Ella

(De 2005 a ¿2025? ¿ahora, ayer?, con amor)

La piel brillante de sudor. El pelo corto, casi rapado: los pies ágiles, silenciosos, acostumbrados a escabullirse. Ojos inmensos, alertas, inteligentes, siempre al acecho. Está escondida, siempre. Huye de ellos. Come raíces, frutos y hasta las sobras de lo que tiran domingueros y cazadores. Ya ha pasado algún invierno sola, conoce dónde cobijarse, y comparte lecho y calor con una poderosa compañera canina, que le entrega su afecto incondicional y su protección. Ella, le compensa con limpieza de parásitos y le enseña a esquivar parachoques, trampas y venenos, cartuchos y rifles traicioneros. De las piedras y patadas, ya se libra sola.

El verano también es duro: las víboras, garrapatas y mosquitos, disfrutan ahuyentando el sueño del bosque. Se oyen los trinos pero se echa en falta el agua limpia. La basura hiede, los cristales brillan y la herrumbre de latas y chatarras domina entre el pasto. Pide el fuego un rayo insistente al sol para arrasarlo todo con sus mil lenguas crepitantes. De entre los arbustos sale esta mujer pequeña, de músculos firmes y enjutas carnes. Parece un corzo. Parece un zorro, parece una perdiz, parece una encina. Huele a hinojo, a pino y a romero. Erguida, inhala el viento del norte, tampoco hoy lloverá.

No recuerda ni su nombre, porque no quiere, lo rechaza. Le duele el pecho cuando siente el aislamiento de lo primario, el frío de la guarida. A lo lejos, cree escuchar cómo su madre le llama con aquellos motes cariñosos, para que no remolonee más y ponga la mesa. Se quejan los dedos que no tocarán otros rostros, otras manos. Su corazón late fuerte, su espíritu vuela libre. Sólo tiene la soledad y la vida. Sólo le rodea el miedo y la vida. La certeza de morir y la intensidad de salir ilesa. Cuando piensa, los nombres y palabras se convierten en imágenes, olores y emociones. Cuando siente, se abre su alma y se funde con el entorno. Cada paso que da supone una elección con sentido. El sendero tomado lo decide ese fruto maduro o el murmullo chismoso del agua que fluye. Otras veces, un silbido lejano, un crujir de hojas secas, le obligan a elegir la espesura de sueltas garras y, con rasguños, marca la huida en su tez.

No hay mejor perfume que el que desprende la jara al calor de la siesta, ni sonido más alegre que la partitura de pájaros, ramas y brisa cuando juegan juntos.

No quiere recordar, no. Porque los libros desgarran memoria. Gritos, denuncias, sentencias y condenas avanzan devolviéndole, como postales odiosas, las épocas que ella trata de inhumar. No puede controlar la dictadura emocional si se dispara y rompe los diques que la contienen. Tantos ideales, tantos argumentos, tantas filosofías envejecieron, como un soplo de muerte aniquila un poblado. Resuenan, aunque no quiera, sus teclas pulsadas, cada letra, cada mensaje, cada idea. Recuerda la música, recuerda la cultura y la risa. La libertad y la lucha. Reconoce que siempre fueron escasas pero nunca tanto como antes de la huida.

¿Por qué pensar? ¡Duele! Vivir, esconderse, aceptar lo sobrevenido y seguir caminando. Alejarse siempre. Rodear, internarse, escapar. Nada hay más noble que dejarse matar a manos de la vida. Pero una conjura, no. Así no. Ella vio cómo la iban a destrozar, a amordazar, a reducir. Lo avisó, lo gritó al mundo. Sabía que sólo era un largo y siniestro comienzo, que lo peor estaba por llegar. Algunos la creyeron, pero el esfuerzo por acometer era ingente para tan poca energía, tan poca implicación.

Primero se agotó la cultura, aunque el respeto caía a la par y con igual displicencia; detrás fue la libertad, afónica y desarrapada. Sucumbieron todos, no soporta enumerar
tanto cadáver. La inocencia se perdió y la dignidad vendió su alma al mejor postor. El poder lo domina todo. Por eso, Ella, se despojó de sus ropas y antes de que otro galgo más
fuese ahorcado, huyó. Huyó. Huyó. La luna guió sus tropiezos, la arena cicatrizó sus heridas, el sol evaporó sus lágrimas. Ya sólo es ser. Ya sólo es vida y tensión. Ya solo es hembra. Ojos para vigilar, oídos para reaccionar, boca para comer, manos para sobrevivir, corazón para latir, aferrarse al ahora.

Cae la noche. Otoño alfombra la casa de todos. La humedad toca las pieles y obliga a esconderse. Ella, dormita acurrucada entre los arbustos. Su amiga no volverá. Hace tiempo que la traición le sacudió por la espalda. No sabe qué cuneta le arrulla pero intuye que otro ser humano duerme culpable el sueño de los “sinconciencia”. Aquel pelaje espeso, su aliento rotundo, su cabeza serena, su sonrisa abierta, su ladrido encendido, su murmullo encantado, su devenir honesto. Todo se lo ha llevado, qué perra vida, qué muerte negra.

Entre la maleza crujen los árboles, se quejan. Aves, conejos y zorros se escabullen o aplastan contra el terreno. El terror se extiende como la peste, arrastrándose. Un gas fatídico que te envuelve, te abraza, te sujeta falaz a la vida, te presenta a la muerte. Es el ser humano, dejando tras de sí su rastro de inmundicia, paseando el disfraz de guerrero y la boca borracha como chivato de prestos, qué pocos ignoran estas señales. Uno, tres, cinco, aparecen por todas partes. El bosque es un revuelo. El bosque es un susurro.
Todos quieren escapar, desintegrarse.

Menos ella.

Se queda. Enrollada sobre sus brazos, encogida sobre sus piernas. Los ojos inmensos abiertos, la piel brillante, sudorosa, el pelo encrespado como tomillo entre arañas. La luna canta a la aurora que no llegue. Pasos, ramas partidas, botellas restallando contra piedras, el alcohol empapa la ausencia de sonidos. Un tropiezo, un bulto se mueve, un salto de corzo, una piel de ave, un disparo que rompe la angustia. Alas, zarpas, roces, vuelos, carreras, y la pólvora extendiendo su denso manto. Silencio de nuevo. La noche
se lanza al suelo quebrantando pájaros, rapaces, conejos y muertos.

La pieza cobrada no pesa sesenta kilos, sus pechos aún calientes están bañados en grana. El valor y el alcohol, la pólvora y los cojones se evaporan a un tiempo, cuando el arma ya ha sonado.

Ella, Ella muere. Sabe que es así. Vida y muerte. Necesarias. Un día más, un regalo. Su cara impasible, su mirada serena, su boca una sonrisa, su rostro frío y su corazón, sosegados, ya.

Cinco mugrientos disfrazados de soldados, son ogros que quieren parecer corderos. No dan abasto a arrancar tierra de la tierra para dar sepultura como no hacen con aves, zorros, conejos, venados. Nada de cuerdas, nada de tumbas, nada de requiems, nada de esquelas. Lamuertelavidalafuerzalarabialaangustialaavaricia, la muerte. La Muerte.

El poder lo acalla todo.

En el bosque yace la pureza, la inocencia, la curiosidad, la libertad y la vida. La Vida. En el negro círculo vicioso, poder, ambición y muerte siguen jugando a la ruleta rusa.

La Parca se ríe. Siempre.

recorte para Ella

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OJALÁ

31 de mayo de 2017
Una gata ha aparecido muerta en el arcén de una carretera secundaria de Madrid.

Construimos lenguaje mentiroso. Ese lenguaje que estructura pensamiento hipócrita, insolidario, indiferente. Porque esa gata no ha sido hallada muerta, no ha aparecido muerta, a esa gata la han matado. Atropellada y abandonada a su suerte. ¿Que fue un accidente? No sabemos. ¿Que fue el matagatas? (sí, en todas partes están los matagatas. Lo mismo estás almorzando ahora al lado de uno). Nunca lo sabremos porque “así es la vida”. Ella “se lo buscó”.

Quiero consolarme pensando que murió en el acto. Que apenas sufrió. Y que, desde luego, vivió lo más libre que pudo. Ese es el sueño de muchas. Entre las que yo me incluyo. Lo que sí sabemos es que ahí se quedó. Se quedó por las mentiras mentales en las que nos gusta ahogarnos. Y es que “la vida es una jungla”, y estas cosas pasan porque “somos trogloditas”, “seguimos en Atapuerca”. Con un parche tras otro tapamos las ventanas cerebrales a la verdad y a lo que realmente nos incomoda. No queremos implicarnos.

Pero ¿qué Jungla?

Pero ¿quién se ha inventado esta historia?
¿Qué tipo de engendros prepotentes y zafios nos ha contado esta película?

Ojalá viviésemos como en Atapuerca, en la jungla, como salvajes. Porque lo que yo he cogido entre mis brazos y que “pesaba como un muerto”, no era esa gata libre que murió por nuestra indiferencia y por nuestras arquitecturas dialécticas embusteras, era la losa del Patriarcado que nos ha convertido en zombies, que no buscan carne fresca, buscan un sofá, el mando de la tele y una conciencia lo más muerta posible. Que no matada. Como la gata.

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