La Muerte se está tomando un carajillo

La Noche oscura con matices de estrellas se abre tímidamente a los violetas. Farolas que parpadean, todo-terrenos rugen suavemente acechando en las calles desiertas. La plaza alberga siluetas siniestras. Aúllan decenas de perros desde parcelas, desde jaulas con ruedas, desde la noche lejana.

Hoy comprendí por qué, él, sabe de sobra cuándo la Muerte se está tomando un carajillo. Mi hijo mayor, me lleva para que lo vea. Para que sepa por qué su hermano a veces ni intenta salir de casa.

Poco antes sonaba el despertador. Es horrible. Por más que busco la melodía de mis sueños, escucharlo tan temprano la convierte, invariablemente, en los famosos compases de Tiburón cuando acecha o en los de La Niña del exorcista. Odio madrugar. Lo hago sin rechistar, y con la sonrisa puesta, desde hace 3 perrxs y dos gatas. Pero lo odio.

Los domingos madrugo más que ningún otro día. Y no. No me preparo para ir a misa. Me levanto antes de que mi hijo -el mentalista- sepa que empieza el Terror, y se esconda durante horas. Anticipo la oportunidad de regalarle el derecho a hacer sus necesidades en paz. Qué límites tan miserables tiene la esclavitud.

En la plaza se reúnen los que van a matar. Con voces en sordina, guturales, como orcos, celebrando en las puertas de los bares, su inminente ataque. Motores al ralentí, rehalas ensardinadas aullando su estresado pavor. La Muerte se prepara.

Y es que, últimamente, todo va encajando en un rompecabezas aciago. Esta España escopetera no quiere (ni le dejan) salir de su agujero. ¿Cuánta gente armada en cada casa? Esa gente, ¿cambia disparos por diálogos? ¿cambiaría olés por holas? ¿cambiaría cadenas por puentes? ¿cruces por abrazos? Vamos como abducidxs en una danza macabra hasta el precipicio.

Paseo con la cabeza baja, volviéndome invisible, susurrando “malditos”, “malditos todos” porque me es imposible meterme en los zapatos de quien se levanta tan sediento de Muerte como de anís.

Y sí, necesitamos la fuerza de la Verdad, de la Bondad, del Optimismo, sin perder los pies del suelo pero rozando con los dedos la Utopía porque si no, no hará falta que nos asesinen la Libertad o la Esperanza, la estaremos amordazando y asfixiando nosotrxs mismxs.

Hay que caminar e ir cantando y levantando a quien se caiga, sin pensar quién es ni de dónde viene, sólo saber que vamos al mismo sitio.

Mis hijxs de otras especies viven en constante estado de esclavitud, jamás tuvieron ni tendrán más que un ficticio soplo de libertad, otros millones hay que no verán un nuevo día o lo verán desde ganchos de matadero o bajo manos despóticas. Aún en esas circunstancias, no hay una criatura esclava que no sonría y se abra a la esperanza si le dan la oportunidad.

RESILIENCIA, RESPETO, y por qué no, RISAS. Si no bailamos, si no reímos, no es mi revolución.

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MoMo

Los hombres de gris lo han convertido todo en humo. Pero en cada corazón late con fuerza el color de la Vida. Sólo hay que pararse a ESCUCHAR.

Si hay alguna clave en esto de caminar hacia la desaparición, el final del camino, está aquí.
Qué hermosura dolorosísima y tierna.

Se os entrega el secreto de la felicidad, la esperanza del mundo y no os dais cuenta.

Hay que rebelarse contra este sistema que nos quiere sin alma.

Enhorabuena, Planeta.

Después de todo, resulta que la Naturaleza es sabia. Debió crearnos con algún sistema autodestructivo latente, por si, según nos desarrollábamos como especie, la cagábamos pero bien. Y, ahora, ese sistema se ha activado. Lleva conformándose décadas, tuvo sus buenos momentos en los que pareció que haría colapsar al organismo que parasita en el siglo XX, pero las defensas resistieron con una asombrosa capacidad de aguante. Pero algo quedó irreparablemente dañado y eso que está matando a la Tierra lentamente, hará lo propio consigo mismo a mayor velocidad.

Desapareceremos en breve para mayor gloria del resto de seres de este mundo y ni siquiera esa estúpida y embustera Historia que escribimos para autocomplacernos, quedará.

Disfruten, estúpidas gentes, de lo poco que nos queda de vida.

Enhorabuena, Planeta. Nos iremos arrasando con todo, pero RESURGIRÁS.IMG_20150208_160838.jpg

A esta hora

La hierba brilla y expele el delicioso aroma como de recién duchada. La tierra se esponja. Casi puedo paladear la lluvia fina que cae. Nos adentramos en la oscuridad del pueblo una noche más. Las chimeneas deben crepitar, nosotros inspiramos intensamente el incienso de esa leña que arde.

De la orgullosa torre de la Iglesia fulgura una luz intensa. Y las notas del Cármina Burana se elevan suavemente hacia la negritud.

Estoy segura de que habréis experimentado la maravilla de escuchar los cánticos en magníficos auditorios. Pero no sé si conocéis el goce inquietante y misterioso de vivirlos desde la Naturaleza. El estremecedor arrebato de melodías describiendo la Tierra misma mientras el tomillo, el búho y la hierba callan embelesados. Yo he recibido tal regalo dos veces. La primera, desde el Cerro del Socorro, en Cuenca. La segunda, esta noche, desde las brunas afueras de mi pequeño pueblo. Y os aseguro que la emoción es estremecedora. Belleza trémula que paraliza, subyuga.

Los cinco sentidos puestos en esa magnífica pieza que resquebraja las estructuras de la tierra misma

O Fortuna
velut luna,
statu variabilis,
semper crescis
aut decrescis;
vita detestabilis
nunc obdurat
et tunc curat
ludo mentis aciem,
egestatem,
potestatem
dissolvit ut glaciem.
Sors immanis
et inanis,
rota tu volubilis,
status malus,
vana salus
semper dissolubilis,
obumbrata
et velata
michi quoque niteris;
nunc per ludum
dorsum nudum
fero tui sceleris.
Sors salutis
et virtutis
michi nunc contraria,
est affectus
et defectus
semper in angaria.
Hac in hora
sine mora
corde pulsum tangite;
quod per sortem
sternit fortem,
mecum omnes plangite!

Cierro los ojos emocionada, y de repente, escucho a mi podenco amigo arrancándose a cantar a todo lo que dan sus pulmones. Sus aullidos empujan los ojos de mis órbitas y desencajan mi mandíbula. No sé si meterle el gorro en la garganta o dejarle que termine la pieza junto con la coral que se escucha desde la Iglesia. En la que coge aire para respirar y lanzarse con lo que imagino que considera su segunda estrofa, le enchufo varios cachos de salchichas y me lo llevo tan contento para casa antes de que venga la Guardia Civil a detenernos por carminicio.

Y según cerramos la puerta, le miro y le digo: o te apuntas a clases de canto o lo dejas para cuando lo de la ducha si eso. Y me digo… A ver cómo cuento yo esto.

Feliz Fin de Semana.

La primavera, en diciembre

Ya pude aportar mi granito de arena a este momento histórico.
Y os lo voy a contar. Mal que os pese.

A mi me pasan muchas cosas llamémosle peculiares. Unas conforman mi naturaleza, otras me hicieron así a fuerza de hostias (no visualicéis las más recientes, que os conozco) por lo que, por ejemplo, lo que me tocaba hacer hoy: ejercer mi derecho al voto (desde el sistema sí, de momento es lo mejor que tenemos), en mi caso, es una hazaña peor que jugar al Doom con los protas de verdad. Soy muy tímida en algunas circunstancias y síntomas como visión túnel, ansiedad y palpitaciones me brotan cuando tengo que hacer algo sola, delante de mucha gente desconocida y que te mira… ejem. Si me hubiese tomado un café esta mañana habría llegado al colegio electoral bailando twerking y breakdance a la vez. Afortunadamente, me llamó mi ex y me acompañó telefónicamente por La Milla Verde callejera hasta la puerta del cole.

Una vez allí, me acuerdo de que no me he traído mi papelillo del censo y no hay listas en las que consultar. Bueno, si las hay no las veo, porque llevo puestas unas orejeras psicológicas que sólo me dejan ver lo que tengo delante de mis ojos… y mis ojos de cerca ven menos que un gato de escayola. Total que, menos mal que un poli de dos metros veinte está como la de los Ojos Verdes, apoyao en el quicio y dentro de mi ataque de pánico mi cerebro me dice, cretina, pregúntale y sal de esto ya. Me dice la mesa donde debo votar y que hay papeletas dentro. Debe pensar que soy Gurb que no ha encontrado el cuerpo de Marta Sánchez para usarlo de traje en su nueva vuelta a la Tierra. Sin entrar siquiera ya veo toda la membresía de la mesa, mirándome, escudriñándome, mejor dicho. Como en la Última Cena. En ese momento, no hay ni un alma en la sala, joder. Giro mi cabeza en busca de las papeletas de los ovarios y me acerco a la mesa donde están todas. Yo no veo la de Podemos. Joder, joder, joder, ya me la han escondido. (Si vas sin las gafas de cerca, panoli). Silencio sepulcral. Siento sus ojos seguir mis manos. L@s interventor@s se saben de memoria dónde están “sus” montoncillos. Cojo todas las de izquierdas que veo (mal), también la del P$0€ y me meto en la cabina. Me entran ganas de mear. Pero reconoced que eso no sólo me pasa a mi. En las cabinas dan ganas de mear en vez de llamar por teléfono o escoger votos.

Respiro hondo e introduzco cada papeleta en su sobre. No sin antes haber votado lo más estratégicamente que puede una cegata sin las gafas de leer (a saber qué narices he hecho, lo mismo he guardado en el sobre del senado la primitiva de esta semana). Oigo rumorear a los de la zona derecha, no os diré a quién reppresentan porque sois muy inteligentes y lo pilláis todo al vuelo. Ya saben que estos sobres no son para ellos. Je. Por una vez.

“Sal de una vez, no te puedes quedar aquí toda la mañana con los dos sobrecitos en la mano”. Salgo. Ahora sé lo que siente el gorila del zoo. Y pobrecito.

Me acerco a la mesa sacando el carnet de conducir porque el de identidad se ha mimetizado con el monedero y ya son un todo en un resto indivisible al más puro estilo Zizek. Y tengo que hablar. Cuando me estreso hablo, y normalmente comparto el motivo de mi estrés, pa repartirlo, que me toque menos cacho, que no puedo con él. Y digo: “uy, da una vergüenza esto así mirándome todos…” Y sonrío nerviosa. Entonces una vecina se materializa ante mi sonriéndome, está en la mesa, en la parte izquierda, ya sólo eso me da buen rollo pero es que además… Tiene una sonrisa que ya la quisiera Podemos para sus campañas y lo que venga. Suelto lastre con un “¡hola!” más dramático que el que diría Leonardo Dicaprio si, mientras su novia le está dejando morir congelado aparece la balsa de la Medusa, mientras dejo que el Presidente de la mesa (no me preguntéis qué cara tiene porque ya solo me acuerdo de mi vecina la de la sonrisa) haga su trabajo y me diga que puedo votar. Y voto. Y sonrío agradecida por haber salido con vida, poco dignamente, pero con vida de la trágica aventura.

Ya en la calle, comienzo a ver familias con la chiquillería correteando y alborotando, mucho bullicio y un sol que me anima a pensar en La Primavera del Cambio que nos ha venido a dar un empujoncito, en Diciembre, para que nadie se quede en casa, para que vote y comience de una vez por todas esa Transición que nos disfrazaron de más de lo mismo, para que recuperemos la memoria, las escuelas, las consultas sanitarias, la decencia en el trabajo y las ganas de soñar en un futuro sin maltrato, sin sufrimiento en el que mujeres, infancia, ancianidad, animales y toda la demás gente, pueda vivir en paz.

Sueñen y hagan que esos sueños desborden las urnas.

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La noche y el día

Después de varios días de lluvias, con este tiempo veraniego tan raro, por fin pude hacer una incursión nocturna a los olivares sin quedarme pegada para siempre en la arcilla empapada.

Vivir en la orilla de los sitios es lo que tiene. Dejas atrás en seguida las luces del pequeño pueblo adormilado y la oscuridad te come. Che se pira feliz y mis ojos empiezan a adaptarse a tanta negritud. Percibo las siluetas de los olivos, la textura blanda de la tierra que es roja con la luz del día y gris oscura casi negra con la no luz de la noche. Mientras, las estrellas desparramadas por esa tela que todo lo tapa, brillan con todas sus ganas. Los oídos, perplejos por la falta de trabajo, buscan sonidos. No suena nada. Los insectos de agosto están escondidos, en casa, calentitos, los pájaros duermen y si hay murciélagos o rapaces nocturnas, esta noche se fueron a otra parte. Poco a poco me voy sintiendo pequeña, tanta inmensidad encoje, qué queréis que os diga, aún así, disfruto mucho de las sensaciones. Inevitablemente, siempre me pasa cuando estoy sola en la calle, me llegan pensamientos de miedo, de inseguridad, que mando a la mierda en seguida porque nada puede estropearme este momento. Respiro tomillos, humedad, noche, toda la noche que puedo, profundamente. No sé cuánto tiempo estoy así, tampoco me importa. Vuelve mi hijo y regresamos a casa muy plen@s, como en armonía, no sé. Hermanad@s.

Suena el despertador y aunque soy más mochuela que golondrina hago el esfuerzo de levantarme y en seguida se me pasa la pereza. El frío de la casa ayuda mucho a darse prisa para desenfundarse el pijama. Preparo desayunos, suplementos naturales y salgo con el locuelo de mi hijo pequeño. El paseo fue corto porque sonaron disparos ahuyenta-aves y Chew me pidió con premura regresar a casa. Para que la vuelta no fuese un drama, hice un alarde de juventud y energía y jugamos a correr por los campos y a perseguirnos hasta la puerta de casa. Ya a salvo y tranquilo le dejo sesteando y me voy con su hermano mayor.

Cuando salgo con Che, prefiere explorar la otra zona de olivas y uvas. El día, brillante, fresco, húmedo el suelo, las telas de araña se visten de diminutas gotas plateadas. La luz le roba intensidad a los colores, todo parece dorarse al sol. Me descubro como la noche anterior, clavada, incapaz que captar toda la vida que bulle a mi alrededor de una sola vez. Disecciono la mañana y me resulta divertido y curioso escuchar una especie de 15-M gorrionero en cada olivo. Decenas de pájaros se congregan en cada copa de árbol y en una algarabía infinita tratan de ponerse o no de acuerdo. ¡Cómo me gustaría comprender lo que dicen! Me doy cuenta de que si camino con normalidad, educadamente, sin chascar ramas a lo tonto pero en una cadencia de paseo rutinaria, la pajarería no se inmuta, sigue en sus “plazas del comento”. Sin embargo, si ralentizo el paso y trato de no hacer ruido o de moverme sigilosamente, interrumpen su cháchara o bajan la voz. Interpreto que creen que acecho, como la gata sobre el tejado de cinc y se ponen a la defensiva. Así que continuo con mi errático caminar cotilleando sus conversaciones. Como en el mejor de los corrillos de una tarde veraniega de fiestas de pueblo, los grupos de cotorrill@s callan a mi paso y siguen rumoreando a mis espaldas. No me molesta. Asumo que tienen tanto malo de qué hablar si el tema es la especie humana, que acepto sus posibles críticas a mi persona como mal menor de todo el daño que mis congéneres les han hecho.

Las huellas de los conejos se perciben por todas partes, pero su presencia es ausencia para frustración de mi hijo mayor. Busca en las madrigueras, recorre los setos en busca de presas, aún a sabiendas de que con toda seguridad, sus años de gran depredador han pasado. Sin lamentos, alegre y agradecido, disfruta de la vida como sólo la gente perra sabe hacer.

Doy las gracias a las comadres del cielo por tal jolgorio de comunidad de vecin@s, aspiro una vez más las esencias de tomillos, tierra mojada y mañana a estrenar y me voy acompañada de la mejor persona que conozco, más feliz que una perdiz.

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Peludencias de fin de semana.

Empezamos el día con una estampa algo gore, muy apropiada para las fechas: Chewbacca encontraba un cadáver bastante reciente de un pobre conejo. Como sabe que es lo más cerca que va a estar de cazar uno, pues no duda en cortar su incipiente paseo y ponerse en marcha de regreso a casa (con el difunto en la boca). Ya en el jardín, algo confuso, se tumba a su lado, no sé si esperando un milagro o qué. Se lo he cambiado por un desayuno algo más elaborado y fresco.

Siguiente paseo: recreación sin trucos de un episodio de El Hombre y la Tierra, en este caso, la Mujer y el Perro yayo persiguiendo sin tregua a dos conejos muy listos. Sólo faltaba la música de aquella mítica serie. Che no ha conseguido nada más que dos buenas carreras y una enorme frustración en medio de un frenesí molón, pero yo estaba situada en un lugar privilegiado y hubiera comido bien a gusto unas palomitas, mientras me divertía con la destreza desarrollada por los veloces herbívoros, que, por turnos, han alardeado de pensamiento lateral, delantero y trasero, vamos, esquivando al pobre yayo canino.

Y sí, yo estaba de parte de los conejos.

Por la noche, mi enano y yo hemos tenido una breve conversación tras cruzarnos con los nuevos vecinos: una pareja humana con un perro grande que, nada más vernos, se ha lanzado enloquecido a atacarnos. Menos mal que iba atado… “con collar de pinchos” y correa corta. Chew me ha mirado con una expresión que me ha hecho responderle:

– Tienes razón, tus congéneres están bien jodidos por culpa de los míos. Y hemos seguido paseando, pensativos… unos minutos, lo justo para distraernos con el rastro de los gatos del barrio.

Progresa Adecuadamente

 Estamos en otoño pero la Naturaleza es sabia y como nos robó el mes de junio, nos lo devuelve ahora entre brillos cobrizos y árboles que se desnudan… por el calor.

 Mientras tanto, Chewbacca va creciendo, ya cumple el año y aunque hemos tenido algunos encontronazos con “monstruos humanos” que asustan mucho o con formas fantasmagóricas aterrorizantes, le veo avanzar con más curiosidad que miedo y más alegría de vivir que inseguridades.

El problema de sufrir un choque con alguien o algo que le da miedo es sobre todo, cómo reacciono yo ante esa circunstancia. Si le doy valor a algo que sólo fue un susto lo convierto en el ingrediente ideal para asociaciones nefastas y hay que sentirse muy segura de una misma y muy natural para echar una risa al aire y preguntar: ¿Seguimos? Y normalmente, seguimos!

También me ha pasado que llevé al extremo la máxima de EVITAR EVITAR EVITAR y estaba aislando un poco a Chew: mejor sólo campo, mejor horarios de menos actividad humana… pero perdí de vista que es un cachorro, que tiene que experimentar sensaciones de forma gradual y que mami no es una burbuja que protege pero también encierra. Una vez me fui relajando, porque los perros te cuentan cosas y te enseñan a la mínima que pongas ojos y orejas, vi episodios emocionantes para mi pero que él se los estaba tomando con absoluta normalidad.

Yo decía: mi Chew tiene miedo de la gente… va a ser que no. A mi Chew no le gusta la gente maleducada. Se lo puede tolerar a un perro porque Chewbacca tiene el DICCIONARIO UNIVERSAL PERRUNO DE LAS SEÑALES DE CALMA perfectamente al día, pero a una persona pues como que no la entiende igual y se encoje y le pide que “corra el aire”.

También es muy muy recomendable charlar a menudo con personas que saben de perros y que te descorren velos y te descubren formas y maneras de evitar conflictos sin generar otros, a saber: es mejor hacer cómplice a la tipica vecina plasta que quiere manosear a tu perro que lanzarle un ¡no toques a mi perro, pesada! 😉

Una vez me fui relajando de nuevo, digo, me encontré con el Chew de ayer, por ejemplo, que se mete en el epicentro de los famosos círculos parqueros de dueños de perros, y se deja manosear como si nunca antes le hubiese dado el más mínimo respeto un tipo de dos patas especialista en chistar y gritar NO. Estuvo allí metido como un reportero en la franja de Gaza, o un hobbit en pleno Mordor, viendo cómo un amo (y digo bien) hastiado de escuchar a su pobre yorkshire atado a un flexi bien juntito a la pierna, ladrar y ladrar más harto y desesperado que él, le sacudía un buen golpe en la cabeza con un periodico. Mientras otro dueño, con evidentes carencias parternales, sacudía a su yorkshire (sí, se forman cónclaves) sujeto por las axilas, y elevado en el aire, como si fuese un nene de dos años que (NO) quiere ser balanceado. Y seguía allí, mientras todos toqueteaban y elevaban a sus perros yo-yo…

Me asaltaron deseos de sacarle de allí inmediatamente, pero finalmente me contuve. No voy a olvidar su satisfacción, su curiosidad, su lenguaje corporal relajado pero alegre a la vez. Estaba feliz! Yo no me lo podía creer pero mi enano estaba feliz!

Hasta el culmen de ayer había podido vislumbrar otros indicios como que, si al cruzarnos con gente por la calle, en los primeros instantes le ignoran, él se relaja y permite una caricia posterior. Que sí, que quedamos en que sería mejor no darla, que no la ha pedido pero esa batalla yo la llevo fatal, me aumenta la tensión y él percibe en mi que no quiero que se acerque la gente, que son una amenaza, por lo que prefiero permitir alguna caricia robada que mis contraproducentes y agresivos avisos de que ¡nadie toque a mi ninioooooooooooooooooooo! me estaba volviendo reactiva!!! Si le ignoran más tiempo aún, incluso se acerca él a las personas a saludarlas!

Hay situaciones que todavía le bloquean, como quedarse estancado entre la persona que le da miedo y yo cuando va suelto por el campo; por eso estamos ensayando curvas que, cuando hay perros por medio borda, pero sin perros y con personas (como lleven gafas de sol aún peor) que caminan directamente hacia él, no sabe sacarse del sombrero y se paraliza.

Percibo cómo busca el bullicio, cómo se interesa por los grupos humanos y es ahí donde yo tengo que superarme y sentir la serenidad de que nada que no se resuelva va a suceder para poder decirme a mi misma: ¿SEGUIMOS? y ¡Seguimos!

Una mañana de primavera.

Te voy a contar lo que hemos hecho esta mañana, así no te aburro más de la cuenta cuando llames esta noche por teléfono.

 Nos hemos levantado tarde porque los perretes también han debido coger vacaciones… Así que, después de hablar contigo nos hemos ido al campo. Hacía fresco, ya conoces esa brisilla polar que te escarcha el cogote, pero como somos gente fuerte y nada nos asusta. Hemos entrado en línea recta, ya sabes, por la calle de “los regalitos olorosos”.

¿El terreno?, de esa consistencia blanda que no pringa, así que, perfecto. Hemos tomado la carretera y… ¡Me he puesto a correr! Los caracoles se reían de mí pero yo no he dejado de respirar hondo hasta que tres minutos después he pensado que ya era bastante por hoy… Lo sé, lo sé, no es mucho pero la cuesta es para expertos, yu nou. El resto me ha parecido una llanura, imagínate, llegar al pinar ha sido de principiantes: haciendo las paradas que Rita me exigía he llegado en buena forma. En vez de tirar hacia la derecha y perdernos por el sendero, he elegido la izquierda (¡cómo no!) con intención de regresar hasta la explanada grande que hay enfrente del Ars Natura pero, cuando hemos alcanzado el rocaje vivo, Rita ha subido sin dudarlo. La hemos seguido dispuestos a todo. Si ella puede ¡nosotros también! En ese momento un buitre ha emprendido el vuelo desde un árbol que nos daba sombra y Ché lo ha perseguido, bueno, perseguía su silueta (¡gigantesca!) en el suelo hasta que se ha desvanecido y desde el borde lo miraba alejarse…

Ya sabrás lo que he pensado yo:

¡El primer regalo! y hemos continuado subiendo. A las 11.30 estábamos en la carretera que lleva al monumento del Cerro del Socorro. Sonreíamos jadeantes los tres, olía a romero y a resina, el sol picaba un momento sí y el otro no tapado por las nubes, ¡seguimos! Nos hemos cruzado con un ser raro que andaba a cuatro patas, dos de ser humano y dos como bastones con picos en las puntas, ellos se han acercado entre curiosos y asustados pero cuando han visto que se parecía lo suficiente a un hombre y que olía igual, han perdido el interés repentinamente. Ya en el monumento, hemos vuelto a ver a los buitres alejarse de nosotros y nos hemos ido por el camino nuevo de piedra hacia el mirador que hay más abajo. Me he sentado un momento pero cogía frío (había sudado lo mio al subir) así que rodeamos como está mandado el Sagrado Corazón, damos buenos días a la maravillosa ciudad de Cuenca y a sus edificios más ilustres sin olvidarnos ¡estaría bueno! del Puente San Pablo y su río gorgoteante y hemos puesto pies en polvorosa porque el viento arreciaba y el hambre también. Según bajábamos por el caminillo de areniscas levantadas por las bicis de montaña me doy cuenta de que Ché no está con nosotras, no me extraña porque ha dedicado nuestra esforzada caminata a correr como un gamo de un lado para otro restregándonos su excelente forma física. Aunque aún le quedaba otro show que ofrecer: ¡irrumpe en escena un conejo marrón, enorme, con su cola emplumada, por delante de nuestras narices y a pocos centímetros de él, como una exhalación, perrete le persigue mientras lloriquea encorajinado porque no le atrapa! He llamado a Rita para que no les persiguiera e inmediatamente me ha venido una idea tremenda a la cabeza… ¡Este conejo revienta a mi perro! Así que, he respirado hondo porque, si de alguna manera había de llegar el fin de perrete, mejor persiguiendo a su instinto que incordiando lagartijas y hemos seguido la bajada estoicamente, Rita y yo.A penas unos interminables minutos después Che se reúne con nosotras asfixiado y dramáticamente preocupado por mi reacción. Sólo su presencia ya me confirma algunas cosas: que no se ha perdido, ni lesionado ni se ha convertido en un depredador así que, al ver cómo llega a mi altura y se echa en el suelo, le digo que me alegra verle agotado pero feliz y con su historial delictivo intacto y le hago ponerse en movimiento. Si has podido recorrer medio monte tras un conejo bien podrás llegar a casa y dormir las glorias de tu aventura allí. Tiene que pararse una vez más y sentarse en el sendero para recuperar el aliento, pero no me alarmo con su relativo cansancio porque, poco después, tiene tiempo de salir escopetado otra vez detrás de un halcón (hoy estaba toda la nobleza aérea por el cielo conquense). En cuestión de unos instantes, perrete recupera su compostura y vuelve a trotar como si nada. ¡Es un insulto a nuestros años, me dice Rita! Pero yo le digo que nosotras hemos quedado como unas reinas, siempre al mismo paso, sin descansar ni un momento, hemos tocado la cima y regresado sanas y salvas sin el orgullo herido del que sale dispuesto a todo y sólo se trae consigo el olor del culete de un conejo y el sonido de sus carcajadas rebotando en las cornisas de las hoces del Júcar…