MoMo

Los hombres de gris lo han convertido todo en humo. Pero en cada corazón late con fuerza el color de la Vida. Sólo hay que pararse a ESCUCHAR.

Si hay alguna clave en esto de caminar hacia la desaparición, el final del camino, está aquí.
Qué hermosura dolorosísima y tierna.

Se os entrega el secreto de la felicidad, la esperanza del mundo y no os dais cuenta.

Hay que rebelarse contra este sistema que nos quiere sin alma.

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La noche y el día

Después de varios días de lluvias, con este tiempo veraniego tan raro, por fin pude hacer una incursión nocturna a los olivares sin quedarme pegada para siempre en la arcilla empapada.

Vivir en la orilla de los sitios es lo que tiene. Dejas atrás en seguida las luces del pequeño pueblo adormilado y la oscuridad te come. Che se pira feliz y mis ojos empiezan a adaptarse a tanta negritud. Percibo las siluetas de los olivos, la textura blanda de la tierra que es roja con la luz del día y gris oscura casi negra con la no luz de la noche. Mientras, las estrellas desparramadas por esa tela que todo lo tapa, brillan con todas sus ganas. Los oídos, perplejos por la falta de trabajo, buscan sonidos. No suena nada. Los insectos de agosto están escondidos, en casa, calentitos, los pájaros duermen y si hay murciélagos o rapaces nocturnas, esta noche se fueron a otra parte. Poco a poco me voy sintiendo pequeña, tanta inmensidad encoje, qué queréis que os diga, aún así, disfruto mucho de las sensaciones. Inevitablemente, siempre me pasa cuando estoy sola en la calle, me llegan pensamientos de miedo, de inseguridad, que mando a la mierda en seguida porque nada puede estropearme este momento. Respiro tomillos, humedad, noche, toda la noche que puedo, profundamente. No sé cuánto tiempo estoy así, tampoco me importa. Vuelve mi hijo y regresamos a casa muy plen@s, como en armonía, no sé. Hermanad@s.

Suena el despertador y aunque soy más mochuela que golondrina hago el esfuerzo de levantarme y en seguida se me pasa la pereza. El frío de la casa ayuda mucho a darse prisa para desenfundarse el pijama. Preparo desayunos, suplementos naturales y salgo con el locuelo de mi hijo pequeño. El paseo fue corto porque sonaron disparos ahuyenta-aves y Chew me pidió con premura regresar a casa. Para que la vuelta no fuese un drama, hice un alarde de juventud y energía y jugamos a correr por los campos y a perseguirnos hasta la puerta de casa. Ya a salvo y tranquilo le dejo sesteando y me voy con su hermano mayor.

Cuando salgo con Che, prefiere explorar la otra zona de olivas y uvas. El día, brillante, fresco, húmedo el suelo, las telas de araña se visten de diminutas gotas plateadas. La luz le roba intensidad a los colores, todo parece dorarse al sol. Me descubro como la noche anterior, clavada, incapaz que captar toda la vida que bulle a mi alrededor de una sola vez. Disecciono la mañana y me resulta divertido y curioso escuchar una especie de 15-M gorrionero en cada olivo. Decenas de pájaros se congregan en cada copa de árbol y en una algarabía infinita tratan de ponerse o no de acuerdo. ¡Cómo me gustaría comprender lo que dicen! Me doy cuenta de que si camino con normalidad, educadamente, sin chascar ramas a lo tonto pero en una cadencia de paseo rutinaria, la pajarería no se inmuta, sigue en sus “plazas del comento”. Sin embargo, si ralentizo el paso y trato de no hacer ruido o de moverme sigilosamente, interrumpen su cháchara o bajan la voz. Interpreto que creen que acecho, como la gata sobre el tejado de cinc y se ponen a la defensiva. Así que continuo con mi errático caminar cotilleando sus conversaciones. Como en el mejor de los corrillos de una tarde veraniega de fiestas de pueblo, los grupos de cotorrill@s callan a mi paso y siguen rumoreando a mis espaldas. No me molesta. Asumo que tienen tanto malo de qué hablar si el tema es la especie humana, que acepto sus posibles críticas a mi persona como mal menor de todo el daño que mis congéneres les han hecho.

Las huellas de los conejos se perciben por todas partes, pero su presencia es ausencia para frustración de mi hijo mayor. Busca en las madrigueras, recorre los setos en busca de presas, aún a sabiendas de que con toda seguridad, sus años de gran depredador han pasado. Sin lamentos, alegre y agradecido, disfruta de la vida como sólo la gente perra sabe hacer.

Doy las gracias a las comadres del cielo por tal jolgorio de comunidad de vecin@s, aspiro una vez más las esencias de tomillos, tierra mojada y mañana a estrenar y me voy acompañada de la mejor persona que conozco, más feliz que una perdiz.

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