Bajo el manto de la normalidad

Después de los seminarios de Estrés y Miedo de Masqueguau, comprobé que el trabajo realizado con Chewbacca estaba dando sus frutos pero que el verdadero reto se hallaba en Rita y Che.

Rita ha sido una perra muy querida y tan buena, que ha soportado estoicamente el común de los errores con los perros: relaciones invasivas, manipulaciones en exceso y una absoluta ignorancia sobre la verdadera causa de sus alergias alimenticias, problemas de piel, diarreas, pérdida de pelo y otros problemas en grados más bajos: egocentrismo, estereotipias… (estrés). Una bóxer alegre, juguetona, sumamente dócil (y enfermiza) pasa por una criatura normal a ojos de la mayoría. No es una víctima del maltrato tal y como lo conocemos, si no de ¡no comprenderla en absoluto! Lo que nos lleva a una vía unidireccional de comunicación: ella entendía todo nuestro haber y nosotros engrosábamos en el debe toda su idiosincrasia, ¿qué tenemos? una viejita frustrada y cansada.

Con el cambio de nuestra conducta, Rita ha rejuvenecido, nos mira sorprendida: ¡pero si por fin hablan mi idioma! Su estómago se ha regulado, así como sus intolerancias y sus picores. Seguimos esforzándonos para que recupere también su autoestima y su equilibrio por medio del respeto a su edad y salpicando con un poquito de pimienta su vida, que antes, por sobre-protección, no le concedíamos. También le animamos a ser más independiente, con cabeza, porque son 12 años de vigilar hasta si pestañeaba, y porque a la vejez le gusta la calma, no la soledad.  A Rita, años y  achaques no le impiden una rutina de paseos, cuando el sol calienta, y pequeñas búsquedas de premios por el césped. Tanto le gusta y estimula su cerebro que ya me ha entrenado para bajar a la misma hora (sobre las 12.30 de la mañana) a buscar sus premios por el jardín. Me he dado cuenta de que tiene un olfato excelente y de que es minuciosa en sus búsquedas. Para una abuela que ya no quiere jaleos con perros y que suele ahuyentarlos con sus ladridos, este tipo de ejercicio de olisqueo la relaja y absorbe tanto, que está progresando muy rápidamente en la aceptación de entornos y distancias que antes le hacían activarse en cuestión de segundos. Vamos, que ya puede pasar un perrete por la acera porque mientras ella se concentra en buscar, no inventa amenazas, gestiona sus miedos o incluso ya ni los percibe como tales. Le sigue encantando la gente, es una bóxer, no vayamos a convertirla en un florero, pero buscamos que se sienta tranquila, que no necesite la aceptación de cada ser humano con el que se cruza, sobre todo, con Pa y Ma 😉

Che, como ya sabéis quienes seguís sus pasos y mis notas, es un perro excelente para el trato que ha sufrido desde cachorro, que no por tratarse de lo que le sucede a la especie canina desde hace varios años, deja de ser lamentable. A Che lo “educamos” siguiendo métodos más televisivos que terapéuticos y, según nuestra experiencia, para nada eficaces. A Che le preocupa(ba) bastante cualquier ruido, sobre todo cuando está dentro de casa: es lógico porque tiene unos canales auditivos -literalmente- IMPRESIONANTES. Es muy sensible a los sonidos: de otros perros ladrando, al típico claxon de un coche bajo la ventana, a la gente que pasa por el rellano de nuestra puerta y más que nada, al sonido del timbre. Hemos llevado a cabo numerosos cambios para intentar que esos estímulos que le excitaban y preocupaban tanto no sucedan o sucedan lo menos posible, pero había que llegar a la raíz del asunto… que suele encontrarse bajo el estrés: el miedo. Y cuando el miedo desaparece, pueden quedar restos condicionados… Aprendí a ladrar y ahora ya me cuesta dejar de hacerlo. Ni qué decir tiene que llevamos muuuuchos meses sin reaccionar (mal) cuando él ladra. A veces, ha funcionado aparecer tranquilamente y revisar desde donde surge el ruido que le hace ladrar y decir: “Gracias, Che, no es nada.” O incluso premiarle suavemente: “Muy bien, gracias”. No trato de sugerir que esto vaya a funcionar con otros perros que ladran, sólo os cuento lo que hemos ido probando. A veces le hemos visto ladrar a la puerta, despatarrado panza arriba en el sofá y con la cabeza colgando… Es decir… como en una especie de “¡no jodas ahora con la puerta con lo bien que estaba!… Algo que le hizo mucho bien es recuperar su sitio en el sofá. Un mal consejo veterinario nos hizo bajarles del sofá (tanto a Rita como a él) y cuando pudo volver a hacerse un rosco encima de su asiento preferido, se redujeron muchísimo sus ladridos. Tanto que ya duerme solo en el salón durante toda la noche y sólo ladra cuando no estamos en casa y oye ruidos muy cercanos.

No se vayan todavía, aún hay más:

Che es un perro muy grande. Pesa casi 40 kg. y es muy alto. Cuando salía con él a la calle (yo que mido 1,63 y bajando), estresado como sale cualquier cachorro (mucho más un cachorro sobreexcitado que apenas dormía y a quien se corregía constantemente y se le “ejercitaba” con mochila a la espalda, correa corta y collar de púas o de ahorque…), parecía un cometa desbocado y yo su estela hecha jirones. Volaba tras él. Su excitación y mi desconocimiento le hacían ser maleducado y hostigador con otros perros, que antes de que llegase al año, ya le habían regañado muchas veces. Empecé a cogerle miedo a los perros grandes, porque reaccionaban mal con Che y yo perdía la batalla de fuerzas. Me tiró en varias ocasiones y en una de ellas me hizo un esguince muy serio. Estoy segura de que, en aquella época, empecé a condicionarle negativamente cuando nos íbamos a cruzar con perros grandes. Y llegaron las malas asociaciones. Cuando estaba suelto gestionaba de maravilla las relaciones sociales con animales (las personas le son indiferentes), hasta el punto de que, por más que le han pegado revolcones, no se ha peleado nunca. Equilibrado dentro de unos márgenes bastante amplios cuando va atado y, desde luego, un “superador” cuando está en campo abierto, en distancias cortas se vuelve inseguro y arisco. A pesar de los enormes progresos que llevamos ambos desde hace casi un año, seguíamos estancados en determinadas situaciones que nos venían grandes y en las que estabamos empezando a rozar límites: cada vez reaccionaba más desde distancias más grandes y hacia perros pequeños e incluso conocidos. Hemos llegado a apuntar que se vuelve especialmente reactivo si con quien se cruza es con el binomio “chistaperro+perro con collar de púas/ahorque”. Imaginamos que sabe en sus propias carnes lo que esa mezcla significa y la quiere lo más lejos posible de su presencia.

Decidimos cambiar horarios de salidas, buscar zonas que no le “preparen” para lo peor (casi cada día nos encontrábamos con un perro con muchísimos problemas que ladra hasta a los suspiros y al que Che ya no soporta) y, por supuesto, reducir el tiempo en la calle. Mejoramos su alimentación (natural y pienso) y nos tomamos muy en serio que sus horas de descanso no sean interrumpidas constantemente por dos hermanos pequeños latosillos e incordiantes (Maggie La Gata y Chewbacca).

Aún así, faltaba mejorar una parte esencial del paseo que a mi se me escapaba y que apuntan muy bien en su artículo Vallekanino y que consiste en potenciar la relajación de una forma muy sencilla: arrojar unos pocos premios al suelo nada más salir a la calle. A los que nos apodan “tirasalchichas” les contesto que lo mismo que estuve años siendo una “pegatirones” puedo pasarme toda una vida regalando comida si así mi perro confía en mi y se siente tan seguro a mi lado que no padece estrés, miedo o acaba ladrando a otros animales que pasan, sólo porque le desborda el mero hecho de pisar una acera transitada.

¿Qué hicimos con una de las especies más sociables del planeta para que acabe neurótica a nuestro lado, rechazando a sus propios congéneres?

En definitiva, Che se centra en mi desde que sale de casa, noto como le alivia tener una razón mayor que su preocupación por lo que se encontrará al caminar por la calle, como es olfatear en busca de comida. Así como Chewbacca me pide su muñeco cuando le preocupa caminar por algunas zonas, a Che le viene de maravilla olvidarse de lo que le rodea pegando su narizota al suelo durante los primeros metros, los más difíciles para él. Una vez superadas esas calles que le traen recuerdos de experiencias estresantes o negativas, vuelve a ser ese tipo confiado y alegre que sólo quiere darse unas cuantas carreras en pleno campo huyendo de los malos rollos como su madre de la prepotencia.

Tan sólo han pasado diez días desde que una perra muy asustada le atacó y cinco desde que Vallekanino sacó su artículo con ese pequeño/gran consejo que yo no había sabido ofrecerle a mis chicos, y ya he notado una gran mejoría en un Che que estaba reviviendo la inseguridad de años más grises.

Y ¿qué pasa cuando noto que mi gente se siente relajada y confiada a mi lado? Qué va a pasar, la satisfacción más grande del mundo, el alivio y las ganas de seguir aprendiendo.

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Dime, dime, no te cortes, pero no me rayes ;)

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