La primavera, en diciembre

Ya pude aportar mi granito de arena a este momento histórico.
Y os lo voy a contar. Mal que os pese.

A mi me pasan muchas cosas llamémosle peculiares. Unas conforman mi naturaleza, otras me hicieron así a fuerza de hostias (no visualicéis las más recientes, que os conozco) por lo que, por ejemplo, lo que me tocaba hacer hoy: ejercer mi derecho al voto (desde el sistema sí, de momento es lo mejor que tenemos), en mi caso, es una hazaña peor que jugar al Doom con los protas de verdad. Soy muy tímida en algunas circunstancias y síntomas como visión túnel, ansiedad y palpitaciones me brotan cuando tengo que hacer algo sola, delante de mucha gente desconocida y que te mira… ejem. Si me hubiese tomado un café esta mañana habría llegado al colegio electoral bailando twerking y breakdance a la vez. Afortunadamente, me llamó mi ex y me acompañó telefónicamente por La Milla Verde callejera hasta la puerta del cole.

Una vez allí, me acuerdo de que no me he traído mi papelillo del censo y no hay listas en las que consultar. Bueno, si las hay no las veo, porque llevo puestas unas orejeras psicológicas que sólo me dejan ver lo que tengo delante de mis ojos… y mis ojos de cerca ven menos que un gato de escayola. Total que, menos mal que un poli de dos metros veinte está como la de los Ojos Verdes, apoyao en el quicio y dentro de mi ataque de pánico mi cerebro me dice, cretina, pregúntale y sal de esto ya. Me dice la mesa donde debo votar y que hay papeletas dentro. Debe pensar que soy Gurb que no ha encontrado el cuerpo de Marta Sánchez para usarlo de traje en su nueva vuelta a la Tierra. Sin entrar siquiera ya veo toda la membresía de la mesa, mirándome, escudriñándome, mejor dicho. Como en la Última Cena. En ese momento, no hay ni un alma en la sala, joder. Giro mi cabeza en busca de las papeletas de los ovarios y me acerco a la mesa donde están todas. Yo no veo la de Podemos. Joder, joder, joder, ya me la han escondido. (Si vas sin las gafas de cerca, panoli). Silencio sepulcral. Siento sus ojos seguir mis manos. L@s interventor@s se saben de memoria dónde están “sus” montoncillos. Cojo todas las de izquierdas que veo (mal), también la del P$0€ y me meto en la cabina. Me entran ganas de mear. Pero reconoced que eso no sólo me pasa a mi. En las cabinas dan ganas de mear en vez de llamar por teléfono o escoger votos.

Respiro hondo e introduzco cada papeleta en su sobre. No sin antes haber votado lo más estratégicamente que puede una cegata sin las gafas de leer (a saber qué narices he hecho, lo mismo he guardado en el sobre del senado la primitiva de esta semana). Oigo rumorear a los de la zona derecha, no os diré a quién reppresentan porque sois muy inteligentes y lo pilláis todo al vuelo. Ya saben que estos sobres no son para ellos. Je. Por una vez.

“Sal de una vez, no te puedes quedar aquí toda la mañana con los dos sobrecitos en la mano”. Salgo. Ahora sé lo que siente el gorila del zoo. Y pobrecito.

Me acerco a la mesa sacando el carnet de conducir porque el de identidad se ha mimetizado con el monedero y ya son un todo en un resto indivisible al más puro estilo Zizek. Y tengo que hablar. Cuando me estreso hablo, y normalmente comparto el motivo de mi estrés, pa repartirlo, que me toque menos cacho, que no puedo con él. Y digo: “uy, da una vergüenza esto así mirándome todos…” Y sonrío nerviosa. Entonces una vecina se materializa ante mi sonriéndome, está en la mesa, en la parte izquierda, ya sólo eso me da buen rollo pero es que además… Tiene una sonrisa que ya la quisiera Podemos para sus campañas y lo que venga. Suelto lastre con un “¡hola!” más dramático que el que diría Leonardo Dicaprio si, mientras su novia le está dejando morir congelado aparece la balsa de la Medusa, mientras dejo que el Presidente de la mesa (no me preguntéis qué cara tiene porque ya solo me acuerdo de mi vecina la de la sonrisa) haga su trabajo y me diga que puedo votar. Y voto. Y sonrío agradecida por haber salido con vida, poco dignamente, pero con vida de la trágica aventura.

Ya en la calle, comienzo a ver familias con la chiquillería correteando y alborotando, mucho bullicio y un sol que me anima a pensar en La Primavera del Cambio que nos ha venido a dar un empujoncito, en Diciembre, para que nadie se quede en casa, para que vote y comience de una vez por todas esa Transición que nos disfrazaron de más de lo mismo, para que recuperemos la memoria, las escuelas, las consultas sanitarias, la decencia en el trabajo y las ganas de soñar en un futuro sin maltrato, sin sufrimiento en el que mujeres, infancia, ancianidad, animales y toda la demás gente, pueda vivir en paz.

Sueñen y hagan que esos sueños desborden las urnas.

IMG-20150131-WA0007 (2)

 

2 comentarios en “La primavera, en diciembre

  1. Como escritora me parece que podrías llegar lejos. Pero si no ves de cerca por qué no te llevas las gafas, a lo peor la has cagado y a lo grande, pues intuyo que tu voto era para facilitar ese cambio que muchos queremos y que sí podemos conseguir si nuestros votos no son anulados o, por error, se van a otro partido que no querías votar.

Dime, dime, no te cortes, pero no me rayes ;)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s