Manifiesto de un perro

Ya que voy manifestando mis puertos reivindicativos, no debe faltar en absoluto el que rige mi vida desde siempre, pero conscientemente, comprometidamente, desde más de un lustro:

Origen: Manifiesto de un perro

Fijáos qué maravillla:

¿Y cómo lograremos una convivencia sana?

Los estudios de Bruce Lipton corroboran que según el entorno y como tú respondes al mundo, un gen puede crear 30.000 diferentes variaciones. Si tu respondes de manera diferente tu perro también lo hará ( porque no sólo es la genética, sino el entorno y el propio individuo). Anteriormente os conté las 5 cosas que aprendí cuando dejé de gritarles a mis perros. Cambia tu sistema de creencias. Inténtalo al menos.

Vivir estresado e infeliz repercute directamente en nuestro perro. Las hormonas del estrés coordinan la función de los órganos corporales e inhiben los procesos de crecimiento, suprimen por completo la actuación del sistema inmunológico cuando están sometidas a altas exigencias durante periodos continuados de tiempo. Piénsalo por un segundo. Enfermamos nosotros, enferman nuestros perros y no sólo a nivel físico.

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El Bosque Habitado, como no podía ser de otra manera

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Estoy de enhorabuena.

Cuando todo se densa, cuando los ceños se fruncen, cuando el egoísmo nos aplasta y la perversión patriarcal lo ha intoxicado todo, añado otra pieza al puzzle de mi recorrer: El Bosque Habitado. Junto con mi oasis de Mujer Palabra y sus habitantes absolutamente necesarios para mi, aprendiendo la Vida Perra de honestas gentes con cuatro y menos patas, abrazando agradecida las conexiones arbóreas de Arriba las Ramas, me conforma también esta #RevoluciónDeLosConmovidosYConmovidas; me devuelve, como no podía ser de otra manera, el oxígeno que ya me faltaba para seguir queriendo vivir.

Increíble que redescubra La ley de la Devolución, ¡yo estuve allí hace años, desde otros paisajes, pero allí!, que me invite a apretar puñados de la tierra de donde no quiero salir ya más y que me enraíce desde lo más profundo hacia lo más ingrávido.

La persona que se adentra en este Bosque Habitado, sale transcendida, no sólo transformada. CONMOVIDA.

Os dejo una prueba de que lo que digo se queda corto, una prueba de amor:

 Agroecología y la Ley de la Devolución. En La Casa Encendida – 28/01/18

UBUNTU, HERMAN@S

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O sube el volumen

Si no sientes pasión por tu vida, pírate de la mía.

Así de claro.

Yo no quiero estar aquí.                                                  Yo no pedí estar aquí.

Pero estoy. Llegué hasta aquí. Y no ha sido nada fácil. Porque no me centré en mí, sino en acumular días. Reír, aferrarme, llorar, pensar, amar, DISFRUTAR.

No sabía que se podía elegir no estar. Pero ahora estoy. Y tengo cuatro hijxs. Y me tengo que quedar. Si hubiera sabido que podía elegir, hace casi veinte años que ya me habría ido, pero ahora, no puedo irme. Tengo que estar. Tengo que ver, oír, tragar. Y me quiero ir cada día, a veces, muchas veces cada día. Pero me quedo. Y al sentir que me quedo, lo hago con toda la pasión de la que soy capaz, y, creedme, en mi pecera, mi pasión es mucha.

Me quedo, apostando, por esas otras tantas (veces) que observo cómo una tela de araña se deshilacha tras el remolino que, uno de mis hijos, provoca a su paso despreocupado. Por esas estridentes conversaciones de comunidad de vecinxs, que tienen los gorriones que aún habitan los viejos olivos tristes. Porque hoy ha llovido. Porque mis hijxs me hacen reír y, a veces, yo les hago reír a ellxs. Porque amo a mi familia, porque YO SÍ TENGO AMIGXS, sí, lxs tengo, yo. Porque amo las nubes de verdad. Al amanecer, al anochecer, cuando arropan a la luna, cuando la luna las desintegra con su luz de plata chillona. Porque me explota el corazón cuando se abre una flor, cuando una niña pasa y me sonríe, cuando la radio de otro coche canta lo mismo que la mía, cuando se me cruzan unos ojos fugaces y me hablan en un idioma que toda la gente de bien entiende. Cuando nos cruzamos cientos de ojos y brazos y bocas y al unísono le cantamos a la injusticia y a la violencia. Me quedo porque hay gente que puebla este planeta destrozado que me expande para luego encogerme.

En definitiva, me quedo por mis hijxs.

Sin mis hijxs, ya me habría ido hace tiempo, porque ni telas de araña, ni gorriones, ni olivos, nilluvianifamilianiamistadesnilunasninubes, ni sonrisas, ni flores, ni ojos fugaces, ni la gente que puebla este planeta me van a convencer de que esto no se va a la mierda. De que lo estamos mandando al carajo cada día, a veces, muchas veces cada día. Y no quiero verlo. Y lo veo, cada día. Y no hay un maldito agujero donde meterse para no verlo.

Así que, pongo música. No suelo. Porque la música tiene tal efecto en mí, que si soy excesiva… con la música ya… no encuentro palabra para definir qué sucede cuando escucho música. Subo el volumen y me pierdo, ya no soy. Sólo estoy. Porque por eso me quedé. Por eso si no sientes esa pasión que me conecta y me destruye a la vez, aléjate, huye, antes de que te queme mi combustión.

O sube el volumen. Que también.

What a feeling Irene, Cara Jennifer Beals: FLASHDANCE

 

OJALÁ

31 de mayo de 2017
Una gata ha aparecido muerta en el arcén de una carretera secundaria de Madrid.

Construimos lenguaje mentiroso. Ese lenguaje que estructura pensamiento hipócrita, insolidario, indiferente. Porque esa gata no ha sido hallada muerta, no ha aparecido muerta, a esa gata la han matado. Atropellada y abandonada a su suerte. ¿Que fue un accidente? No sabemos. ¿Que fue el matagatas? (sí, en todas partes están los matagatas. Lo mismo estás almorzando ahora al lado de uno). Nunca lo sabremos porque “así es la vida”. Ella “se lo buscó”.

Quiero consolarme pensando que murió en el acto. Que apenas sufrió. Y que, desde luego, vivió lo más libre que pudo. Ese es el sueño de muchas. Entre las que yo me incluyo. Lo que sí sabemos es que ahí se quedó. Se quedó por las mentiras mentales en las que nos gusta ahogarnos. Y es que “la vida es una jungla”, y estas cosas pasan porque “somos trogloditas”, “seguimos en Atapuerca”. Con un parche tras otro tapamos las ventanas cerebrales a la verdad y a lo que realmente nos incomoda. No queremos implicarnos.

Pero ¿qué Jungla?

Pero ¿quién se ha inventado esta historia?
¿Qué tipo de engendros prepotentes y zafios nos ha contado esta película?

Ojalá viviésemos como en Atapuerca, en la jungla, como salvajes. Porque lo que yo he cogido entre mis brazos y que “pesaba como un muerto”, no era esa gata libre que murió por nuestra indiferencia y por nuestras arquitecturas dialécticas embusteras, era la losa del Patriarcado que nos ha convertido en zombies, que no buscan carne fresca, buscan un sofá, el mando de la tele y una conciencia lo más muerta posible. Que no matada. Como la gata.

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No lo vais a conseguir

Tengo un rato y me siento a leer noticias y sucesos en las redes sociales. Y comparto añadiendo comentarios encendidos. Me doy cuenta. ¡Qué cabreada estoy! ¿Qué pasa? ¿Qué altera mi apolínea intención? (Yo de apolíneo no tengo ni el blanco de los ojos) Me quedo quieta. Observo a la cachorra loca que mordisquea inconsciente y confiada los cables de mi ordenador y lo sé, de repente, lo sé: Estoy cabreada con los machunitos. Porque desde por la mañana, cuando una se levanta siempre sonriente, agradecida y rodeada de gente feliz que disfruta del momento, si algún machirulo impotente asoma su jeta y despliega su impotencia hormonal contra lo que le teme, y pretende con ese gesto hacer añicos mi paz interior, lo que consigue es cabrearme. Y, no sabe lo que hace, porque yo, cabreada, gano mucho. Pero mucho mucho. Mi piel macilenta sube al rojo grana en los pómulos, mis ojitos chinescos lanzan llamaradas y mi pelo se encrespa cual crin de caballo desbocado. Molo muuuuucho más así. He debido estar unas horas así, encrespada. Concentrando cual ciclón mi potencia cabreosa. Hasta que reconcentrada y maldita, un concierto de gritos y lamentos, de alaridos más cabreados, infinitamente más cabreados y asustados que los míos, me saca de ese estado esencialmente explosivo. Y observo a mi amigo que también ha salido de su otro ensimismamiento, el de ser olfateante, entregado y curioso a eso que se llama vivir la vida, y se detiene a escuchar a sus hermanos en la distancia no lejana. Es una perrera. Lo llaman residencia, lo llamo guantánamo, el caso es que está lleno de gente de otra especie que grita desesperada. Más cabreada que yo. Y escuchamos con un respeto del todo inútil. Y veo cómo mi querido amigo, hermano de esa gente que sufre, continúa su camino, tal vez un poco más avejentado, un poco más dolido, pero sabio. Sabio en su saber no poder ayudar, salvo salvándome a mi como hizo. Para que esa irritante pulsión se concentre en que sus hermanos consigan dejar de gritar. Vuelve a su trote, vuelve a sus rastros y búsquedas, vuelve a su vivir la vida. Tan digno, tan importante. Y yo, dejo de cabrearme. Porque lo que tiene aprehender lecciones así, es que te quita el cabreo y te sientes más fuerte que cualquier machunito idiota que rompe esa burbuja de paz en la que te crees que vives.

Sí, machunitos del mundo,  ya podéis soltar vuestras impotencias hormonales, que NO LO VAIS A CONSEGUIR. Seguiremos bailando y riendo sobre vuestras tumbas vitales, seguiremos defendiendo a las mujeres a las que jodéis la vida y a lxs animales a los que mancháis con vuestra insuficiencia. Estáis extinguidos. Sólo falta que lo anuncie una de esas revistas absurdas que van con años de retraso sorprendiéndose porque los animales tienen sentimientos o porque tal vez, hasta sean más inteligentes y buenas personas que nosotrxs.

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“Absurdeces que le dicen a una compañera de perrxs” -namber uan-

Ayer hacía calor. La temporada garrulera (fiestas de torturar y de hacer ruidos tipo guerra) está en lo más álgido. Hubo petardos toda la tarde, así que, cuando quise salir a dar una vuelta con mis nenes (por separado porque como individuos que son tienen intereses y aficiones muy dispares y requieren sus propios momentos íntimos) (bastante es que tienen que ir siempre con la plasta de la humana), cuando quisimos salir mi enano y yo debía ser más allá de la media noche. 
El muchacho no iba muy convencido. Inseguro, imaginando esa traca traicionera que rompe el silencio nocturno y el espíritu de cualquier ser medianamente equilibrado. Así que, al mirarme como suele hacer, le animé. Venga, enanito, subamos donde los columpios que te mola el sitio. Y aceptó. Y allí vimos a una mamá con su bebé jugando en la arena. Mi chico me miró y le dije, observa lo que quieras, están sueltos, pero no parecen peligrosos…
Pero lo eran. El bebé nos vió y balbuceando como un zombie sin problemas de riego sanguíneo se puso en pié y tambaleantemente decidido quiso acercarse. Pusimos pies en polvorosa el tiempo justo y protocolario de comprobar que el niño tenía intenciones toconas y gritonas. La mamá fue un encanto así que enano y yo también fuimos correctos pero nos largamos echando hostias de allí. No vaya a ser que el niño se crea que ese peludo reguapo es “montable”.
Llegamos a casa y me dice, idos tranquilos el chache y tú, que yo me quedo aquí mascando una zanahoria fresquita. Ya sabes que a mi el verano me gusta cuando va a empezar y cuando se acaba…
Así que nos largamos el señor mayor y yo. Qué distintos son. A Che, se la suda casi todo, con perdón. Así que de papelera en cubo de basura y de casa de gatos okupada a farola, recorremos todo el pueblo en silencio. Hasta que nos damos con la señora y su hijo. Esta vez ya encajado en su cochecito y dando las mismas vueltas que nosotrxs por las calles desiertas. El niño-zombie balbucea igual y mi amigo se acerca amistoso. Se huelen, se tocan, la mamá le saca del coche para que pueda incordiar un poco más, ya comprobado que mi amigo canino de más de 40 kilos de peso, meano, bragado y sin cuernos, es absolutamente amistoso y paternal. Y me mira la mamá toda asombrada y me suelta, así, tan fresca:
-Pero, éste es otro, ¿no?
-Sí, es otro. Los saco por separado.
-¡Pues vaya paliza!
Ojiplática me quedo. Porque le parece estar el mismo tiempo que yo, en los mismos sitios que yo, a las mismas horas que yo, una paliza. Cuando yo no tengo que llevar a nadie en brazos, ni sujetarlo para que no caiga o empujar de un carrito a un niño-zombie balbuciente para conseguir dormirle de una puñetera vez. Conste que el “puñetera” no es mío, es suyo.
Yo, si ganase un concurso de esos de belleza descomunal, como deseo final le pediría al mundo EMPATÍA. En serio, unas gotitas “nomás”. Porque, en serio, gente, somos iguales, incluso me atrevo a decir, que lxs demás, son más “iguales” que nosotrxs.

EL FIN DE LA DIGNIDAD

Defendemos personas
Defendemos animales
Defendemos ecosistemas

Defendemos contra el maltrato. Nos repelen las cárceles, los azotes, las fábricas insalubres, las gasolineras aparca-ancianxs, los campos de refugiadxs, las concertinas, las pelotas de goma, los pasillos aparca-enfermxs, los circos, los zoológicos, las granjas intensivas, los laboratorios, los shows con animales, las ferias de pueblo, los petardos, los tiros, evidentemente, los tiros matan todo lo que se encuentran.

Nos llamamos activistas. Defendemos, además, y ya restamos en esta oración, sin violencia. Con el argumento de la razón, la solidaridad y la empatía.

Vamos a seguir restando. ¿Defendemos de la prostitución? Porque de la trata de personas y el tráfico de órganos seguro que sí. ¿De la homofobia? ¿Defendemos del menú con carne de perro? Por Occidente sin duda, en Oriente… ya tal. Por aquí comemos alimentos que por allí ni se les ocurriría. ¿Defendemos el hígado del pato? ¿La pata del cerdo? ¿Defendemos el árbol o preferimos el centro comercial? ¿Defendemos del cilicio de la monja? ¿Defendemos del burka? ¿Del zapato de loto? ¿Del tacón de 18cm? ¿Defendemos del tirón de correa? ¿Defendemos del “bocado” en los arreos del caballo? ¿Defendemos de la tracción a sangre? ¿Defendemos de grafitear un animal con la excusa de la terapia asistida? ¿Defendemos del piropo? ¿Defendemos del adiestramiento con castigos? ¿Defendemos de la risa y la humillación? ¿Defendemos de disfrazar a un perro o hacer fumar a un mono? ¿Defendemos a lxs demás de la obsesión por dirigirles y cuestionarles? Cuando se trata de niñxs, ancianxs u otras especies a las que no tenemos miedo… ¿dónde paramos? Porque si las tenemos miedo, paramos después de anular por la fuerza, de matar.

¿Dónde está el fin de la dignidad en los otros seres? ¿Dónde está en nosotrxs mismxs?

Cuando no entendemos que regañar o castigar a alguien sólo habla de nuestra incapacidad no de la suya, siento que nuestro activismo se queda corto.

Cuando no entendemos que para que algo sea gracioso, divertido, nos tenemos que reír todxs, siento que nuestra prepotencia aún nos domina, como especie y como individuos. Y yo soy activista contra la superioridad. Y lucho contra ella desde mi interior y hacia donde llegue mi pobre alcance. Es una lucha diaria, que nos cuestiona como seres sintientes, supuestamente inteligentes.

Sin empatía no hay respeto. Y NO HAY FUTURO SIN RESPETO.

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No se ríe

Fuente de la imagen: http://naidnsn.blogspot.com.es/p/animales-chistosos.Chtml

REFUGIOS: ERRORES QUE CONDUCEN A UN CALLEJÓN SIN SALIDA — ASANDA

Uno de los mejores artículos (y consejos) que he leído en mi vida sobre las ganas de montar una protectora y los errores que la inmensa mayoría comete. Ni sé los años que tiene y sigue más calentito que el pan de hoy. Una dureza necesaria.

Origen: REFUGIOS: ERRORES QUE CONDUCEN A UN CALLEJÓN SIN SALIDA    — ASANDA

A esta hora

La hierba brilla y expele el delicioso aroma como de recién duchada. La tierra se esponja. Casi puedo paladear la lluvia fina que cae. Nos adentramos en la oscuridad del pueblo una noche más. Las chimeneas deben crepitar, nosotros inspiramos intensamente el incienso de esa leña que arde.

De la orgullosa torre de la Iglesia fulgura una luz intensa. Y las notas del Cármina Burana se elevan suavemente hacia la negritud.

Estoy segura de que habréis experimentado la maravilla de escuchar los cánticos en magníficos auditorios. Pero no sé si conocéis el goce inquietante y misterioso de vivirlos desde la Naturaleza. El estremecedor arrebato de melodías describiendo la Tierra misma mientras el tomillo, el búho y la hierba callan embelesados. Yo he recibido tal regalo dos veces. La primera, desde el Cerro del Socorro, en Cuenca. La segunda, esta noche, desde las brunas afueras de mi pequeño pueblo. Y os aseguro que la emoción es estremecedora. Belleza trémula que paraliza, subyuga.

Los cinco sentidos puestos en esa magnífica pieza que resquebraja las estructuras de la tierra misma

O Fortuna
velut luna,
statu variabilis,
semper crescis
aut decrescis;
vita detestabilis
nunc obdurat
et tunc curat
ludo mentis aciem,
egestatem,
potestatem
dissolvit ut glaciem.
Sors immanis
et inanis,
rota tu volubilis,
status malus,
vana salus
semper dissolubilis,
obumbrata
et velata
michi quoque niteris;
nunc per ludum
dorsum nudum
fero tui sceleris.
Sors salutis
et virtutis
michi nunc contraria,
est affectus
et defectus
semper in angaria.
Hac in hora
sine mora
corde pulsum tangite;
quod per sortem
sternit fortem,
mecum omnes plangite!

Cierro los ojos emocionada, y de repente, escucho a mi podenco amigo arrancándose a cantar a todo lo que dan sus pulmones. Sus aullidos empujan los ojos de mis órbitas y desencajan mi mandíbula. No sé si meterle el gorro en la garganta o dejarle que termine la pieza junto con la coral que se escucha desde la Iglesia. En la que coge aire para respirar y lanzarse con lo que imagino que considera su segunda estrofa, le enchufo varios cachos de salchichas y me lo llevo tan contento para casa antes de que venga la Guardia Civil a detenernos por carminicio.

Y según cerramos la puerta, le miro y le digo: o te apuntas a clases de canto o lo dejas para cuando lo de la ducha si eso. Y me digo… A ver cómo cuento yo esto.

Feliz Fin de Semana.