MoMo

Los hombres de gris lo han convertido todo en humo. Pero en cada corazón late con fuerza el color de la Vida. Sólo hay que pararse a ESCUCHAR.

Si hay alguna clave en esto de caminar hacia la desaparición, el final del camino, está aquí.
Qué hermosura dolorosísima y tierna.

Se os entrega el secreto de la felicidad, la esperanza del mundo y no os dais cuenta.

Hay que rebelarse contra este sistema que nos quiere sin alma.

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Lo que nos gusta a la gente… la suciedad

5 de noviembre de 2010 a la(s) 13:48 (Nota publicada en Facebook)

De paseo con los perros compruebo cada día lo sucio que es el ser humano. Estoy harta de enviar quejas a todos los medios para advertir que están convirtiendo EL CERRO DEL SOCORRO (qué bien puesto el nombre, es lo que gritamos todas las personas que paseamos por allí) en un vertedero inmundo. Es el cagadero, escombrera, incineradora, montonera de residuos de los (y digo los porque son hombres) de parques y jardines, de particulares que tiran allí sus inmundicias, albañiles, fontaneros, mecánicos, los del demento, azulejos, ladrillos, ruedas, cocainóman@s y consumidores compulsiv@s de hamburguesas sintéticas, la gente mocosa, la follandrina… Para qué seguir. Sí me queda la que antes fue GRUPO GV, que llevó allí toda su maquinaria, montó el chiringuito, olvidó sus vehículos hasta que se los destrozaron y se los tuvo que llevar, pero dejó un complejo tóxico que se han encargado de triturar hasta la mínima esencia los adolescentes más desarraigados y marginados de toda Cuenca. Y digo Los.

Somos gente sucia. Con nuestro propio entorno. Nos gusta la suciedad. La consentimos. Comprendemos que si no cerca de nuestras casas, sí donde la miseria es la jefa, debe estar todo sucio. Aceptamos que las obras de los ayuntamientos (tan lindas, tan lentas, tan modernas) desechen sus residuos en el campo. Y en seguida vamos corriendo a aumentar los montones de cementos y escombros, felices.

Las clases acomodadas le piden a sus esclavos que se lleven sus lavadoras de última generación, los cartones, plásticos y demás, ¡qué asco! pero ni se molestan en reclamar a la empresa de transportes cuando ven el embalaje en el suelo, eso sí, cerca del contenedor, en frente de su portal de lujo, de madera de la buena, de esa que viene de los montes que tienen tanta porquería que para qué ir a visitarlos. Ya me voy yo a los trópicos a ver cascadas organizadas para turistas que manchan pero no se quieren manchar

La suciedad brota del cerebro. Es así, científicamente comprobado. Cada vez que miramos hacia la izquierda cuando la mierda nos llega a los ojos por la derecha, estamos obedeciendo a nuestro cerebro contaminado. ¡Estamos aquí cuatro días, y la mitad los pasamos durmiendo! ¿Me vas a amargar la vida? A veces, mi cerebro me obliga a tomar vacaciones. Mi suciedad reverbera entre las paredes de mi pecho y tengo que tratar de descansar. No es que no me ría mientras limpio y limpio y limpio, qué va, me río, con las limpiadoras, con los sacabrillos, me río con esa gente que gasta un paño tras otro y aún le quedan ganas de seguir. Otras veces me escondo, recojo, recojo, recojo, que casi ni existo, porque la montaña de basura es tan grande que me rodea y me asfixia. Y se me quitan las ganas de reír y el mundo me da miedo de nuevo y siento asco por este ser humano tan sucio, tan maloliente, con sus joyas, sus perfumes, sus zapatos lustrosos, huele mal, muy mal.

¿Será que se está descomponiendo… en detritus?