Cómo aprendo de mis perros

Dejo a un lado el lenguaje inclusivo en el título porque, para ser honesta, esta semana quienes me están dando clases son mis Ches.

He recibido con total júbilo y alborozo la primera clase de “Cómo aprenden los perros” (ya me estoy poniendo demasiado emocional, lo sé, pero es que en el caos de mi vida de ahora no estoy para controles con semejante evento) en las nuevas instalaciones de Masqueguau, y salí de ella con unos deberes concretos: conseguir que mi enano me prestase atención y quisiese hacer cosas conmigo. Cosas que están lejos de lanzar palos o pelotas al viento o morder juguetes hasta hacerlos trizas. Se trata de que yo me las ingenie para que a él le apetezca pensar a mi lado. Para mi, intentar que lo que se me ha ocurrido le interese y quiera hacerlo porque es divertido. Sencilleces como sentarse o alguna otra cosa que le apetezca hacer. Si yo no sé qué pedir ni cómo, tendría narices que me pusiese exigente con el alumnado. Diversión y comunicación. Sesiones cortas, intensas y lo menos estresantes posibles. Vale, fácil. A penas veinte minutos al día.

Por perro. claro, eso es así. No lo piensas pero ocurre. No te vas a poner a “jugar” con fulanito sin decirle a menganito, que sí, que tranqui, que luego le toca a él. Y viene el follón ¿Y POR QUÉ LUEGO YO, EH, POR QUÉ? SI YO SE HACERLO MEJOR EH!!!! Madre mía… El pequeño quiere las salchis pero le parece que lo que le propongo es sentarse a hacer los deberes y ¡hoy no toca mamá que me he portado bien en el cole todo el fin de semana!… El mayor quiere empezar cuanto antes porque sabe que lo va a bordar y se va a poner redondo a premios… Yo ya estoy sudando y aún no hemos empezado. Al ver la que se organiza sólo por un paquete de grasientas salchichas me acobardo y pienso, total, mejor esperar a que no me vean sacar el paquete y prepararlo. (Ya vamos mal)

Me llevo el paquete a la calle escondido en un bolsillo (como si el olfato de mis hijos no les hiciese reírse de mi a escondidas, pero yo me siento mejor así, engañándome a mi misma. Esto lleva su proceso y el autoengaño es de los primeros actos tontos que caerá por si solo así que, me dejo llevar como se deja el paquete en mi bolsillo, a oscuras). Entonces aparece el lenguaje corporal, la torpeza, el caos, la risa floja o la frustración (mala compañera de juegos). Mis ganas se precipitan y me encuentro a dos tipos que o bien me ven acelerada y no entienden qué me pasa con el paquete de salchichas en la mano o bien se piran por si acaso toca baño o alguna de esas cosas que requiere muchos premios porque no gusta nadanadanada. Me armo de valor y digo ¡ea! empiezas tu que siempre quieres salir el primer a la calle. Chewbacca me mira, ha escuchado “la calle” así que no hace ascos, para mis adentros digo yo: lejos de tu hermano “el listorro” que te lo va a soplar todo. El paseo ya empieza raruno porque mi enano sabe que llevo premios pero que ni paseamos normal ni hacemos los deberes. ¿Mamá me vas a poner a echar cuentas en mitad de la acera? No quiere ni a tiros. Normal. Tienes toda la razón, vámonos pa casa que hace un frío del demonio y estamos haciendo el idiota aquí los dos, tú renegando y yo no sabiendo qué hacer con las salchichas.

El lunes ha sido un fiasco del que podría extraer como enseñanza que: si tu misma no te aclaras ¡corta el rollo patas raras! o como diría Scarlet O’Hara, ya lo pensaré mañana.

Inevitablemente… llega “mañana”. En el paseo matutino aprovecho y me llevo las salchichas (la especie humana es la única que tropieza dos veces bla bla bla) y una botella de agua. Es que para colmo Chew está en su etapa “vuelta a la jungla” y se me dispersa demasiado en los paseos belmonteños así que si no me sirve el avituallamiento para aprender cosas al menos me servirá para atraer enanos asilvestrados… (¡qué desastre!)

Paseo, paseo, paseo, qué bonito el campo, mierda de frío que hace… hmmmm esta explanadita es buena… venga, preparo las salchis. Cruje el plástico. Ni que fuese un escopetazo… Che gira las parabólicas, enchufa la nariz…, ya tengo al delegado de la clase en frente. Tan bonito, tan dispuesto ahí, sentado incluso antes de que mis neuronas hayan empezado a completar el pensamiento de “sienta”. Siesqueereslomasgrandehijomío, me pongo a aprender con él. Chew que escucha los “muy bien” se acerca rodeándonos como hace el toro en la plaza, acorralao, que le da a su vida todo el perímetro que la empalizada le permite. A mi me parece que le veo una sonrisa de hermano cabroncete que se ríe del mayor: jo tío, ya te vale, currando con la mama en vez de corriendo conmigo a buscar conejos… No le vendemos la moto ni en broma.

Ok, dije, pues nada, hijo mío, tu a tu bola, como siempre. Con esa actitud no llegarás a nada en la vida. Un vagabundo es lo que vas a ser, ya verás. Mientras tu hermano, mírale, lo que se proponga. Ay, qué pena, los hijos, cómo te quitan la vida.

Mi Ernesto se pone muy nervioso, ¿serán los “muy bien” que me paso de entonación y parezco una soprano? Trato de modular más mi voz, si tuviera pienso en vez de salchis lo mismo la expectativa bajaba un poco… pero es que una madre le da lo mejor que tiene a sus hijos para comer… bueno tu céntrate guapa. Controlo mi cuerpecillo serrano y mi chico a currar porque le chifla, cuando digo currar digo la primera tanda de 10 peticiones de “sienta”.

Tardo en premiar
Y premio mal
Mi hijo gime y me ladra antes de que le pida el último “sienta” así que hecho el freno y tiro premios al suelo y le dejo en paz. ¡Manolete si no sabes torear pa qué te metes!… Sigamos el paseo que debería ser sagrado… Rita suspira como diciendo… como no me escuchas…

Le estoy cogiendo miedo a esto de ponerme a aprender con perros. Es bastante más difícil, pero vamos mucho más, que bailar con lobos.

Nada, mañanita dedicada a otras tareas. Comida tranqui, siestaca paca y cuanto toca la hora de los paseos ni me lo pregunto. Salen cada uno a su aire. Punto y final. Cuando regreso siento que no voy a ser capaz de otra sesión (es ya la tarde noche) así que les doy su cena y preparo la mía cariacontecida y pensativa. Me estoy untando mi Humus en cachitos de pan y viene Che y su hermana la gata flora. Maggie se sienta sin que se lo pida (será…).

Me brilla una luz en la mollera (que no tiene por qué ser una buena idea como esas que tenía Vicky el Vickingo), yo la sigo: tiro uno de mis cachitos de pan untado al suelo (¡sí, lo sé, ya fregaré copón, hay que estar en lo que hay que estar!) y le digo a Che muy suavecito “Sienta”. Suena de fondo la música de Carros de Fuego y trompetas celestiales atronan mi mente enloquecida: lo clava a la primer y le tiro el segundo cachito al suelo (a las 18h del reloj de las recompensas, si no sabes lo que es esto del reloj apúntate al curso). ¡Estamos aprendiendo! nos sale genial las seis primeras así que paramos para respirar y darnos la mano como es debido por el trabajo bien hecho. Se me emocionan tos y vienen a la mesa a ver qué guarrerías estamos haciendo con la comida. No me arriesgo a cagarla por tercera vez con el enano así que, les doy a todos un chachito y digo ea, ya vale de experimentos por hoy. Y sigo cenando.

Se acuestan dos. Maggie es gata, estará a sus cosas, atormentando arañas o sesteando debajo de alguna manta sobre alguna colchoneta, de perro, por supuesto.

Veo a Che alejarse, no le interesa mi cena, qué lujo.
Tarda un rato pero vuelve (ya me extrañaba a mi…). Viene con un hueso, me lo planta en la mesa
y se sienta.

¡ES O NO ES PARA QUERERLE!

La enseñanza de hoy es que Che es el mago y Chewbacca la chistera de donde -como no espabile- no voy a sacar ni pelusas… Bueno, ya lo pensaré mañana.

Y evidentemente llega mañana. Ni se me ocurre lo del bolsillo y las salchichas. Paseamos y disfrutamos del barro. Qué rico. Qué consistencia y qué persistencia… llegará agosto y aún habrá barro en mis pestañas. Venimos muy cansados, cuesta caminar sobre arenas movedizas por lo que duermen a pierna suelta por más que cada vez que paso por el salón no se me pase por la cabeza estrujar la bolsa de las salchis y a ver qué pasa. No, no, tengo miedo a equivocarme. Y si lo tengo quiere decir que ese no es el momento. Total, que llegan las dos de la tarde y pasan cienes de momentos hasta que llega el que vale: me traigo las salchis al salón y empiezo a cortar las de las primeras tandas sin decir ni mu.

Ni que decir tiene que el primero en ponerse en situación es mi Che. Por supuesto, hijo mio, lumbreras de mi vida, dame la alegría de creerme que estoy haciendo algo bien. Chew se acomoda en el sofá para no perder ripio (será Chuki…) pero sin dar la más mínima muestra de intención como no sea de echarse otras risas a mi costa.

Me sitúo al lado de la puerta del jardín por si lo hago tan mal que tengo que echar a correr. Venga, hija que no puede ser tan difícil. Primera tanda: lo digo con todas las letras, el desgraciao de mi hijo pequeño ya me hace reír porque se sienta desde el sofá cuando le pido a Che que se siente, y encima lo hace con ganas. No iré desencaminada cuando, aunque sea desde lejos, el jodío mamón nos imita.

Ni le miro, yo estoy con Che, que se toma en serio mis deberes. Hay que hacer descansos entre tandas y y yo sigo improvisando.  Abro la puerta del jardín y lanzo unos pocos premios fuera. Todo en calma.
Sale Che y se me coloca Chew al frente. No me lo creo. Sin respirar casi, parto su primera tanda de premios y los dejo encima de la mesa. Recuerda, lenguaje corporal lo más neutro posible. Diviértete.

¡Sí! ¡Aprendemos! ¡hacemos nuestra tanda de sientas! Como tiene que descansar y Che ya está con la nariz pegada al cristal, abro la puerta y le tiro premios a Chew al jardín mientras Che se coloca en posición para seguir. Y de esta extraña manera consigo cumplir los diez minutos de cada uno.

¿Y Rita? ¿que pasa con Rita? ¿Dudabáis de que no la estuviese teniendo en cuenta? Rita era premiada de tanto en tanto por lo atenta que estaba, ahí cerquita, pero sin interrumpir.

Si hasta Maggie ha tenido su ratito hoy! Me fui a desconectar el ordenador y sin darme cuenta llevaba en la mano el paquete de las salchichas (esta semana parece un apéndice más de mi cuerpo…); me siento para ir cerrando páginas y demás, cuando veo a la felina subirse a la mesa y olisquear el paquete. Parto unos microcachos y se los doy seguidos para atraer toda su atención. Después nos miramos un segundo, pestañeamos, sacamos lenguitas y mira hacia la mesa la huele, huele el aire y se sienta. Casi grito EUREKAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, pero sólo digo suavecito “biennn”. Le pongo su premio un poquito más allá para que tenga que levantarse para cogerlo. No puedo premiar a “las doce” porque nos quedamos sin mesa, el espacio es demasiado pequeño. De todas formas, como para ponerme exquisita. Se come su premio, vuelve y le sonrío pero no hago nada. Repite gestos, huele mesa y se sienta. Le premio y repetimos. Al tercer “biennnn” aparece Che con el babero.

Siento que la vida me da sorpresas, sorpresas me da la vida.

Bajamos toda la familia al jardín, jugamos un poco y tendemos una lavadora

El resto ya es historia porque voy mejorando dichas pautas y hasta consigo que Chew me comprenda con el “cambio de señal” que era la tarea que yo creía más difícil.

Está claro que el sábado en clase se cachondeará de mi y se irá a saludar a sus colegas… lo que me hará comprender que es amable conmigo y se esfuerza cuando no tiene otra cosa mejor que hacer…

PERO Y LO QUE NOS HEMOS REÍDO….

(Y lo que nos queda)

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Dime, dime, no te cortes, pero no me rayes ;)

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