OJALÁ

31 de mayo de 2017
Una gata ha aparecido muerta en el arcén de una carretera secundaria de Madrid.

Construimos lenguaje mentiroso. Ese lenguaje que estructura pensamiento hipócrita, insolidario, indiferente. Porque esa gata no ha sido hallada muerta, no ha aparecido muerta, a esa gata la han matado. Atropellada y abandonada a su suerte. ¿Que fue un accidente? No sabemos. ¿Que fue el matagatas? (sí, en todas partes están los matagatas. Lo mismo estás almorzando ahora al lado de uno). Nunca lo sabremos porque “así es la vida”. Ella “se lo buscó”.

Quiero consolarme pensando que murió en el acto. Que apenas sufrió. Y que, desde luego, vivió lo más libre que pudo. Ese es el sueño de muchas. Entre las que yo me incluyo. Lo que sí sabemos es que ahí se quedó. Se quedó por las mentiras mentales en las que nos gusta ahogarnos. Y es que “la vida es una jungla”, y estas cosas pasan porque “somos trogloditas”, “seguimos en Atapuerca”. Con un parche tras otro tapamos las ventanas cerebrales a la verdad y a lo que realmente nos incomoda. No queremos implicarnos.

Pero ¿qué Jungla?

Pero ¿quién se ha inventado esta historia?
¿Qué tipo de engendros prepotentes y zafios nos ha contado esta película?

Ojalá viviésemos como en Atapuerca, en la jungla, como salvajes. Porque lo que yo he cogido entre mis brazos y que “pesaba como un muerto”, no era esa gata libre que murió por nuestra indiferencia y por nuestras arquitecturas dialécticas embusteras, era la losa del Patriarcado que nos ha convertido en zombies, que no buscan carne fresca, buscan un sofá, el mando de la tele y una conciencia lo más muerta posible. Que no matada. Como la gata.

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El mapa oscuro de mis oscuras grutas subconscientes

Este fragmento que hoy os traigo es real. Todo lo real que pueden llegar a ser mis pesadillas. Cada vez tengo menos, antes las vivía como en los cines, sesión doble casi cada noche… pero cuando las tengo… al despertar tardo unos segundos infinitos en darme cuenta de que superé el trago y estoy de nuevo en el plano real. Ésta en concreto, la incluí en el devenir de Helena, la prota de una novela que nunca he publicado. Allá va. Espero que hayáis hecho ya la digestión:

-Espera, espera,…quiero contarte una pesadilla que he tenido, no puedo quitarme la sensación… Así no se cumplirá, ya sabes…

-¿Una pesadilla? Adelante, te escucho, pero no te canses demasiado.

Helena, muy despacio, va desgranando la espeluznante experiencia onírica que ha padecido. Tiene que parar a menudo porque le falla el aliento, pero poco a poco la historia es narrada:

-Estoy sentada en el exterior de una terraza o patio bastante sucio de hojas secas y polvo, apoyada en un rincón de pared mohosa, ennegrecida, parece que estoy ocupada en algo, escribiendo tal vez. …De vez en cuando, a pesar de lo absorbida que me encuentro en mi labor, me rasco compulsivamente, como si alguna alergia me molestase… Así, pasan interminables horas, aunque lo mismo sólo transcurren segundos, ya sabes cómo son los sueños. …Repentinamente, me encuentro en casa, desnuda y mirándome ante un espejo, buscando la causa de ese picor insoportable… Horrorizada, compruebo que ¡tengo adheridos a la piel una especie de insectos de caparazón cóncavo, liso, duro, de color negro brillante! Unos son pequeños como bolitas, pero otros ya han crecido hasta el tamaño de granos de café. Donde más se han acumulado es bajo las axilas y en la zona de los pezones. Quiero gritar hasta enloquecer porque siento que están vivos, internándose bajo la carne, moviéndose, hurgando mi interior, seguro que sorbiéndome jugos y vida. A pesar de lo espeluznante de la escena, solidificada por el pavor, únicamente persisto en una obsesión: arrancarme los parásitos.

Los pequeños salen con facilidad, de los poros se deslizan hacia afuera por la presión de sus dedos, una especie de hilos, de pequeños tentáculos o patas y los noto cosquillear las capas de mi piel hasta el exterior. Cuando, enfebrecida, reúno el valor suficiente para acometer la extracción de los bichos más grandes, siento oleadas de asco, intensas arcadas que preceden a las sensaciones horrorosas de notar cómo unas culebras duras y viscosas intentan sujetarse con fuerza para impedir que las saquen. Al tirar de esos cascos negros, el dolor amenaza con la rendición, aún así, a pesar de desgarrarme en el intento, no puedo dejar de estirar. Parece como si debajo de ese caparazón liso de tortuga diminuta hubiera todo un organismo dedicado a la penetración y la succión. Sus tentáculos, patas o bocas como trompas, tienen la forma de escarpias, que una vez que entran, se abren en capas para impedir que algún intruso las arranque sin dejar fragmentos que puedan seguir cavando hasta lo más profundo del cuerpo.

A pesar de la repugnancia, los cuerpos salen muy lentamente, estría tras estría, los poros se ven liberados de los primeros engendros parasitarios. Veo mis ojos borbotear lágrimas de horror y asco, los dientes muerden unos labios apretados y el sudor empapa mi cuerpo como si me hubiera dado una ducha, pero helada. Los veo, asombrada, retorcerse y culebrear, una vez van saliendo. Absurdamente, me parece como si la piel estuviera dando a luz, con un esfuerzo denodado, lombrices, colas de cocodrilo, cabezas de garrapata. Sin querer, miro mis brazos y mi pecho, comprobando, enloquecida, que aún permanecen aferrándose, impasibles, cientos de acorazados negros.

De un salto, me siento en la cama, las sábanas empapadas se pegan a mi piel, en torno a los brazos y el pecho. Me cuesta comprender que he estado soñando, que los delirios aracnicidas no me atacan de verdad, la pesadilla acabó y aún así, no entiendo por qué mis axilas, suaves y blancas, me pican irritantemente, igual que mis pezones, libres, no obstante de parásitos. Lloro en silencio aliviada por percibir el dolor de siempre, ese que me está matando lentamente, pero que no me obliga a ver cómo y, mucho menos, personificándose en horripilantes parásitos hambrientos.

(…)

MoMo

Los hombres de gris lo han convertido todo en humo. Pero en cada corazón late con fuerza el color de la Vida. Sólo hay que pararse a ESCUCHAR.

Si hay alguna clave en esto de caminar hacia la desaparición, el final del camino, está aquí.
Qué hermosura dolorosísima y tierna.

Se os entrega el secreto de la felicidad, la esperanza del mundo y no os dais cuenta.

Hay que rebelarse contra este sistema que nos quiere sin alma.

Un poquito de Chiles (para Marisa)

Resulta que, si imagino, la fantasía no hechiza, si juego se pincha la pelota, si sueño irrumpen los íncubos y si me fundo, el mundo gira sin inmutarse.

Hay personas que parece que no cuentan, como mucho pululan por ahí.

Resulta que, si se van, te parten el corazón, la boca se queda sin matices. Como un guiso sin chiles. Te encojes por dentro y no sabes cómo responder a las preguntas que tu conciencia te grita: ¿Por qué? ¿Y ahora qué? ¿De qué sirve ahora?

Resulta que no solo contaban, sino que teñían la vida de colores intensos, rociaban la brisa de un encanto sin medida. A veces mal avenidos, siempre presentes, cuando les da por marcharse, agujerean tus paisajes y ya no hay quien los termine, como un puzzle sin piezas.

Cuando las personas no dejamos la rutina, sumergidas en el día a día y a nuestro alrededor la voracidad y la ira caminan juntas, la soledad nos envuelve y arrasa. Conseguimos no mirar y sin embargo nadie nota los tropiezos, aunque a cada paso, dos son de través y la empinada cuesta nos reclama. Es igual, seguimos impávidas, sin orejas, sin manos, sin destino aparente, sólo caminando a trompicones, avanzando hasta el infinito. Somos tan egoístas… A veces los t e q u i e r os se quedan colgados de los cables de la luz y se pierden como globos en el cielo de una feria. Deberíamos sujetarlos bien a los labios, y dejarlos posados en los labios de quienes también viven en su isla de olas que no rompen hacia dentro, sino hacia fuera, alejando de sí todo intento de abrazo, de apoyo. A veces gentes se comen nuestros marrones, o se chupan nuestra desgana y resulta que nunca debió ser así.

Resulta que sus ojos chispeantes, su sonrisa abierta, su deambular ligero, sus bienvenidas inolvidables, sus juegos fatuos con pólvoras candentes, sus bailes y sus ausencias marcaban el paso del ritmo. Nunca sabrá que, sin su ritmo, tantas vidas se paralizaron de golpe. Si lo hubiera sabido…

A veces resulta que la soledad aplasta y tantas sumas de soledades totalizan un abismo sin fondo, sin medida. Ayer cayó un alma grande y aún no dejamos de oír su eco.

Resulta que, cuando alguien aparentemente pequeño nos deja, se torna más presente que nunca, sus difusos contornos se consolidan y lo que fue visión aparece como una imagen nítida y eterna. Su tamaño aumenta en justicia, por lo que en realidad fue, amado por todos, necesitado aún en sus peores momentos, temido y buscado, vigilado y custodiado sin remedio.

Rebelde, sumiso, alegre, emboscado, eufórico, abatido, aquí y más allá, resulta que nunca supimos retenerte ni contener tu impaciencia. Lo que sí sabemos es que nos has dejado sin acabar, con la herida abierta.

Es absurdo que un Dios de barrio no exista para acompañarte en el banco de la plaza, compartiendo una litrona y un cigarrito, esperando a que la pólvora

coloree el techo negro del cielo de un gotelé perdido en la noche castellana. Si no existe, dime que tu energía incombustible te ha convertido en estrella fugaz, faltaría más, siempre fugaz. Dime lo que sea, esa canción de verano que tanto bailabas, ese chiste fácil que me hacía reír, dime lo que sea pero haz que sepa que estás por aquí.

Te quise y no supe demostrártelo, sin ti la historia no tendrá salsa.

Formaremos eternamente parte de tu peña, J a v i.

1 de septiembre de 2.005

(Editado el 28 de noviembre de 2016)

Me gustaría ser espeleóloga

Os ha pasado, seguro. Y seguro que alguna persona talentosa lo ha referido gloriosamente. Voy a ver si al poner en palabras esto que siento, se desluce, vuelve cómico y me puedo echar la siesta.

Vulnerable. Dicen los carcadémicos “que puede ser herid@ o recibir lesión física o moral”. Maravilloso idioma el nuestro. Evidentemente, la inclusión de género la pongo yo, que soy así de chula. Pero sólo a ratos. Porque hoy me siento vulnerable. En un grado tal, que me gustaría ser espeleóloga.

Primero soñé con volar. Como las águilas, como los vencejos. Más tarde, me gustó pasear por encima de la tierra, si está poblada de arbustos y frondosos bosques mejor, aunque he llegado a conformarme con tierras labradas, erosionadas por enésima vez. Luego me apasionó la arqueología, que va leyendo la tierra como si de un manuscrito se tratara. Lo malo que, normalmente, hoja que levanta tras ser leída, hoja que se carga… El caso es que estos días lo que quiero es espeleologar. Hurgar más abajo de las raíces, donde lagrimean las aguas y los ecos se sienten comprendidos.

¿Por qué?

Porque allí, en el centro del útero materno, voy a sentirme a salvo.

Porque una parte de mi, la expuesta, la transparente y sin seso se asoma al borde sin criterio alguno. Esa parte me gusta, eh, no empecemos. Pero no siempre, ni es la que más. Me consta que se lo pasa en grande mientras la caga, mucho, también. Y maldita sea, ahora manda ella. Y me tiene con el pico y el casco y la linterna cavando a toda prisa un agujero hacia el centro.

No lo vais a conseguir

Tengo un rato y me siento a leer noticias y sucesos en las redes sociales. Y comparto añadiendo comentarios encendidos. Me doy cuenta. ¡Qué cabreada estoy! ¿Qué pasa? ¿Qué altera mi apolínea intención? (Yo de apolíneo no tengo ni el blanco de los ojos) Me quedo quieta. Observo a la cachorra loca que mordisquea inconsciente y confiada los cables de mi ordenador y lo sé, de repente, lo sé: Estoy cabreada con los machunitos. Porque desde por la mañana, cuando una se levanta siempre sonriente, agradecida y rodeada de gente feliz que disfruta del momento, si algún machirulo impotente asoma su jeta y despliega su impotencia hormonal contra lo que le teme, y pretende con ese gesto hacer añicos mi paz interior, lo que consigue es cabrearme. Y, no sabe lo que hace, porque yo, cabreada, gano mucho. Pero mucho mucho. Mi piel macilenta sube al rojo grana en los pómulos, mis ojitos chinescos lanzan llamaradas y mi pelo se encrespa cual crin de caballo desbocado. Molo muuuuucho más así. He debido estar unas horas así, encrespada. Concentrando cual ciclón mi potencia cabreosa. Hasta que reconcentrada y maldita, un concierto de gritos y lamentos, de alaridos más cabreados, infinitamente más cabreados y asustados que los míos, me saca de ese estado esencialmente explosivo. Y observo a mi amigo que también ha salido de su otro ensimismamiento, el de ser olfateante, entregado y curioso a eso que se llama vivir la vida, y se detiene a escuchar a sus hermanos en la distancia no lejana. Es una perrera. Lo llaman residencia, lo llamo guantánamo, el caso es que está lleno de gente de otra especie que grita desesperada. Más cabreada que yo. Y escuchamos con un respeto del todo inútil. Y veo cómo mi querido amigo, hermano de esa gente que sufre, continúa su camino, tal vez un poco más avejentado, un poco más dolido, pero sabio. Sabio en su saber no poder ayudar, salvo salvándome a mi como hizo. Para que esa irritante pulsión se concentre en que sus hermanos consigan dejar de gritar. Vuelve a su trote, vuelve a sus rastros y búsquedas, vuelve a su vivir la vida. Tan digno, tan importante. Y yo, dejo de cabrearme. Porque lo que tiene aprehender lecciones así, es que te quita el cabreo y te sientes más fuerte que cualquier machunito idiota que rompe esa burbuja de paz en la que te crees que vives.

Sí, machunitos del mundo,  ya podéis soltar vuestras impotencias hormonales, que NO LO VAIS A CONSEGUIR. Seguiremos bailando y riendo sobre vuestras tumbas vitales, seguiremos defendiendo a las mujeres a las que jodéis la vida y a lxs animales a los que mancháis con vuestra insuficiencia. Estáis extinguidos. Sólo falta que lo anuncie una de esas revistas absurdas que van con años de retraso sorprendiéndose porque los animales tienen sentimientos o porque tal vez, hasta sean más inteligentes y buenas personas que nosotrxs.

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8 de marzo: celebrando el feminismo

Feminismo de médula y tierra, de risa y brisa. Mujeres feministas, la sal de la vida. 🙂

DESARROLLANDO INTELIGENCIA FEMINISTA

Desde Coeducación en la EOI Fuengirola queremos hoy invitaros a celebrar la lucha feminista, que tanto nos ha dado en relación a libertad para construir nuestra identidad, nuestras relaciones, nuestro mundo. Proponemos que echéis un vistazo al trabajo de estas personas, pensadoras, creadoras, activistas, que han aportado análisis a cómo las ideas y los papeles tradicionales que se basan en ejercer lo que ya sabemos que es violencia contra las personas no pueden seguir imponiéndose, porque podemos imaginar y construir un mundo más justo, bello y bueno.

En esta ocasión, anotamos mujeres que están vivas y escribiendo aquí y ahora.  Agradecemos a todas las autoras los materiales que comparten y el apoyo que nos dan pues contribuyen a que podamos desarrollar inteligencia feminista e invitamos a todo el mundo a enviarnos materiales, preguntas, ideas a inteligenciafeminista ARROBA gmail.com

Pinchando en las imágenes llegaréis a sus lugares web. Pinchando…

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Cómo sostienen las mujeres el patriarcado (aprender a callar) y cómo combatirlo (aprender a escuchar-se)

En el cole, un día, las gemelas, no vinieron. No eran de mi curso. Por lo que no jugábamos juntas pero todo el mundo las conocía bien. Eran divertidas, sociables. Un día nos enteramos. Y era demasiado pronto para enterarse y a la vez una realidad que necesitábamos saber cuanto antes. Violaron a una de ellas cuando volvía a casa desde el cole. Y si alguien se hace esa odiosa ristra de preguntas que se hacen (en los tribunales y en las mentes de todxs) en estos casos, malditx seas, porque no tenía ni 11 años. Como para saber si llevar una faldita así o una camiseta allá podía estar despertando la bestia que el patriarcado engendra. Si ya desde el cole sabes que te pueden violar sin saber si quiera qué significa hacer el amor, pero intuyes que es algo que da vergüenza a la que lo sufre y de lo que se huye pero no se habla… Imagina lo que te queda por vivir, por sentir a solas, por repudiar sin poder expresar.
Cuarenta y cinco años después seguimos igual, sintiendo prevención, miedo y repugnancia ante tantas “pequeñas” cosas que los hombres hacen porque quieren y porque ni siquiera tienen que pensarlas, están ahí…

DESARROLLANDO INTELIGENCIA FEMINISTA

Artículo completo: Lo que todas las mujeres se ven obligadas a hacer, de Gretchen Kelly

(…) Todas hemos aprendido, ya sea por instinto o por el método de ensayo y error, a reducir una situación que nos incomoda. A evitar que un hombre se enfade o a evitar ponernos en peligro. En numerosas ocasiones, todas hemos ignorado un comentario ofensivo. Todas nos hemos reído de algo inapropiado para salir del paso. Todas nos hemos tragado la ira cuando se nos ha menospreciado.
No es algo que siente bien. Es asqueroso. Sucio. Pero lo hacemos porque, de lo contrario, estaríamos poniéndonos en peligro, nos ganaríamos un despido o que nos etiquetaran como zorras. Así que solemos elegir la opción menos peligrosa.
No es algo de lo que hablemos todos los días. No se lo contamos a nuestras parejas o amigos cada vez que pasa. Porque es tan frecuente, tan generalizado, que…

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La primavera, en diciembre

Ya pude aportar mi granito de arena a este momento histórico.
Y os lo voy a contar. Mal que os pese.

A mi me pasan muchas cosas llamémosle peculiares. Unas conforman mi naturaleza, otras me hicieron así a fuerza de hostias (no visualicéis las más recientes, que os conozco) por lo que, por ejemplo, lo que me tocaba hacer hoy: ejercer mi derecho al voto (desde el sistema sí, de momento es lo mejor que tenemos), en mi caso, es una hazaña peor que jugar al Doom con los protas de verdad. Soy muy tímida en algunas circunstancias y síntomas como visión túnel, ansiedad y palpitaciones me brotan cuando tengo que hacer algo sola, delante de mucha gente desconocida y que te mira… ejem. Si me hubiese tomado un café esta mañana habría llegado al colegio electoral bailando twerking y breakdance a la vez. Afortunadamente, me llamó mi ex y me acompañó telefónicamente por La Milla Verde callejera hasta la puerta del cole.

Una vez allí, me acuerdo de que no me he traído mi papelillo del censo y no hay listas en las que consultar. Bueno, si las hay no las veo, porque llevo puestas unas orejeras psicológicas que sólo me dejan ver lo que tengo delante de mis ojos… y mis ojos de cerca ven menos que un gato de escayola. Total que, menos mal que un poli de dos metros veinte está como la de los Ojos Verdes, apoyao en el quicio y dentro de mi ataque de pánico mi cerebro me dice, cretina, pregúntale y sal de esto ya. Me dice la mesa donde debo votar y que hay papeletas dentro. Debe pensar que soy Gurb que no ha encontrado el cuerpo de Marta Sánchez para usarlo de traje en su nueva vuelta a la Tierra. Sin entrar siquiera ya veo toda la membresía de la mesa, mirándome, escudriñándome, mejor dicho. Como en la Última Cena. En ese momento, no hay ni un alma en la sala, joder. Giro mi cabeza en busca de las papeletas de los ovarios y me acerco a la mesa donde están todas. Yo no veo la de Podemos. Joder, joder, joder, ya me la han escondido. (Si vas sin las gafas de cerca, panoli). Silencio sepulcral. Siento sus ojos seguir mis manos. L@s interventor@s se saben de memoria dónde están “sus” montoncillos. Cojo todas las de izquierdas que veo (mal), también la del P$0€ y me meto en la cabina. Me entran ganas de mear. Pero reconoced que eso no sólo me pasa a mi. En las cabinas dan ganas de mear en vez de llamar por teléfono o escoger votos.

Respiro hondo e introduzco cada papeleta en su sobre. No sin antes haber votado lo más estratégicamente que puede una cegata sin las gafas de leer (a saber qué narices he hecho, lo mismo he guardado en el sobre del senado la primitiva de esta semana). Oigo rumorear a los de la zona derecha, no os diré a quién reppresentan porque sois muy inteligentes y lo pilláis todo al vuelo. Ya saben que estos sobres no son para ellos. Je. Por una vez.

“Sal de una vez, no te puedes quedar aquí toda la mañana con los dos sobrecitos en la mano”. Salgo. Ahora sé lo que siente el gorila del zoo. Y pobrecito.

Me acerco a la mesa sacando el carnet de conducir porque el de identidad se ha mimetizado con el monedero y ya son un todo en un resto indivisible al más puro estilo Zizek. Y tengo que hablar. Cuando me estreso hablo, y normalmente comparto el motivo de mi estrés, pa repartirlo, que me toque menos cacho, que no puedo con él. Y digo: “uy, da una vergüenza esto así mirándome todos…” Y sonrío nerviosa. Entonces una vecina se materializa ante mi sonriéndome, está en la mesa, en la parte izquierda, ya sólo eso me da buen rollo pero es que además… Tiene una sonrisa que ya la quisiera Podemos para sus campañas y lo que venga. Suelto lastre con un “¡hola!” más dramático que el que diría Leonardo Dicaprio si, mientras su novia le está dejando morir congelado aparece la balsa de la Medusa, mientras dejo que el Presidente de la mesa (no me preguntéis qué cara tiene porque ya solo me acuerdo de mi vecina la de la sonrisa) haga su trabajo y me diga que puedo votar. Y voto. Y sonrío agradecida por haber salido con vida, poco dignamente, pero con vida de la trágica aventura.

Ya en la calle, comienzo a ver familias con la chiquillería correteando y alborotando, mucho bullicio y un sol que me anima a pensar en La Primavera del Cambio que nos ha venido a dar un empujoncito, en Diciembre, para que nadie se quede en casa, para que vote y comience de una vez por todas esa Transición que nos disfrazaron de más de lo mismo, para que recuperemos la memoria, las escuelas, las consultas sanitarias, la decencia en el trabajo y las ganas de soñar en un futuro sin maltrato, sin sufrimiento en el que mujeres, infancia, ancianidad, animales y toda la demás gente, pueda vivir en paz.

Sueñen y hagan que esos sueños desborden las urnas.

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¡Joder, Rita, cómo te echo de menos!

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Rita, hoy, 12 de noviembre de 2015, hubiera cumplido catorce años de amor incondicional. Pero se me fué en septiembre. Cumpliendo todas las promesas que le pedimos y que no tenía por qué. Siempre dió el múltiplo infinito de lo que tuvo. Siempre a cambio de nada. Y se fue sabiendo tanto de la vida que su mirada me intimidaba y avergonzaba porque ella me conoció mejor que yo misma. Me esforcé sin llegar a entenderla nunca del todo. Es una presunción estúpida creer que por estudiar educación en positivo y conocer el lenguaje en el que se comunica la especie canina ya tienes la mitad del camino recorrido. Ella me enseñó que también los animales dejan de creer en las personas. Porque llevan decepcionados toda una vida, porque no basta con amarles y cubrir todas sus necesidades, no basta con creer que un arnés, un abrigo y un rato diario al sol les bastan a los demás. Ella necesitó otras cosas que no supe darle y esa será la cicatriz que palpite cada vez que sus ojos honestos me visiten la memoria.

También sé que ella supo lo que la amaba, sé que asumió como una madre comprensiva que nos había tocado cargar con la vida y sus baches y que lo haríamos lo mejor que supiéramos pero juntas. Refunfuñábamos juntas, yo le daba masajes y ella reclamaba más comida y yo le espantaba a sus hermanxs revoltosos y le procuraba el lugar más acogedor de nuestro hogar. Como madre e hija, como dos amigas que llevan demasiado tiempo juntas, como dos hermanas que se adoran pero no se entienden, así vivimos Rita y yo los últimos años de su vida. O al menos así los veo yo ahora que ya no está.

Estás conmigo cada minuto del día, pasarán mil años y seguirás permeabilizada hasta el tuétano en mi. Aprendiendo de tu sabiduría precisamente ahora que no puedo tocarte o decirte qué narices tienes que hacer. Ni darte esa libertad o ese respeto afinado y especialísimo que tú infructuosamente me pediste.

Gracias por ser siempre tan tuya y tan de nadie más. De amar tanto sin perder tu dignidad ni tu entereza. Con el tiempo sabré qué necesitaste, lo sabré y sabré también que cada ser lleva a una Rita dentro que hay que descubrir y emancipar.