“Absurdeces que le dicen a una compañera de perrxs” -namber uan-

Ayer hacía calor. La temporada garrulera (fiestas de torturar y de hacer ruidos tipo guerra) está en lo más álgido. Hubo petardos toda la tarde, así que, cuando quise salir a dar una vuelta con mis nenes (por separado porque como individuos que son tienen intereses y aficiones muy dispares y requieren sus propios momentos íntimos) (bastante es que tienen que ir siempre con la plasta de la humana), cuando quisimos salir mi enano y yo debía ser más allá de la media noche. 
El muchacho no iba muy convencido. Inseguro, imaginando esa traca traicionera que rompe el silencio nocturno y el espíritu de cualquier ser medianamente equilibrado. Así que, al mirarme como suele hacer, le animé. Venga, enanito, subamos donde los columpios que te mola el sitio. Y aceptó. Y allí vimos a una mamá con su bebé jugando en la arena. Mi chico me miró y le dije, observa lo que quieras, están sueltos, pero no parecen peligrosos…
Pero lo eran. El bebé nos vió y balbuceando como un zombie sin problemas de riego sanguíneo se puso en pié y tambaleantemente decidido quiso acercarse. Pusimos pies en polvorosa el tiempo justo y protocolario de comprobar que el niño tenía intenciones toconas y gritonas. La mamá fue un encanto así que enano y yo también fuimos correctos pero nos largamos echando hostias de allí. No vaya a ser que el niño se crea que ese peludo reguapo es “montable”.
Llegamos a casa y me dice, idos tranquilos el chache y tú, que yo me quedo aquí mascando una zanahoria fresquita. Ya sabes que a mi el verano me gusta cuando va a empezar y cuando se acaba…
Así que nos largamos el señor mayor y yo. Qué distintos son. A Che, se la suda casi todo, con perdón. Así que de papelera en cubo de basura y de casa de gatos okupada a farola, recorremos todo el pueblo en silencio. Hasta que nos damos con la señora y su hijo. Esta vez ya encajado en su cochecito y dando las mismas vueltas que nosotrxs por las calles desiertas. El niño-zombie balbucea igual y mi amigo se acerca amistoso. Se huelen, se tocan, la mamá le saca del coche para que pueda incordiar un poco más, ya comprobado que mi amigo canino de más de 40 kilos de peso, meano, bragado y sin cuernos, es absolutamente amistoso y paternal. Y me mira la mamá toda asombrada y me suelta, así, tan fresca:
-Pero, éste es otro, ¿no?
-Sí, es otro. Los saco por separado.
-¡Pues vaya paliza!
Ojiplática me quedo. Porque le parece estar el mismo tiempo que yo, en los mismos sitios que yo, a las mismas horas que yo, una paliza. Cuando yo no tengo que llevar a nadie en brazos, ni sujetarlo para que no caiga o empujar de un carrito a un niño-zombie balbuciente para conseguir dormirle de una puñetera vez. Conste que el “puñetera” no es mío, es suyo.
Yo, si ganase un concurso de esos de belleza descomunal, como deseo final le pediría al mundo EMPATÍA. En serio, unas gotitas “nomás”. Porque, en serio, gente, somos iguales, incluso me atrevo a decir, que lxs demás, son más “iguales” que nosotrxs.
Anuncios