El mapa oscuro de mis oscuras grutas subconscientes

Este fragmento que hoy os traigo es real. Todo lo real que pueden llegar a ser mis pesadillas. Cada vez tengo menos, antes las vivía como en los cines, sesión doble casi cada noche… pero cuando las tengo… al despertar tardo unos segundos infinitos en darme cuenta de que superé el trago y estoy de nuevo en el plano real. Ésta en concreto, la incluí en el devenir de Helena, la prota de una novela que nunca he publicado. Allá va. Espero que hayáis hecho ya la digestión:

-Espera, espera,…quiero contarte una pesadilla que he tenido, no puedo quitarme la sensación… Así no se cumplirá, ya sabes…

-¿Una pesadilla? Adelante, te escucho, pero no te canses demasiado.

Helena, muy despacio, va desgranando la espeluznante experiencia onírica que ha padecido. Tiene que parar a menudo porque le falla el aliento, pero poco a poco la historia es narrada:

-Estoy sentada en el exterior de una terraza o patio bastante sucio de hojas secas y polvo, apoyada en un rincón de pared mohosa, ennegrecida, parece que estoy ocupada en algo, escribiendo tal vez. …De vez en cuando, a pesar de lo absorbida que me encuentro en mi labor, me rasco compulsivamente, como si alguna alergia me molestase… Así, pasan interminables horas, aunque lo mismo sólo transcurren segundos, ya sabes cómo son los sueños. …Repentinamente, me encuentro en casa, desnuda y mirándome ante un espejo, buscando la causa de ese picor insoportable… Horrorizada, compruebo que ¡tengo adheridos a la piel una especie de insectos de caparazón cóncavo, liso, duro, de color negro brillante! Unos son pequeños como bolitas, pero otros ya han crecido hasta el tamaño de granos de café. Donde más se han acumulado es bajo las axilas y en la zona de los pezones. Quiero gritar hasta enloquecer porque siento que están vivos, internándose bajo la carne, moviéndose, hurgando mi interior, seguro que sorbiéndome jugos y vida. A pesar de lo espeluznante de la escena, solidificada por el pavor, únicamente persisto en una obsesión: arrancarme los parásitos.

Los pequeños salen con facilidad, de los poros se deslizan hacia afuera por la presión de sus dedos, una especie de hilos, de pequeños tentáculos o patas y los noto cosquillear las capas de mi piel hasta el exterior. Cuando, enfebrecida, reúno el valor suficiente para acometer la extracción de los bichos más grandes, siento oleadas de asco, intensas arcadas que preceden a las sensaciones horrorosas de notar cómo unas culebras duras y viscosas intentan sujetarse con fuerza para impedir que las saquen. Al tirar de esos cascos negros, el dolor amenaza con la rendición, aún así, a pesar de desgarrarme en el intento, no puedo dejar de estirar. Parece como si debajo de ese caparazón liso de tortuga diminuta hubiera todo un organismo dedicado a la penetración y la succión. Sus tentáculos, patas o bocas como trompas, tienen la forma de escarpias, que una vez que entran, se abren en capas para impedir que algún intruso las arranque sin dejar fragmentos que puedan seguir cavando hasta lo más profundo del cuerpo.

A pesar de la repugnancia, los cuerpos salen muy lentamente, estría tras estría, los poros se ven liberados de los primeros engendros parasitarios. Veo mis ojos borbotear lágrimas de horror y asco, los dientes muerden unos labios apretados y el sudor empapa mi cuerpo como si me hubiera dado una ducha, pero helada. Los veo, asombrada, retorcerse y culebrear, una vez van saliendo. Absurdamente, me parece como si la piel estuviera dando a luz, con un esfuerzo denodado, lombrices, colas de cocodrilo, cabezas de garrapata. Sin querer, miro mis brazos y mi pecho, comprobando, enloquecida, que aún permanecen aferrándose, impasibles, cientos de acorazados negros.

De un salto, me siento en la cama, las sábanas empapadas se pegan a mi piel, en torno a los brazos y el pecho. Me cuesta comprender que he estado soñando, que los delirios aracnicidas no me atacan de verdad, la pesadilla acabó y aún así, no entiendo por qué mis axilas, suaves y blancas, me pican irritantemente, igual que mis pezones, libres, no obstante de parásitos. Lloro en silencio aliviada por percibir el dolor de siempre, ese que me está matando lentamente, pero que no me obliga a ver cómo y, mucho menos, personificándose en horripilantes parásitos hambrientos.

(…)

Dime, dime, no te cortes, pero no me rayes ;)

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