La Muerte se está tomando un carajillo

La Noche oscura con matices de estrellas se abre tímidamente a los violetas. Farolas que parpadean, todo-terrenos rugen suavemente acechando en las calles desiertas. La plaza alberga siluetas siniestras. Aúllan decenas de perros desde parcelas, desde jaulas con ruedas, desde la noche lejana.

Hoy comprendí por qué, él, sabe de sobra cuándo la Muerte se está tomando un carajillo. Mi hijo mayor, me lleva para que lo vea. Para que sepa por qué su hermano a veces ni intenta salir de casa.

Poco antes sonaba el despertador. Es horrible. Por más que busco la melodía de mis sueños, escucharlo tan temprano la convierte, invariablemente, en los famosos compases de Tiburón cuando acecha o en los de La Niña del exorcista. Odio madrugar. Lo hago sin rechistar, y con la sonrisa puesta, desde hace 3 perrxs y dos gatas. Pero lo odio.

Los domingos madrugo más que ningún otro día. Y no. No me preparo para ir a misa. Me levanto antes de que mi hijo -el mentalista- sepa que empieza el Terror, y se esconda durante horas. Anticipo la oportunidad de regalarle el derecho a hacer sus necesidades en paz. Qué límites tan miserables tiene la esclavitud.

En la plaza se reúnen los que van a matar. Con voces en sordina, guturales, como orcos, celebrando en las puertas de los bares, su inminente ataque. Motores al ralentí, rehalas ensardinadas aullando su estresado pavor. La Muerte se prepara.

Y es que, últimamente, todo va encajando en un rompecabezas aciago. Esta España escopetera no quiere (ni le dejan) salir de su agujero. ¿Cuánta gente armada en cada casa? Esa gente, ¿cambia disparos por diálogos? ¿cambiaría olés por holas? ¿cambiaría cadenas por puentes? ¿cruces por abrazos? Vamos como abducidxs en una danza macabra hasta el precipicio.

Paseo con la cabeza baja, volviéndome invisible, susurrando “malditos”, “malditos todos” porque me es imposible meterme en los zapatos de quien se levanta tan sediento de Muerte como de anís.

Y sí, necesitamos la fuerza de la Verdad, de la Bondad, del Optimismo, sin perder los pies del suelo pero rozando con los dedos la Utopía porque si no, no hará falta que nos asesinen la Libertad o la Esperanza, la estaremos amordazando y asfixiando nosotrxs mismxs.

Hay que caminar e ir cantando y levantando a quien se caiga, sin pensar quién es ni de dónde viene, sólo saber que vamos al mismo sitio.

Mis hijxs de otras especies viven en constante estado de esclavitud, jamás tuvieron ni tendrán más que un ficticio soplo de libertad, otros millones hay que no verán un nuevo día o lo verán desde ganchos de matadero o bajo manos despóticas. Aún en esas circunstancias, no hay una criatura esclava que no sonría y se abra a la esperanza si le dan la oportunidad.

RESILIENCIA, RESPETO, y por qué no, RISAS. Si no bailamos, si no reímos, no es mi revolución.

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No lo vais a conseguir

Tengo un rato y me siento a leer noticias y sucesos en las redes sociales. Y comparto añadiendo comentarios encendidos. Me doy cuenta. ¡Qué cabreada estoy! ¿Qué pasa? ¿Qué altera mi apolínea intención? (Yo de apolíneo no tengo ni el blanco de los ojos) Me quedo quieta. Observo a la cachorra loca que mordisquea inconsciente y confiada los cables de mi ordenador y lo sé, de repente, lo sé: Estoy cabreada con los machunitos. Porque desde por la mañana, cuando una se levanta siempre sonriente, agradecida y rodeada de gente feliz que disfruta del momento, si algún machirulo impotente asoma su jeta y despliega su impotencia hormonal contra lo que le teme, y pretende con ese gesto hacer añicos mi paz interior, lo que consigue es cabrearme. Y, no sabe lo que hace, porque yo, cabreada, gano mucho. Pero mucho mucho. Mi piel macilenta sube al rojo grana en los pómulos, mis ojitos chinescos lanzan llamaradas y mi pelo se encrespa cual crin de caballo desbocado. Molo muuuuucho más así. He debido estar unas horas así, encrespada. Concentrando cual ciclón mi potencia cabreosa. Hasta que reconcentrada y maldita, un concierto de gritos y lamentos, de alaridos más cabreados, infinitamente más cabreados y asustados que los míos, me saca de ese estado esencialmente explosivo. Y observo a mi amigo que también ha salido de su otro ensimismamiento, el de ser olfateante, entregado y curioso a eso que se llama vivir la vida, y se detiene a escuchar a sus hermanos en la distancia no lejana. Es una perrera. Lo llaman residencia, lo llamo guantánamo, el caso es que está lleno de gente de otra especie que grita desesperada. Más cabreada que yo. Y escuchamos con un respeto del todo inútil. Y veo cómo mi querido amigo, hermano de esa gente que sufre, continúa su camino, tal vez un poco más avejentado, un poco más dolido, pero sabio. Sabio en su saber no poder ayudar, salvo salvándome a mi como hizo. Para que esa irritante pulsión se concentre en que sus hermanos consigan dejar de gritar. Vuelve a su trote, vuelve a sus rastros y búsquedas, vuelve a su vivir la vida. Tan digno, tan importante. Y yo, dejo de cabrearme. Porque lo que tiene aprehender lecciones así, es que te quita el cabreo y te sientes más fuerte que cualquier machunito idiota que rompe esa burbuja de paz en la que te crees que vives.

Sí, machunitos del mundo,  ya podéis soltar vuestras impotencias hormonales, que NO LO VAIS A CONSEGUIR. Seguiremos bailando y riendo sobre vuestras tumbas vitales, seguiremos defendiendo a las mujeres a las que jodéis la vida y a lxs animales a los que mancháis con vuestra insuficiencia. Estáis extinguidos. Sólo falta que lo anuncie una de esas revistas absurdas que van con años de retraso sorprendiéndose porque los animales tienen sentimientos o porque tal vez, hasta sean más inteligentes y buenas personas que nosotrxs.

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“Absurdeces que le dicen a una compañera de perrxs” -namber uan-

Ayer hacía calor. La temporada garrulera (fiestas de torturar y de hacer ruidos tipo guerra) está en lo más álgido. Hubo petardos toda la tarde, así que, cuando quise salir a dar una vuelta con mis nenes (por separado porque como individuos que son tienen intereses y aficiones muy dispares y requieren sus propios momentos íntimos) (bastante es que tienen que ir siempre con la plasta de la humana), cuando quisimos salir mi enano y yo debía ser más allá de la media noche. 
El muchacho no iba muy convencido. Inseguro, imaginando esa traca traicionera que rompe el silencio nocturno y el espíritu de cualquier ser medianamente equilibrado. Así que, al mirarme como suele hacer, le animé. Venga, enanito, subamos donde los columpios que te mola el sitio. Y aceptó. Y allí vimos a una mamá con su bebé jugando en la arena. Mi chico me miró y le dije, observa lo que quieras, están sueltos, pero no parecen peligrosos…
Pero lo eran. El bebé nos vió y balbuceando como un zombie sin problemas de riego sanguíneo se puso en pié y tambaleantemente decidido quiso acercarse. Pusimos pies en polvorosa el tiempo justo y protocolario de comprobar que el niño tenía intenciones toconas y gritonas. La mamá fue un encanto así que enano y yo también fuimos correctos pero nos largamos echando hostias de allí. No vaya a ser que el niño se crea que ese peludo reguapo es “montable”.
Llegamos a casa y me dice, idos tranquilos el chache y tú, que yo me quedo aquí mascando una zanahoria fresquita. Ya sabes que a mi el verano me gusta cuando va a empezar y cuando se acaba…
Así que nos largamos el señor mayor y yo. Qué distintos son. A Che, se la suda casi todo, con perdón. Así que de papelera en cubo de basura y de casa de gatos okupada a farola, recorremos todo el pueblo en silencio. Hasta que nos damos con la señora y su hijo. Esta vez ya encajado en su cochecito y dando las mismas vueltas que nosotrxs por las calles desiertas. El niño-zombie balbucea igual y mi amigo se acerca amistoso. Se huelen, se tocan, la mamá le saca del coche para que pueda incordiar un poco más, ya comprobado que mi amigo canino de más de 40 kilos de peso, meano, bragado y sin cuernos, es absolutamente amistoso y paternal. Y me mira la mamá toda asombrada y me suelta, así, tan fresca:
-Pero, éste es otro, ¿no?
-Sí, es otro. Los saco por separado.
-¡Pues vaya paliza!
Ojiplática me quedo. Porque le parece estar el mismo tiempo que yo, en los mismos sitios que yo, a las mismas horas que yo, una paliza. Cuando yo no tengo que llevar a nadie en brazos, ni sujetarlo para que no caiga o empujar de un carrito a un niño-zombie balbuciente para conseguir dormirle de una puñetera vez. Conste que el “puñetera” no es mío, es suyo.
Yo, si ganase un concurso de esos de belleza descomunal, como deseo final le pediría al mundo EMPATÍA. En serio, unas gotitas “nomás”. Porque, en serio, gente, somos iguales, incluso me atrevo a decir, que lxs demás, son más “iguales” que nosotrxs.

AVATMA responde al Presidente del Colegio de Veterinarios de Girona

Las declaraciones en una entrevista que no pensaba ni recordar siquiera por lo nefasta y obsoleta además de machista, patriarcal y retrógrada que ha resultado, han derivado en una respuesta tan certera que sí merece su difusión. Y aquí os la traigo:

Origen: AVATMA responde al Presidente del Colegio de Veterinarios de Girona

Peludencias de fin de semana.

Empezamos el día con una estampa algo gore, muy apropiada para las fechas: Chewbacca encontraba un cadáver bastante reciente de un pobre conejo. Como sabe que es lo más cerca que va a estar de cazar uno, pues no duda en cortar su incipiente paseo y ponerse en marcha de regreso a casa (con el difunto en la boca). Ya en el jardín, algo confuso, se tumba a su lado, no sé si esperando un milagro o qué. Se lo he cambiado por un desayuno algo más elaborado y fresco.

Siguiente paseo: recreación sin trucos de un episodio de El Hombre y la Tierra, en este caso, la Mujer y el Perro yayo persiguiendo sin tregua a dos conejos muy listos. Sólo faltaba la música de aquella mítica serie. Che no ha conseguido nada más que dos buenas carreras y una enorme frustración en medio de un frenesí molón, pero yo estaba situada en un lugar privilegiado y hubiera comido bien a gusto unas palomitas, mientras me divertía con la destreza desarrollada por los veloces herbívoros, que, por turnos, han alardeado de pensamiento lateral, delantero y trasero, vamos, esquivando al pobre yayo canino.

Y sí, yo estaba de parte de los conejos.

Por la noche, mi enano y yo hemos tenido una breve conversación tras cruzarnos con los nuevos vecinos: una pareja humana con un perro grande que, nada más vernos, se ha lanzado enloquecido a atacarnos. Menos mal que iba atado… “con collar de pinchos” y correa corta. Chew me ha mirado con una expresión que me ha hecho responderle:

– Tienes razón, tus congéneres están bien jodidos por culpa de los míos. Y hemos seguido paseando, pensativos… unos minutos, lo justo para distraernos con el rastro de los gatos del barrio.

Respuesta a las críticas sobre su libro de “Santi” Vidal

(1) Santi Jaime Vidal Guzman.

“Sobre perros que dejaron de morder, cuando las personas empezaron a escucharles”
Hola a todos. Agradeceros la espectacular acogida del libro, pasaron dos días desde el lanzamiento y ya casi se han pedido la mitad de la edición.
Es emocionante ver los mails de agradecimiento por el mensaje que conlleva el texto y por lo que puede representar para la vida de muchos perros en los próximos años.
También agradecer alguna de las críticas constructivas para el libro, nos han escrito haciéndonos saber que hay un 0,04 por ciento en el total del texto de errores en forma de falta de ortografía o construcción semántica (en concreto 9 palabras). Pedir disculpas, soy directamente responsable, ya que metí mucha prisa a las personas que lo corrigieron (por cierto, escribo mal, imaginaros el texto antes de ser corregido) así como a las personas que lo leyeron antes de la edición porque tuve la ilusión de hacer coincidir la presentación con mi cumpleaños. Ya avisé, lo cual no me hace esquivar mi culpa, al principio del libro “Estimado lector, no esperes un gran libro. No soy filólogo ni escritor, pese a mis publicaciones en forma de libro anteriores…” . Eximo de cualquier culpa a todas estas personas, incluida la editorial. Lo dicho, pedir disculpas y agradecer las críticas para mejorar este sueño de que un día los perros dejen de morder a las personas. Tomamos nota y en la próxima edición, estos 9 errores serán corregidos.
Por último, los que vertáis criticas destructivas, porque el mensaje no lo compartís, por celos profesionales o por antipatía a la claridad, sinceridad o felicidad personal del autor, hijos míos, estáis en todo vuestro legítimo derecho. Disfrutar de este momento de rabia por el éxito ajeno o por el triunfo de una filosofía. Gracias a los constructivos y a los destructivos. A unos por apoyarme y darme fuerzas. A los otros también, por obligarme a esforzarme e intentar hacerles llegar mi mensaje de una forma más eficaz.
Un abrazo a todos. Soy muy feliz.

¿Lo hace por mi?

¡Hoy no puedo sentirme más feliz! Salir con Che de paseo desde hace muchas semanas es toda una aventura, pero en cuestión de días, se ha convertido en la asistencia al máster más avanzado en estabilidad y relaciones sociales. En el mes en que Che vio el mundo por primera vez, siete años después, no dejo de confirmar su capacidad de progresar si le ofreces -o la vida te ofrece- las circunstancias y la confianza que se merece.

Allá voy con el relato de lo que nos ha sucedido esta misma mañana:

Salimos a la calle, umbral de los soportales, como siempre con sus premios esparcidos por el suelo, tratando de comenzar el paseo ya pensando en caminar sin prisas y activando el órgano sensorial que más le relaja: su narizota. Lleva un tiempo que quiere cotillear, cada vez más detenidamente, el parque más cercano a mi portal y si se tercia, también los otros parques. Como tan acertadamente apuntó EL ADIESTRADOR, son sus redes sociales, su facebook canino. Por allí también esparzo premios porque durante un tiempo se ha (nos hemos) sentido abrumado(s) en estos espacios en los que puede aparecer cualquier combinación persona/perro + evento (estresante o no) que afrontar. Y, como ya es costumbre en nuestro quehacer diario… seguimos hacia el campo, a una explanada que para ser castellano manchega, va tan coqueta de verde y rocío que ni que fuese asturiana. Olisqueo y avistamiento de perros a distancias medias. Che no despega su trufa del suelo, da la sensación de que el mundo más allá de nosotros dos no importa. No sé si eso es cierto o no pero la sensación moooola.

Seguimos caminando para darle espacio a un primo suyo (un podenco cuyo dueño no le deja respirar) y nos topamos a unos 20 metros con una de estas peculiares parejas que antes mencionaba: señora de unos sesenta años a quien le regalan un cruce enorme de mastín que no puede controlar o eso dice ella porque el tipo es, aparentemente, de lo más tranquilo. Ella tiene tanto miedo como tamaño el perro y poco a poco le debe haber ido contagiando al pobre can porque jamás le suelta. Le lleva con collar de pinchos “porque no se hace con él” y, hoy en concreto, se está dedicando a recoger “collejas” por el campo, agachada cual gazapo, con la correa de medio metro y el animal pegado a sus piernas sin apenas libertad de movimiento. Ese bulto en la distancia atrae la atención de Che que se pone un tanto rígido, digamos, sorprendido, y antes de verle salir zumbando y ladrando a ver qué narices es ese “grupo arquitectónico” rural, le ato tranquilamente con su correa de 5 metros y respiramos aliviados. ¿Seguimos? ¡Pues claro! seguimos tan panchos de camino hacia casa, hora de su segundo desayuno (es decir, MI desayuno).

Al salir del descampado a la acera, veo que de frente sube una mujer con un carrito de bebé y el típico pastor alemán gigante, super-adiestrado, evidentemente suelto. (La memoria le mete un zurriagazo a la (MI) amígdala)

Me quedan tres bolas de premios.

Banda Sonora de la peli “Tiburón”

Correa floja.

Mis piernas, también.

Che le mira, parpadea y se sube lentamente por el terraplén, dejando tooooda la entrada al otro perro que se acerca.

Che dobla la esquina subido al terraplén y se pone a comer hierba tan tranquilo mientras lo va bajando despacio.

No se me ocurre rezar nada pero imagino que la mujer se llevará a su clon de REX en el sentido opuesto al nuestro a la orden de ¡Jarrrr!

De eso nada. La tipa señora, en vez de irse hacia e lado contrario llama a su perro y comienza a seguirnos.

Banda Sonora de la peli “Tiburón”  (sí, otra vez y subiendo de volumen)

No pasa nada, poseo mil recursos: cruzaremos despacio a la acera de enfrente.

Y un carajo: enfrente pasan dos viejitos de unos seiscientos años cada uno con su perrita -que en realidad es el DEMONIO DE TASMANIA-, lo juro, con otros mil quinientos años encima pero que pasa de 0 a 100 en milésimas de segundo y MUERDE, muerde que te cagas cruje, por lo que me digo, tu quieta, lo que te vaya diciendo el comandante, y Che mudo, no me dice nada. Come hierba y mira al grupo perro+ carrito+ señora y vuelta a pastar.

El momento “llegada” es inminente. Sólo se que si a Che parece no importarle, a mi debe PARECER que no me importa.

Banda Sonora de la peli “Tiburón”  (sí, sí, tripitimos, volumen atronador)

La señora nos alcanza en una de las aceras más estrechas de mi barrio -mira que es raro-, hace muy bien en aflojar correa (de un metro pero bueno) y no decir ni mu.

Me sonríe.

Yo también. (Maldita)

Se huelen y saludan perfectamente. Los perros, no la señora.

Siguen su camino como si nada. (Cabrones, acabaréis conmigo)

Me caen dos o tres años más y una gota de sudor por la sien izquierda.

Yo sé que Che se ha comido mi miedo y el otro perro también. Han pasado por encima de él como si fuese un rodillo de amasar.

Respiro hondo, le doy las chuches que me quedan y le digo eres un maestro, yo ya no tengo nada que enseñarte. No sé si alguna vez lo tuve…

Y como suele pasar en estos casos… después… SEGUIMOS!!!!

He de puntualizar que ha habido un momento mágico en que Che me ha mirado y he creído en él, he dejado de dudar y he apostado por su apuesta, la de quedarnos. Porque lo he visto en su caminar de vaca,  en su forma de controlar las distancias con el que se acercaba, su lenguaje corporal. He visto calma, una calma total, confianza plena en lo que fuese que iba a suceder. Ningún signo de alarma o inseguridad por su parte. He visto lo que no recuerdo haber visto nunca. Y eso no se borrará jamás.

Ha resultado una experiencia increíble, desde luego para mi. Necesitaba verle en una situación no provocada, no artificial en la que él me demostrase algo que me estaba planteando desde hace algún tiempo: si no estaba haciendo que esquivase a demasiados perros, que tal vez le estaba aislando del mundo “normal”… y hoy ha salido natural, nos ha salido sin querer y así es como debe ser.
Si me dicen antes de ayer que Che se iba a cruzar con un impresionante perro (macho adulto y no castrado de raza pastor alemán con los que ha sufrido siempre altercados imprevistos) y no iba a pasar nada, NO ME LO CREO y debo volver a reflexionar:

¿Somos nosotrxs, de alguna manera, a través de nuestros miedos e inseguridades, quienes ponemos los límites a sus recuperaciones?

Lo que toca ahora es tranquilizar a mis maestros y compañerxs más veteranxs: por supuesto que no me voy a jugar el tipo y la progresión de Che en una ruleta rusa. Seguiremos con nuestras pautas y las circunstancias nos irán dictando. Eso no impide que algo tan necesario como MI confianza haya aumentado mil enteros. Ofrece un margen que parece ridículo pero no lo es, apenas unos segundos más, antes de que YO entre en pánico o roce la inseguridad y evite valorar más de cerca cómo está la situación confiando más en cómo gestionará Che dicha situación, porque ya habré experimentado que Che sabe y muestra con mil señales bien claras cómo se siente y si necesita o no ayuda. No olvidando además que Che me responde al milímetro, si le pido que nos vayamos…

Y aquí, una vez más… vuelvo a preguntarme:

¿CADA VEZ QUE NOS VAMOS DE UNA SITUACIÓN SIMILAR LO HACE POR MI O POR ÉL?

Le amo!!!!!

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No me lo puedo creer

ACTUALIZACIÓN, Domingo 12 de enero de 2014, 22.22 horas
Hemos probado el sábado y hoy a acercarnos a la furgoneta con Chewbacca y ha sido todo un éxito. Parece que el encontronazo con el vecino no le hizo relacionar negativamente el susto con la furgoneta. Se ha sentado en todos los asientos, ha entrado en la parte trasera y se ha sentado, ha cogido comida e incluso no quería salir.

Respiramos y ¡seguimos!

Os cuento estas cosas para que aprendamos juntos, para que me digáis que hago bien o mal (si os apetece) o me echéis la bronca como hace mi amigo Eme con toda la razón del mundo.

Os quiero, gente positiva!  + ❤ +

11.30 horas

Ya os he ido contando cómo Chewbacca supera sus miedos poco a poco. Miedos normales por su corta edad, miedos por su nefasto periodo de impronta, miedos por sus problemas de salud en sus primeras semanas de vida, miedos por las manipulaciones para curarle heridas que no debieron existir, miedos por malos consejos “educativos”… Total, que se acerca al año y medio de vida y con toda la paciencia y alegría del mundo por mi parte y generoso esfuerzo y curiosidad por la suya parecía que el mundo se iba a rendir a nuestros pies.

Las navidades no han sido buenas fechas para él (ejem…), y en este punto hablaré del esfuerzo inmenso y constante de auto-control que hay que hacer para superar entornos no deseados (es decir, la vida real): paseantes con hembras en celo sueltas, dueños de perro maltratadores que obligan a sus pobres mascotas (en ese binomio no existe la amistad) a caminar a tirones, con dolor y ladrándole a todo lo que pasa, tal vez, pidiendo ayuda y comprensión…  En ese ambiente, Chewbacca está aprendiendo que relacionarse no es tan fácil como hace unos meses. Ya no todos los animales con los que se cruza le ven cachorro y están comenzando a sentir miedo o rechazo hacia él. A pesar de que es un experto en relaciones públicas perrunas, se sigue sorprendiendo de que exista gente de su especie que haya olvidado hasta tal punto su propio idioma, que no le entiendan y le teman y le ladren. Está habituándose a apartarse de animales aterrorizados pero aún busca casi cualquier tipo de perfil de perro, aunque sean los típicos perros estresaditos que no paran de montarle y pisotearle sin control alguno en sus locos juegos (ahí es donde entraría mi auto-control para ejercer de referente digna de su esfuerzo…).

En navidades la gente se vuelve loca, sale de compras sin parar, pretende ser feliz a toda costa y busca -a su manera-, más ratos para estar en la calle con sus hijos y con sus mascotas. Y te los cruzas todo el tiempo… Chew desconfía de la gente que no va acompañada de perros. Y si se dirigen directamente hacia a él, aún más. Sin embargo, según pasan los meses, a pesar de que la castración, en su caso, no ha sido beneficiosa en lo tocante a los miedos, y por lo tanto no vienen en su ayuda torrentes de testosterona para sacar pecho, sí le socorren la experiencia acumulada y su cachaza a la hora de tomarse la vida, así que el mozo estaba superando muy bien el frenesí navideño (mira que Cuenca, por mucho que se empeñe, no llega a ser caótica como las grandes ciudades y además BENDITA SEA QUIEN TENGA QUE SERLO, está CASI libre de estruendos petardísticos, lo cual es digno de mencionar y de elogiar sin descanso).

Tampoco puedo olvidarme de la meteorología, enfadada como nunca, con vientos que han arrancado árboles de cuajo y tormentas que fingían ser diluvios. En semejante escenario, Chewbacca se estaba portando como un auténtico jovencito. Cada día, por propia decisión, tomábamos caminos más “humanos” y menos “perrunos”, lo que se traduce en más aceras y menos parques, más distancia desde lugares conocidos y seguros, más aventuras.

Pero las navidades traen los deseos de verte de familiares y amigos. Como llevamos muchos meses sin viajar porque Chewbacca se siente muy mal cuando pasan cerca de él motos, coches, furgonetas (como para torturarlo metiéndole por la fuerza dentro de uno de ellos y menos durante horas), pues la familia decide venir a verte. Es una fantástica decisión, salvo por la parte en la que tu sabes que será un esfuerzo demasiado grande para el cachorro. Por más que adviertes a familiares queridos que tienes un perro con algunos problemas, o no le dan importancia o no se imaginan que son tan serios como luego son. Chewbacca, a pesar de que tratamos de hacer las presentaciones (precipitadas y artificiales pero inevitables), lo más calmadamente posible, recibe a la familia asustado y reactivo. Ladra sin parar en la calle, en casa, en cuanto se mueven… lo siento mucho por la familia, pero, por supuesto, también por él. Porque él es quien no entiende nada, y lo que percibe, es intimidatorio por más que se intente lo contrario. Su casa, su refugio, el lugar donde se siente muy poderoso y protegido, ya no es un lugar seguro. Lo bueno que tienen estas puñeteras fiestas es que también rula la comida sin parar. Y eso que somos atexs y republicanxs y no celebramos convencionalmente las fechas y mucho menos poniendo bebés de otras especies encima de nuestras mesas, pero sí aparecen en el menú olores y sabores poco frecuentes que estimulan más las ganas de echarse amigos que de asustarse y apartarse de la fiesta.

Mi familia ha sido un encanto, llena de ganas de vernos y querernos y muy receptiva en cuanto a cómo comportarse ante un perro asustado que les ladra en la cara sin mesura. Así que, a pesar de los aspavientos del pobre enano asustado, le esquivan y tratan de no intimidarle con sus comportamientos, con tanto interés, que logran que Chewbacca vuelva a esforzarse una y otra vez para superar su desconfianza.

En ese punto tengo que darle un Óscar de cariño a mi hermana, que a pesar de sentir mucho miedo por los perros desde pequeña, supera constantemente sus emociones hasta ganarse algún que otro lametazo del pequeñajo, como agradecimiento ante tanta confusión por ambas partes. A mi me parecían dos extraterrestres de planetas diferentes, dándose miedo mutuamente pero tratando de apaciguarse y comunicarse con tantas ganas como torpeza, para no llegar a ningún conflicto.

Estoy segura de que mi familia no se esperaba el recibimiento de Chewbacca. En su mundo, un perro que ladra es un perro “agresivo”, que puede atacar. Espero haberles sabido transmitir la realidad: una criatura asustada, no acostumbrada a que nadie entre en su casa, a quien asustan los abrazos o caricias que sus hermanos están tan acostumbrados a recibir, aunque no las pidan. Cuando se marcharon, nadie había conquistado a nadie. La desconfianza y el miedo seguían estando, demasiado precipitado todo. ¿Qué iba a pasar ahora?

A veces, situaciones “de choque” provocan que la gente se crezca y si no hay un trasfondo de maldad en ellas, si no todo lo contrario, tras de la experiencia viene el agotamiento, luego la asimilación y luego la calma. Chewbacca no está habituado a las visitas, pero creo que sí supo entender que aunque no se sentía cómodo podía expresarse libremente en todas las situaciones y nadie le recriminaba su comportamiento. Fue algo así como el adolescente huraño que se porta “raro” ante la familia que viene a verle, pero a quien todo el mundo medio ignora medio comprende por la locura de etapa que está teniendo que vivir.

Chewbacca pasó después varios días sumido en picos de estrés: ahora monto un cojín, ahora destrozo una almohada, ahora persigo a la gata o incordio a mi hermano Che… le dimos mil cosas para romper, sí, de esas que la gente no da porque son COSAS, pues nosotros se las dimos, rompe todo lo que quieras, haz cachitos las bolsas de la compra, las cajas de zapatos, la propaganda de la calle, rompe lo que quieras, desahógate, muerde esto y aquello, nadie te preguntó si querías vivir esta experiencia y te ha superado con creces, así que, desahógate, no pasa nada. Esta vuelve a ser tu casa-fortín. Aquí vuelves a estar seguro. Y la cosa no fue a mayores. Claro que no sabemos qué pasará si vuelve a visitarnos alguien. Seguramente no se sienta cómodo nunca, porque no podemos forzar circunstancias que no van a surgir a menudo y de manera natural, pero ya tendrá la experiencia asimilada. Ya sabrá que las visitas te trastocan un poco la rutina pero vienen cargadas de buenas intenciones y ricos manjares.

Y así iban pasando las fechas nefastas. Persianas bajadas, televisión más alta, comida rica por todas partes. Paseo nocturno poco antes de las uvas para pillar a toda Cuenca cenando y quietecita. Por cierto. qué maravilla pasear con tus colegas peludos el 24 y el 31 por la noche, mientras la humanidad que puede, cena a dos carrillos. Dos petardos la noche del 31, amago de esconderse en un rincón de la casa y se acabó la vaina.

Mientras tanto, Che también sufre las consecuencias de tanto estrés. Tiene dos episodios anecdóticos de mandar a tomar por culo al típico dúo sacapuntas: dueño chistaperro-perro jodido por collar de púas. ¡A tomar por culo, mama, tu tranquila! Y luego me mira y yo le digo siempre: pero qué razón tienes, hijo, y le doy un premio, claro, porque Che es como yo, de pasar las penas picoteando. Así estamos, llenitos de curvas, pero la mar de interesantes. Pero es que Che es una joya. Una auténtica joya. Maravilloso con poquito que lo entiendas y atiendas. Le pides que te mire, que se centre en ti y de repente, le ves emerger, pedirte juego como un cachorro y brillar hasta en la oscuridad. ¿Os he dicho alguna vez que le amo?

Rita es una abuela increíble. Ha sido la única que ha disfrutado de verdad de estas fechas. No sé si mi padre va a tener razón y resulta que Rita es más persona que perro, porque eso de que las aceras se llenen de gente a quien poder saludar, que vengan sus abuelxs y sus tíxs a casa, que le den de comer esas cosas que luego le pasarán factura pero que como las comen todos ella también quiere probarlas, que por las mañanas, las tardes y las noches la casa resuene a bullicio y cachondeo… en esas, Rita es feliz. Ha paseado arreando a la familia, rodeándola como Lassie para asegurarse de que viene toda junta por la calle, ha dado brincos de cabra loca para demostrar que sigue estando en forma y luego se ha pasado una semana durmiendo para recuperarse de tanta juerga.

Y Maggie???? Maggie La Gata, majestuosa e inteligente, esta gata sí que va a dominar el mundo. Maggie se pasó 24 horas estudiando “al enemigo” y después se colocó estratégicamente a comer gambas de la mano de la tía y de la abuela sentada entre ellas en el comedor. A Maggie me gustaría regalarle un mundo exterior seguro para que lo explorase a gusto. Mientras tanto, ella nos guía a todxs.

Volvemos al enano, volvemos al pequeñajo de un año y cuatro meses a quien veo madurar cada día y no exagero. Un crío que tenía miedo de nosotrxs, de cualquier desconocido, del viento que soplaba, de una bolsa crujiendo desde un árbol… cuando se hacen las nueve de la noche, le pones su arnés, baja a la calle sentadito en el ascensor porque le quedan marcas de unas viejas sensaciones feas y oscuras, le ves corretear feliz hacia la calle, descartar el paseo seguro y jugar con amigos en el parque por curiosear entre calles desconocidas, con pocas luces, llenas de coches, atado, sin poder dirigirse con total libertad hacia donde él quiera pero avanzando, siempre en busca de olores y situaciones nuevas. Cada día un poco más lejos, cada día más tranquilo, sin correr, sin tirar, incluso pasando de perretes, discriminando ya los que conoce y no le gustan o le han rechazado otras veces o mejor aún, incluso dejando atrás amiguetes de juegos, porque ya se va haciendo mayor… Y para colmo, cuando regresa, en varias ocasiones esta misma semana, le ves pararse delante de nuestra furgoneta, buscar sus puertas, mirarme, subirse de patas en el capó!!!! Me estaba pidiendo montarse en ella! Ese bicho que le da miedo, que suena a chasquido del demonio y que huele raro le vuelve a llamar la atención. Tal vez se siente preparado para volver a intentar entrar en él.

La última vez que subió le llevamos junto con Che al río. Un trayecto muy corto y una mañana deliciosa. Conoció las aguas dulces, sinuosas de un río vivo y limpio como pocas veces. Despertó sus artes natatorias y sus mañas de pescador de piedras. Jugó hasta caer exhausto. Sí, tal vez demasiado pero qué narices nunca le había visto disfrutar tanto. Ese fue su recuerdo más feliz de la furgoneta.

Y resulta que lleva dos días que parece que la echa de menos… ¡está bien, pequeñajo! Mami se pone manos a la obra. Mañana mismo probamos. Unas chuches ricas y unos pocos minutos dentro, si quieres, claro. Tu me dices. Si te subes, ok! Si no, pues nada, sólo escuchar cómo se abre la puerta y nos vamos. Dicho y hecho. Esta mañana salimos, hace sus necesidades, está tranquilo. Le pido que me siga, en seguida se da cuenta que vamos hacia la furgo, ¡se pone contento!. Abro la puerta. No se asusta. Le pongo dentro chuches ricas y sin pensarlo dos veces, salta dentro. Y se queda. Saco la caja de los quesitos (se vende caro mi colega, las salchichas… como que “buah”) y le preparo un juguete. No llega a tumbarse pero si comienza a rechupetearlo. Desconfía un poco, cree que le voy a encerrar. Me siento en el suelo de la furgo, con la puerta abierta del todo. Vuelve a por su chuche. De repente, por detrás, aparece un tipo alto que nos mira fijamente. Chewbacca arranca a ladrar con fuerza. NO ME LO PUEDO CREER. El tipo aguanta unos segundos interminables y por fin se da la vuelta. Arranca el coche justo de al lado y dejando la puerta abierta se va hacia el otro lado del coche. Abre la puerta del otro lado y cruza la calle. Empieza a sacar cosas de otro coche y a meterlas en el suyo. Consigo distraer unas décimas de segundo a Chew, parece que se va a calmar y a volver a sus chuches cuando el tipo vuelve otra vez y se nos queda justo delante, de pie, viene con una mujer. Chew empieza a ladrar y a temblar. NO ME LO PUEDO CREER.

Sí. Esa estúpida soy yo. La que no deja de pensar, NO ME LO PUEDO CREER. Se que no puedo salir inmediatamente porque el tipo nos tiene bloqueados con su puerta y en la parte de atrás están él y la mujer cargando cosas. Sé que ellos no tienen la culpa. Se que es una maldita casualidad. ¡PERO ME BLOQUEO! Pienso en el miedo de Chew, en que no sé cómo reaccionar, en que ya está, ya se acabó la furgoneta, ya no podré ir con él al seminario de Jugar con Perros. Sí, pienso en eso, os lo juro… No sé cuánto tiempo pasa, minutos, segundos, no lo sé. En cuanto nos deja el camino libre le saco pitando y le subo a casa. Valoro unos instantes seguir paseando pero estoy muy nerviosa y en el parque hay una de esas parejas de persona/perro que conseguirán que Chewbacca se ralle del todo. Elijo “casa”.

La furgoneta nos supera. Mientas Che monta en ella y sólo de saberse a tu lado y en marcha es feliz o Rita se queda tan tranquila dentro como si estuviese en el sofá de casa, el pequeño escucha el sonido de la puerta y ya recula. La dejamos aparcada y ajena a él. Esta batalla esta perdida.

Me entran ganas de llorar. Por idiota e incapaz. En vez de eso, me pongo a escribir. Escucho a mi querido Comandante jugar con Chewbacca en el salón. Las chicas están conmigo en la habitación.

NO ME PUEDO CREER QUE SEA TAN ESTÚPIDA. Que cuando las cosas se ponen feas yo sienta más miedo que él. Pero ¿miedo a qué? Ni siquiera lo sé. Miedo a su miedo.

Bajo el manto de la normalidad

Después de los seminarios de Estrés y Miedo de Masqueguau, comprobé que el trabajo realizado con Chewbacca estaba dando sus frutos pero que el verdadero reto se hallaba en Rita y Che.

Rita ha sido una perra muy querida y tan buena, que ha soportado estoicamente el común de los errores con los perros: relaciones invasivas, manipulaciones en exceso y una absoluta ignorancia sobre la verdadera causa de sus alergias alimenticias, problemas de piel, diarreas, pérdida de pelo y otros problemas en grados más bajos: egocentrismo, estereotipias… (estrés). Una bóxer alegre, juguetona, sumamente dócil (y enfermiza) pasa por una criatura normal a ojos de la mayoría. No es una víctima del maltrato tal y como lo conocemos, si no de ¡no comprenderla en absoluto! Lo que nos lleva a una vía unidireccional de comunicación: ella entendía todo nuestro haber y nosotros engrosábamos en el debe toda su idiosincrasia, ¿qué tenemos? una viejita frustrada y cansada.

Con el cambio de nuestra conducta, Rita ha rejuvenecido, nos mira sorprendida: ¡pero si por fin hablan mi idioma! Su estómago se ha regulado, así como sus intolerancias y sus picores. Seguimos esforzándonos para que recupere también su autoestima y su equilibrio por medio del respeto a su edad y salpicando con un poquito de pimienta su vida, que antes, por sobre-protección, no le concedíamos. También le animamos a ser más independiente, con cabeza, porque son 12 años de vigilar hasta si pestañeaba, y porque a la vejez le gusta la calma, no la soledad.  A Rita, años y  achaques no le impiden una rutina de paseos, cuando el sol calienta, y pequeñas búsquedas de premios por el césped. Tanto le gusta y estimula su cerebro que ya me ha entrenado para bajar a la misma hora (sobre las 12.30 de la mañana) a buscar sus premios por el jardín. Me he dado cuenta de que tiene un olfato excelente y de que es minuciosa en sus búsquedas. Para una abuela que ya no quiere jaleos con perros y que suele ahuyentarlos con sus ladridos, este tipo de ejercicio de olisqueo la relaja y absorbe tanto, que está progresando muy rápidamente en la aceptación de entornos y distancias que antes le hacían activarse en cuestión de segundos. Vamos, que ya puede pasar un perrete por la acera porque mientras ella se concentra en buscar, no inventa amenazas, gestiona sus miedos o incluso ya ni los percibe como tales. Le sigue encantando la gente, es una bóxer, no vayamos a convertirla en un florero, pero buscamos que se sienta tranquila, que no necesite la aceptación de cada ser humano con el que se cruza, sobre todo, con Pa y Ma 😉

Che, como ya sabéis quienes seguís sus pasos y mis notas, es un perro excelente para el trato que ha sufrido desde cachorro, que no por tratarse de lo que le sucede a la especie canina desde hace varios años, deja de ser lamentable. A Che lo “educamos” siguiendo métodos más televisivos que terapéuticos y, según nuestra experiencia, para nada eficaces. A Che le preocupa(ba) bastante cualquier ruido, sobre todo cuando está dentro de casa: es lógico porque tiene unos canales auditivos -literalmente- IMPRESIONANTES. Es muy sensible a los sonidos: de otros perros ladrando, al típico claxon de un coche bajo la ventana, a la gente que pasa por el rellano de nuestra puerta y más que nada, al sonido del timbre. Hemos llevado a cabo numerosos cambios para intentar que esos estímulos que le excitaban y preocupaban tanto no sucedan o sucedan lo menos posible, pero había que llegar a la raíz del asunto… que suele encontrarse bajo el estrés: el miedo. Y cuando el miedo desaparece, pueden quedar restos condicionados… Aprendí a ladrar y ahora ya me cuesta dejar de hacerlo. Ni qué decir tiene que llevamos muuuuchos meses sin reaccionar (mal) cuando él ladra. A veces, ha funcionado aparecer tranquilamente y revisar desde donde surge el ruido que le hace ladrar y decir: “Gracias, Che, no es nada.” O incluso premiarle suavemente: “Muy bien, gracias”. No trato de sugerir que esto vaya a funcionar con otros perros que ladran, sólo os cuento lo que hemos ido probando. A veces le hemos visto ladrar a la puerta, despatarrado panza arriba en el sofá y con la cabeza colgando… Es decir… como en una especie de “¡no jodas ahora con la puerta con lo bien que estaba!… Algo que le hizo mucho bien es recuperar su sitio en el sofá. Un mal consejo veterinario nos hizo bajarles del sofá (tanto a Rita como a él) y cuando pudo volver a hacerse un rosco encima de su asiento preferido, se redujeron muchísimo sus ladridos. Tanto que ya duerme solo en el salón durante toda la noche y sólo ladra cuando no estamos en casa y oye ruidos muy cercanos.

No se vayan todavía, aún hay más:

Che es un perro muy grande. Pesa casi 40 kg. y es muy alto. Cuando salía con él a la calle (yo que mido 1,63 y bajando), estresado como sale cualquier cachorro (mucho más un cachorro sobreexcitado que apenas dormía y a quien se corregía constantemente y se le “ejercitaba” con mochila a la espalda, correa corta y collar de púas o de ahorque…), parecía un cometa desbocado y yo su estela hecha jirones. Volaba tras él. Su excitación y mi desconocimiento le hacían ser maleducado y hostigador con otros perros, que antes de que llegase al año, ya le habían regañado muchas veces. Empecé a cogerle miedo a los perros grandes, porque reaccionaban mal con Che y yo perdía la batalla de fuerzas. Me tiró en varias ocasiones y en una de ellas me hizo un esguince muy serio. Estoy segura de que, en aquella época, empecé a condicionarle negativamente cuando nos íbamos a cruzar con perros grandes. Y llegaron las malas asociaciones. Cuando estaba suelto gestionaba de maravilla las relaciones sociales con animales (las personas le son indiferentes), hasta el punto de que, por más que le han pegado revolcones, no se ha peleado nunca. Equilibrado dentro de unos márgenes bastante amplios cuando va atado y, desde luego, un “superador” cuando está en campo abierto, en distancias cortas se vuelve inseguro y arisco. A pesar de los enormes progresos que llevamos ambos desde hace casi un año, seguíamos estancados en determinadas situaciones que nos venían grandes y en las que estabamos empezando a rozar límites: cada vez reaccionaba más desde distancias más grandes y hacia perros pequeños e incluso conocidos. Hemos llegado a apuntar que se vuelve especialmente reactivo si con quien se cruza es con el binomio “chistaperro+perro con collar de púas/ahorque”. Imaginamos que sabe en sus propias carnes lo que esa mezcla significa y la quiere lo más lejos posible de su presencia.

Decidimos cambiar horarios de salidas, buscar zonas que no le “preparen” para lo peor (casi cada día nos encontrábamos con un perro con muchísimos problemas que ladra hasta a los suspiros y al que Che ya no soporta) y, por supuesto, reducir el tiempo en la calle. Mejoramos su alimentación (natural y pienso) y nos tomamos muy en serio que sus horas de descanso no sean interrumpidas constantemente por dos hermanos pequeños latosillos e incordiantes (Maggie La Gata y Chewbacca).

Aún así, faltaba mejorar una parte esencial del paseo que a mi se me escapaba y que apuntan muy bien en su artículo Vallekanino y que consiste en potenciar la relajación de una forma muy sencilla: arrojar unos pocos premios al suelo nada más salir a la calle. A los que nos apodan “tirasalchichas” les contesto que lo mismo que estuve años siendo una “pegatirones” puedo pasarme toda una vida regalando comida si así mi perro confía en mi y se siente tan seguro a mi lado que no padece estrés, miedo o acaba ladrando a otros animales que pasan, sólo porque le desborda el mero hecho de pisar una acera transitada.

¿Qué hicimos con una de las especies más sociables del planeta para que acabe neurótica a nuestro lado, rechazando a sus propios congéneres?

En definitiva, Che se centra en mi desde que sale de casa, noto como le alivia tener una razón mayor que su preocupación por lo que se encontrará al caminar por la calle, como es olfatear en busca de comida. Así como Chewbacca me pide su muñeco cuando le preocupa caminar por algunas zonas, a Che le viene de maravilla olvidarse de lo que le rodea pegando su narizota al suelo durante los primeros metros, los más difíciles para él. Una vez superadas esas calles que le traen recuerdos de experiencias estresantes o negativas, vuelve a ser ese tipo confiado y alegre que sólo quiere darse unas cuantas carreras en pleno campo huyendo de los malos rollos como su madre de la prepotencia.

Tan sólo han pasado diez días desde que una perra muy asustada le atacó y cinco desde que Vallekanino sacó su artículo con ese pequeño/gran consejo que yo no había sabido ofrecerle a mis chicos, y ya he notado una gran mejoría en un Che que estaba reviviendo la inseguridad de años más grises.

Y ¿qué pasa cuando noto que mi gente se siente relajada y confiada a mi lado? Qué va a pasar, la satisfacción más grande del mundo, el alivio y las ganas de seguir aprendiendo.

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¿Dónde estoy?

no escuchooooTiene narices que tenga que acceder a mi blog a través del de un amigo. Cuando le leo a él me entran ganas de recuperar las mías de escribir. Pero es que “frankli”, soy un caos. Me expando hacia direcciones opuestas pero no soy infinita y tengo que retrotraerme a un epicentro confuso y cansado.

Echo de menos a mi amiga la cabra loca, esa no se complicaba tanto la vida, y tenía objetivos muy claros: pasarlo bien y contarlo. O cabrearse, como le pedía su idiosincrasia y contarlo. Lo que pasa es que de un cabreo arrebatado se largó y ahora no tengo ni idea de cómo encontrarla.

Mientras tanto, ¿Yo qué soy? ¿Qué hago? ¿Qué quiero?

Estudié en la universidad porque pensaba que me lo debía, porque pensaba que lo necesitaba para ser mejor escritora. Me fallaron los cálculos y me perdí por el camino, otra vez. Luego, cuando me pierdo, la Naturaleza siempre me salva, me ofrece un lugar donde descansar y reponerme, donde sufrir sin consuelo por gente que merece la pena SIEMPRE y en cualquier circunstancia, sin menoscabo de mi espíritu, al contrario. Sin embargo… esa sensación de inquietud, de ansiedad, permanece.

Mis proyectos de novelas cubiertos de polvo cibernético, mi novela convertida en zombi antes de morir siquiera. La segunda parte de Rita Boxer reclamándome, así como me espera la guarida confortable e inmensa donde voy a alimentar mi mente cada día, esperando encontrar ese momento en que me sienta con fuerzas y me ponga manos a la obra para adecentar el rincón que se me concedió generosamente en ella.

Ahora aprendo sobre comunicación canina-humana, un hallazgo que prendió luces cuando todo lo demás se oscurecía, otra senda que no me hace retroceder sino elevarme, que me ha aportado casi un año de intensas emociones y sobre todo que me ha permitido comprender a mi familia de otras especies con una claridad sincera y honesta. Este viaje no ha sido sencillo, te desnudas al entrar y poco a poco vas desprendiéndote de jirones de piel para renacer, conociéndote y tratando de perdonarte y aprendiendo a ser más perra, tomáoslo por donde queráis.

Y de nuevo la inquietud. La insatisfacción, la vuelta a mis hogares pequeños pero firmes, lejanos pero fieles, los pilares de mis endebles estructuras. Los que año tras año resisten mis vaivenes y como juncos me balancean sin dejar que me quiebre de una vez por todas.

Esos pilares son los que me enraízan con el deseo de escribir. Yo nací queriendo un perro y escribir, contar cosas y perrear…

¿Es que voy a tener que andar a la pata coja o podré plantarme con un pie en cada columna y por fin, sostenerme en paz?