfateante, entregado y curioso a eso que se llama vivir la vida, y se detiene a escuchar a sus hermanos en la distancia no lejana. Es una perrera. Lo llaman residencia, lo llamo guantánamo, el caso es que está lleno de gente de otra especie que grita desesperada. Más cabreada que yo. Y escuchamos con un respeto del todo inútil. Y veo cómo mi querido amigo, hermano de esa gente que sufre, continúa su camino, tal vez un poco más avejentado, un poco más dolido, pero sabio. Sabio en su saber no poder ayudar, salvo salvándome a mi como hizo. Para que esa irritante pulsión se concentre en que sus hermanos consigan dejar de gritar. Vuelve a su trote, vuelve a sus rastros y búsquedas, vuelve a su vivir la vida. Tan digno, tan importante. Y yo, dejo de cabrearme. Porque lo que tiene aprehender lecciones así, es que te quita el cabreo y te sientes más fuerte que cualquier machunito idiota que rompe esa burbuja de paz en la que te crees que vives.

Sí, machunitos del mundo,  ya podéis soltar vuestras impotencias hormonales, que NO LO VAIS A CONSEGUIR. Seguiremos bailando y riendo sobre vuestras tumbas vitales, seguiremos defendiendo a las mujeres a las que jodéis la vida y a lxs animales a los que mancháis con vuestra insuficiencia. Estáis extinguidos. Sólo falta que lo anuncie una de esas revistas absurdas que van con años de retraso sorprendiéndose porque los animales tienen sentimientos o porque tal vez, hasta sean más inteligentes y buenas personas que nosotrxs.

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Aquí abajo

De cada agujero sale una sustancia negruzca, viscosa, humeante. La fetidez embriaga y me hace toser. Los ojos se entornan para dar paso a un lagrimeo consolador. Agito la mano delante de mi cara lo que empeora la sensación de asfixia. Trato de volverme pero la estrechez me lo impide. Con esfuerzo mi mano ayuda a la cara a cubrirse con el cuello del abrigo. Lo sujeto con los dientes y encojo el cuello igual que una tortuga. Lo que sea, para que me alcance lo menos posible ese aliento nauseabundo que me aplasta. No quiero abrir los ojos. Me escocerá pero sobre todo, me dolerá. Me aterrará y querré gritar.

Pero si grito sabrán que estoy aquí y que sigo viva. Porque sigo viva, creo.

He abierto los ojos y ahí siguen. Están ahí. Sus ojos, ¡dios, no puedo mirar esos ojos! También están encharcados de acuosidad pero tan fijos, tan huecos, que me paralizan. Sangre seca, mandíbulas descolgadas, expresiones ridículas que dan mucho miedo. Cuerpos, cuerpos, cuerpos amontonados. Debo estar muerta. Lo prefiero. Que acabe esto ya porque el infierno del que hablamos tanto no puede ser peor.

Suenan motores, esa montaña de cuerpos se mueve, se desliza fantasmal. Me abrazan, me besan, me envuelven, me aplastan y lo último que veo son esos ojos acuosos y saboreo sustancias negruzcas, viscosas, humeantes. Estoy aquí abajo, estoy viva, creo.

Sorprendentemente fácil.

Me sorprende la blandura de la carne. Aprieto y estoy tan absorta en el filo que no siento. Veo cómo una fina linea roja se marca. Me asusto. Aflojo la mano. Qué fácil va a ser, más de lo que ni remotamente me imaginaba. En las historias, en las tragedias literarias, siempre hablan de angustia y terror. De locura. A mi me ha resultado sorprendentemente fácil.

Está bien. Tomo nota.