O sube el volumen

Si no sientes pasión por tu vida, pírate de la mía.

Así de claro.

Yo no quiero estar aquí.                                                  Yo no pedí estar aquí.

Pero estoy. Llegué hasta aquí. Y no ha sido nada fácil. Porque no me centré en mí, sino en acumular días. Reír, aferrarme, llorar, pensar, amar, DISFRUTAR.

No sabía que se podía elegir no estar. Pero ahora estoy. Y tengo cuatro hijxs. Y me tengo que quedar. Si hubiera sabido que podía elegir, hace casi veinte años que ya me habría ido, pero ahora, no puedo irme. Tengo que estar. Tengo que ver, oír, tragar. Y me quiero ir cada día, a veces, muchas veces cada día. Pero me quedo. Y al sentir que me quedo, lo hago con toda la pasión de la que soy capaz, y, creedme, en mi pecera, mi pasión es mucha.

Me quedo, apostando, por esas otras tantas (veces) que observo cómo una tela de araña se deshilacha tras el remolino que, uno de mis hijos, provoca a su paso despreocupado. Por esas estridentes conversaciones de comunidad de vecinxs, que tienen los gorriones que aún habitan los viejos olivos tristes. Porque hoy ha llovido. Porque mis hijxs me hacen reír y, a veces, yo les hago reír a ellxs. Porque amo a mi familia, porque YO SÍ TENGO AMIGXS, sí, lxs tengo, yo. Porque amo las nubes de verdad. Al amanecer, al anochecer, cuando arropan a la luna, cuando la luna las desintegra con su luz de plata chillona. Porque me explota el corazón cuando se abre una flor, cuando una niña pasa y me sonríe, cuando la radio de otro coche canta lo mismo que la mía, cuando se me cruzan unos ojos fugaces y me hablan en un idioma que toda la gente de bien entiende. Cuando nos cruzamos cientos de ojos y brazos y bocas y al unísono le cantamos a la injusticia y a la violencia. Me quedo porque hay gente que puebla este planeta destrozado que me expande para luego encogerme.

En definitiva, me quedo por mis hijxs.

Sin mis hijxs, ya me habría ido hace tiempo, porque ni telas de araña, ni gorriones, ni olivos, nilluvianifamilianiamistadesnilunasninubes, ni sonrisas, ni flores, ni ojos fugaces, ni la gente que puebla este planeta me van a convencer de que esto no se va a la mierda. De que lo estamos mandando al carajo cada día, a veces, muchas veces cada día. Y no quiero verlo. Y lo veo, cada día. Y no hay un maldito agujero donde meterse para no verlo.

Así que, pongo música. No suelo. Porque la música tiene tal efecto en mí, que si soy excesiva… con la música ya… no encuentro palabra para definir qué sucede cuando escucho música. Subo el volumen y me pierdo, ya no soy. Sólo estoy. Porque por eso me quedé. Por eso si no sientes esa pasión que me conecta y me destruye a la vez, aléjate, huye, antes de que te queme mi combustión.

O sube el volumen. Que también.

What a feeling Irene, Cara Jennifer Beals: FLASHDANCE

 

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Consumo, PIB, cambio social y felicidad. Sí que podemos hacer…

Ser sororas, resilientes, compartir solidaridad, darse calor del que no sube la factura… todo eso enriquece y no aumenta el PIB, como este artículo, que es de ese oro que no nos vuelve avarientxs, al revés, nos hace brillar a todxs.

DESARROLLANDO INTELIGENCIA FEMINISTA

Os copiamos un mensaje de pensadoras y pensadores feministas en la red (y Tico está en nuestro GdT DIF de facebook, donde hay unas 70 personas por ahora), porque es un buen ejemplo de cómo el desarrollo de inteligencia feminista enriquece el análisis de cualquier tema, ya que nos ayuda a humanizarnos y aprender a ver la realidad, al margen de lo que quieran hacernos creer para sostener sistemas que ejercen violencias a muchos niveles.

Tico P.: NO OS DEJÉIS ENGAÑAR. Normalmente suele utilizarse el PIB (Producto Interior Bruto) como indicativo del progreso económico de un país. Lo que hace el PIB es medir todas las transacciones monetarias que se producen en dicho país y eso se interpreta como índice de riqueza, bienestar y prosperidad. Así, los gobernantes de cada Estado esgrimen cada punto que aumenta como una victoria.
Pero no nos están diciendo la verdad.

El PIB cuantifica…

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La Muerte se está tomando un carajillo

La Noche oscura con matices de estrellas se abre tímidamente a los violetas. Farolas que parpadean, todo-terrenos rugen suavemente acechando en las calles desiertas. La plaza alberga siluetas siniestras. Aúllan decenas de perros desde parcelas, desde jaulas con ruedas, desde la noche lejana.

Hoy comprendí por qué, él, sabe de sobra cuándo la Muerte se está tomando un carajillo. Mi hijo mayor, me lleva para que lo vea. Para que sepa por qué su hermano a veces ni intenta salir de casa.

Poco antes sonaba el despertador. Es horrible. Por más que busco la melodía de mis sueños, escucharlo tan temprano la convierte, invariablemente, en los famosos compases de Tiburón cuando acecha o en los de La Niña del exorcista. Odio madrugar. Lo hago sin rechistar, y con la sonrisa puesta, desde hace 3 perrxs y dos gatas. Pero lo odio.

Los domingos madrugo más que ningún otro día. Y no. No me preparo para ir a misa. Me levanto antes de que mi hijo -el mentalista- sepa que empieza el Terror, y se esconda durante horas. Anticipo la oportunidad de regalarle el derecho a hacer sus necesidades en paz. Qué límites tan miserables tiene la esclavitud.

En la plaza se reúnen los que van a matar. Con voces en sordina, guturales, como orcos, celebrando en las puertas de los bares, su inminente ataque. Motores al ralentí, rehalas ensardinadas aullando su estresado pavor. La Muerte se prepara.

Y es que, últimamente, todo va encajando en un rompecabezas aciago. Esta España escopetera no quiere (ni le dejan) salir de su agujero. ¿Cuánta gente armada en cada casa? Esa gente, ¿cambia disparos por diálogos? ¿cambiaría olés por holas? ¿cambiaría cadenas por puentes? ¿cruces por abrazos? Vamos como abducidxs en una danza macabra hasta el precipicio.

Paseo con la cabeza baja, volviéndome invisible, susurrando “malditos”, “malditos todos” porque me es imposible meterme en los zapatos de quien se levanta tan sediento de Muerte como de anís.

Y sí, necesitamos la fuerza de la Verdad, de la Bondad, del Optimismo, sin perder los pies del suelo pero rozando con los dedos la Utopía porque si no, no hará falta que nos asesinen la Libertad o la Esperanza, la estaremos amordazando y asfixiando nosotrxs mismxs.

Hay que caminar e ir cantando y levantando a quien se caiga, sin pensar quién es ni de dónde viene, sólo saber que vamos al mismo sitio.

Mis hijxs de otras especies viven en constante estado de esclavitud, jamás tuvieron ni tendrán más que un ficticio soplo de libertad, otros millones hay que no verán un nuevo día o lo verán desde ganchos de matadero o bajo manos despóticas. Aún en esas circunstancias, no hay una criatura esclava que no sonría y se abra a la esperanza si le dan la oportunidad.

RESILIENCIA, RESPETO, y por qué no, RISAS. Si no bailamos, si no reímos, no es mi revolución.

MoMo

Los hombres de gris lo han convertido todo en humo. Pero en cada corazón late con fuerza el color de la Vida. Sólo hay que pararse a ESCUCHAR.

Si hay alguna clave en esto de caminar hacia la desaparición, el final del camino, está aquí.
Qué hermosura dolorosísima y tierna.

Se os entrega el secreto de la felicidad, la esperanza del mundo y no os dais cuenta.

Hay que rebelarse contra este sistema que nos quiere sin alma.

Enhorabuena, Planeta.

Después de todo, resulta que la Naturaleza es sabia. Debió crearnos con algún sistema autodestructivo latente, por si, según nos desarrollábamos como especie, la cagábamos pero bien. Y, ahora, ese sistema se ha activado. Lleva conformándose décadas, tuvo sus buenos momentos en los que pareció que haría colapsar al organismo que parasita en el siglo XX, pero las defensas resistieron con una asombrosa capacidad de aguante. Pero algo quedó irreparablemente dañado y eso que está matando a la Tierra lentamente, hará lo propio consigo mismo a mayor velocidad.

Desapareceremos en breve para mayor gloria del resto de seres de este mundo y ni siquiera esa estúpida y embustera Historia que escribimos para autocomplacernos, quedará.

Disfruten, estúpidas gentes, de lo poco que nos queda de vida.

Enhorabuena, Planeta. Nos iremos arrasando con todo, pero RESURGIRÁS.IMG_20150208_160838.jpg

A esta hora

La hierba brilla y expele el delicioso aroma como de recién duchada. La tierra se esponja. Casi puedo paladear la lluvia fina que cae. Nos adentramos en la oscuridad del pueblo una noche más. Las chimeneas deben crepitar, nosotros inspiramos intensamente el incienso de esa leña que arde.

De la orgullosa torre de la Iglesia fulgura una luz intensa. Y las notas del Cármina Burana se elevan suavemente hacia la negritud.

Estoy segura de que habréis experimentado la maravilla de escuchar los cánticos en magníficos auditorios. Pero no sé si conocéis el goce inquietante y misterioso de vivirlos desde la Naturaleza. El estremecedor arrebato de melodías describiendo la Tierra misma mientras el tomillo, el búho y la hierba callan embelesados. Yo he recibido tal regalo dos veces. La primera, desde el Cerro del Socorro, en Cuenca. La segunda, esta noche, desde las brunas afueras de mi pequeño pueblo. Y os aseguro que la emoción es estremecedora. Belleza trémula que paraliza, subyuga.

Los cinco sentidos puestos en esa magnífica pieza que resquebraja las estructuras de la tierra misma

O Fortuna
velut luna,
statu variabilis,
semper crescis
aut decrescis;
vita detestabilis
nunc obdurat
et tunc curat
ludo mentis aciem,
egestatem,
potestatem
dissolvit ut glaciem.
Sors immanis
et inanis,
rota tu volubilis,
status malus,
vana salus
semper dissolubilis,
obumbrata
et velata
michi quoque niteris;
nunc per ludum
dorsum nudum
fero tui sceleris.
Sors salutis
et virtutis
michi nunc contraria,
est affectus
et defectus
semper in angaria.
Hac in hora
sine mora
corde pulsum tangite;
quod per sortem
sternit fortem,
mecum omnes plangite!

Cierro los ojos emocionada, y de repente, escucho a mi podenco amigo arrancándose a cantar a todo lo que dan sus pulmones. Sus aullidos empujan los ojos de mis órbitas y desencajan mi mandíbula. No sé si meterle el gorro en la garganta o dejarle que termine la pieza junto con la coral que se escucha desde la Iglesia. En la que coge aire para respirar y lanzarse con lo que imagino que considera su segunda estrofa, le enchufo varios cachos de salchichas y me lo llevo tan contento para casa antes de que venga la Guardia Civil a detenernos por carminicio.

Y según cerramos la puerta, le miro y le digo: o te apuntas a clases de canto o lo dejas para cuando lo de la ducha si eso. Y me digo… A ver cómo cuento yo esto.

Feliz Fin de Semana.

La primavera, en diciembre

Ya pude aportar mi granito de arena a este momento histórico.
Y os lo voy a contar. Mal que os pese.

A mi me pasan muchas cosas llamémosle peculiares. Unas conforman mi naturaleza, otras me hicieron así a fuerza de hostias (no visualicéis las más recientes, que os conozco) por lo que, por ejemplo, lo que me tocaba hacer hoy: ejercer mi derecho al voto (desde el sistema sí, de momento es lo mejor que tenemos), en mi caso, es una hazaña peor que jugar al Doom con los protas de verdad. Soy muy tímida en algunas circunstancias y síntomas como visión túnel, ansiedad y palpitaciones me brotan cuando tengo que hacer algo sola, delante de mucha gente desconocida y que te mira… ejem. Si me hubiese tomado un café esta mañana habría llegado al colegio electoral bailando twerking y breakdance a la vez. Afortunadamente, me llamó mi ex y me acompañó telefónicamente por La Milla Verde callejera hasta la puerta del cole.

Una vez allí, me acuerdo de que no me he traído mi papelillo del censo y no hay listas en las que consultar. Bueno, si las hay no las veo, porque llevo puestas unas orejeras psicológicas que sólo me dejan ver lo que tengo delante de mis ojos… y mis ojos de cerca ven menos que un gato de escayola. Total que, menos mal que un poli de dos metros veinte está como la de los Ojos Verdes, apoyao en el quicio y dentro de mi ataque de pánico mi cerebro me dice, cretina, pregúntale y sal de esto ya. Me dice la mesa donde debo votar y que hay papeletas dentro. Debe pensar que soy Gurb que no ha encontrado el cuerpo de Marta Sánchez para usarlo de traje en su nueva vuelta a la Tierra. Sin entrar siquiera ya veo toda la membresía de la mesa, mirándome, escudriñándome, mejor dicho. Como en la Última Cena. En ese momento, no hay ni un alma en la sala, joder. Giro mi cabeza en busca de las papeletas de los ovarios y me acerco a la mesa donde están todas. Yo no veo la de Podemos. Joder, joder, joder, ya me la han escondido. (Si vas sin las gafas de cerca, panoli). Silencio sepulcral. Siento sus ojos seguir mis manos. L@s interventor@s se saben de memoria dónde están “sus” montoncillos. Cojo todas las de izquierdas que veo (mal), también la del P$0€ y me meto en la cabina. Me entran ganas de mear. Pero reconoced que eso no sólo me pasa a mi. En las cabinas dan ganas de mear en vez de llamar por teléfono o escoger votos.

Respiro hondo e introduzco cada papeleta en su sobre. No sin antes haber votado lo más estratégicamente que puede una cegata sin las gafas de leer (a saber qué narices he hecho, lo mismo he guardado en el sobre del senado la primitiva de esta semana). Oigo rumorear a los de la zona derecha, no os diré a quién reppresentan porque sois muy inteligentes y lo pilláis todo al vuelo. Ya saben que estos sobres no son para ellos. Je. Por una vez.

“Sal de una vez, no te puedes quedar aquí toda la mañana con los dos sobrecitos en la mano”. Salgo. Ahora sé lo que siente el gorila del zoo. Y pobrecito.

Me acerco a la mesa sacando el carnet de conducir porque el de identidad se ha mimetizado con el monedero y ya son un todo en un resto indivisible al más puro estilo Zizek. Y tengo que hablar. Cuando me estreso hablo, y normalmente comparto el motivo de mi estrés, pa repartirlo, que me toque menos cacho, que no puedo con él. Y digo: “uy, da una vergüenza esto así mirándome todos…” Y sonrío nerviosa. Entonces una vecina se materializa ante mi sonriéndome, está en la mesa, en la parte izquierda, ya sólo eso me da buen rollo pero es que además… Tiene una sonrisa que ya la quisiera Podemos para sus campañas y lo que venga. Suelto lastre con un “¡hola!” más dramático que el que diría Leonardo Dicaprio si, mientras su novia le está dejando morir congelado aparece la balsa de la Medusa, mientras dejo que el Presidente de la mesa (no me preguntéis qué cara tiene porque ya solo me acuerdo de mi vecina la de la sonrisa) haga su trabajo y me diga que puedo votar. Y voto. Y sonrío agradecida por haber salido con vida, poco dignamente, pero con vida de la trágica aventura.

Ya en la calle, comienzo a ver familias con la chiquillería correteando y alborotando, mucho bullicio y un sol que me anima a pensar en La Primavera del Cambio que nos ha venido a dar un empujoncito, en Diciembre, para que nadie se quede en casa, para que vote y comience de una vez por todas esa Transición que nos disfrazaron de más de lo mismo, para que recuperemos la memoria, las escuelas, las consultas sanitarias, la decencia en el trabajo y las ganas de soñar en un futuro sin maltrato, sin sufrimiento en el que mujeres, infancia, ancianidad, animales y toda la demás gente, pueda vivir en paz.

Sueñen y hagan que esos sueños desborden las urnas.

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La noche y el día

Después de varios días de lluvias, con este tiempo veraniego tan raro, por fin pude hacer una incursión nocturna a los olivares sin quedarme pegada para siempre en la arcilla empapada.

Vivir en la orilla de los sitios es lo que tiene. Dejas atrás en seguida las luces del pequeño pueblo adormilado y la oscuridad te come. Che se pira feliz y mis ojos empiezan a adaptarse a tanta negritud. Percibo las siluetas de los olivos, la textura blanda de la tierra que es roja con la luz del día y gris oscura casi negra con la no luz de la noche. Mientras, las estrellas desparramadas por esa tela que todo lo tapa, brillan con todas sus ganas. Los oídos, perplejos por la falta de trabajo, buscan sonidos. No suena nada. Los insectos de agosto están escondidos, en casa, calentitos, los pájaros duermen y si hay murciélagos o rapaces nocturnas, esta noche se fueron a otra parte. Poco a poco me voy sintiendo pequeña, tanta inmensidad encoje, qué queréis que os diga, aún así, disfruto mucho de las sensaciones. Inevitablemente, siempre me pasa cuando estoy sola en la calle, me llegan pensamientos de miedo, de inseguridad, que mando a la mierda en seguida porque nada puede estropearme este momento. Respiro tomillos, humedad, noche, toda la noche que puedo, profundamente. No sé cuánto tiempo estoy así, tampoco me importa. Vuelve mi hijo y regresamos a casa muy plen@s, como en armonía, no sé. Hermanad@s.

Suena el despertador y aunque soy más mochuela que golondrina hago el esfuerzo de levantarme y en seguida se me pasa la pereza. El frío de la casa ayuda mucho a darse prisa para desenfundarse el pijama. Preparo desayunos, suplementos naturales y salgo con el locuelo de mi hijo pequeño. El paseo fue corto porque sonaron disparos ahuyenta-aves y Chew me pidió con premura regresar a casa. Para que la vuelta no fuese un drama, hice un alarde de juventud y energía y jugamos a correr por los campos y a perseguirnos hasta la puerta de casa. Ya a salvo y tranquilo le dejo sesteando y me voy con su hermano mayor.

Cuando salgo con Che, prefiere explorar la otra zona de olivas y uvas. El día, brillante, fresco, húmedo el suelo, las telas de araña se visten de diminutas gotas plateadas. La luz le roba intensidad a los colores, todo parece dorarse al sol. Me descubro como la noche anterior, clavada, incapaz que captar toda la vida que bulle a mi alrededor de una sola vez. Disecciono la mañana y me resulta divertido y curioso escuchar una especie de 15-M gorrionero en cada olivo. Decenas de pájaros se congregan en cada copa de árbol y en una algarabía infinita tratan de ponerse o no de acuerdo. ¡Cómo me gustaría comprender lo que dicen! Me doy cuenta de que si camino con normalidad, educadamente, sin chascar ramas a lo tonto pero en una cadencia de paseo rutinaria, la pajarería no se inmuta, sigue en sus “plazas del comento”. Sin embargo, si ralentizo el paso y trato de no hacer ruido o de moverme sigilosamente, interrumpen su cháchara o bajan la voz. Interpreto que creen que acecho, como la gata sobre el tejado de cinc y se ponen a la defensiva. Así que continuo con mi errático caminar cotilleando sus conversaciones. Como en el mejor de los corrillos de una tarde veraniega de fiestas de pueblo, los grupos de cotorrill@s callan a mi paso y siguen rumoreando a mis espaldas. No me molesta. Asumo que tienen tanto malo de qué hablar si el tema es la especie humana, que acepto sus posibles críticas a mi persona como mal menor de todo el daño que mis congéneres les han hecho.

Las huellas de los conejos se perciben por todas partes, pero su presencia es ausencia para frustración de mi hijo mayor. Busca en las madrigueras, recorre los setos en busca de presas, aún a sabiendas de que con toda seguridad, sus años de gran depredador han pasado. Sin lamentos, alegre y agradecido, disfruta de la vida como sólo la gente perra sabe hacer.

Doy las gracias a las comadres del cielo por tal jolgorio de comunidad de vecin@s, aspiro una vez más las esencias de tomillos, tierra mojada y mañana a estrenar y me voy acompañada de la mejor persona que conozco, más feliz que una perdiz.

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Peludencias de fin de semana.

Empezamos el día con una estampa algo gore, muy apropiada para las fechas: Chewbacca encontraba un cadáver bastante reciente de un pobre conejo. Como sabe que es lo más cerca que va a estar de cazar uno, pues no duda en cortar su incipiente paseo y ponerse en marcha de regreso a casa (con el difunto en la boca). Ya en el jardín, algo confuso, se tumba a su lado, no sé si esperando un milagro o qué. Se lo he cambiado por un desayuno algo más elaborado y fresco.

Siguiente paseo: recreación sin trucos de un episodio de El Hombre y la Tierra, en este caso, la Mujer y el Perro yayo persiguiendo sin tregua a dos conejos muy listos. Sólo faltaba la música de aquella mítica serie. Che no ha conseguido nada más que dos buenas carreras y una enorme frustración en medio de un frenesí molón, pero yo estaba situada en un lugar privilegiado y hubiera comido bien a gusto unas palomitas, mientras me divertía con la destreza desarrollada por los veloces herbívoros, que, por turnos, han alardeado de pensamiento lateral, delantero y trasero, vamos, esquivando al pobre yayo canino.

Y sí, yo estaba de parte de los conejos.

Por la noche, mi enano y yo hemos tenido una breve conversación tras cruzarnos con los nuevos vecinos: una pareja humana con un perro grande que, nada más vernos, se ha lanzado enloquecido a atacarnos. Menos mal que iba atado… “con collar de pinchos” y correa corta. Chew me ha mirado con una expresión que me ha hecho responderle:

– Tienes razón, tus congéneres están bien jodidos por culpa de los míos. Y hemos seguido paseando, pensativos… unos minutos, lo justo para distraernos con el rastro de los gatos del barrio.